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El español en el mundo

La situación del español en Estados Unidos

Carmen Silva-Corvalán

3. El español en el siglo xx

Durante el siglo xx las Tierras Fronterizas Españolas se han rehispanizado debido a la inmigración y el español colonial está dando paso a las variedades traídas por los inmigrantes. El persistente empobrecimiento económico ha seguido enviando millones de ciudadanos mexicanos principalmente de áreas rurales a través de la frontera norte. Ellos constituyen el grupo más numeroso entre los inmigrantes de origen hispánico en Estados Unidos. Asimismo, miles de individuos de Centro y Suramérica y de España motivados por factores de tipo político y económico han emigrado a Estados Unidos. California, Los Ángeles en particular, ha sido elegida como el destino preferente de los refugiados políticos procedentes de Centroamérica. Estos inmigrantes han traído consigo muchos dialectos diferentes del español, pero las variedades dominantes siguen siendo sin duda las mexicanas, que representan formas variadas de hablar el español que abarcan desde lo rural a lo urbano, del norte de México a lugares tan al sur de la frontera como Puebla y Oaxaca, y de dialectos no estándares a estándares.

Hay que dejar claro que hablar del español en Estados Unidos no es fácil, dado el gran número de variedades de esta lengua habladas en este país. Por ejemplo, al menos en California, el constante flujo de centroamericanos con su característico voseo —uso de vos en lugar de —, aspiración de ‘s’ en final de sílaba (‘costa’ se pronuncia /cohta/) y también frecuentemente en inicial de sílaba (‘sopa’ se pronuncia /hopa/), rasgos desconocidos en la mayor parte de los dialectos mexicanos, además de numerosas diferencias de vocabulario, debe ser tenido en cuenta a la hora de identificar su dialecto como una variedad importante del español, al menos en California.

De acuerdo con el censo de 1990 hay más de trescientos mil salvadoreños en California (de ellos, más de la mitad en el condado de Los Ángeles), y otros trescientos mil individuos originarios de otros países centroamericanos. La tabla 8 muestra el número de hispanos en Estados Unidos según su origen geográfico.4La información se da también, con menos detalle, para California, el estado con la mayor población hispana. Exceptuando a los centroamericanos, que se hallan muy concentrados en este estado, se puede esperar que los porcentajes relativos de lugar de origen sean similares en el resto del Suroeste, en el Sur y en el Medio Oeste. El porcentaje de puertorriqueños y cubanos, por otro lado, es mucho más alto en el Noreste y en Florida, respectivamente.

Hasta la primera mitad del siglo xx, se podría afirmar que eran dos las variedades principales del español en Estados Unidos: un dialecto de tipo puertorriqueño hablado en la costa este y otro dialecto con rasgos compartidos con la variedad del norte de México, hablado esencialmente en los estados del Suroeste, aunque hoy en día extendido a todo el territorio de la nación. A estas variedades más relevantes, se agregan en la segunda mitad del siglo xx muchas otras: la cubana, hablada principalmente en Florida, las centroamericanas, la colombiana, etc.

Todas estas variedades del español tienen en común una acusada influencia del inglés, que se manifiesta en mayor o menor grado según la longitud del tiempo de residencia en Estados Unidos. Se han acuñado varios términos peyorativos para referirse a estos dialectos «anglizados» del español: Tex-Mex, border lingo, pocho, Spanglish, junto al más neutral US Spanish, término obviamente preferible para significar «español de Estados Unidos». La pregunta que surge es si sería posible caracterizar esta variedad dada no sólo su heterogeneidad sino también los diversos niveles de dominio del idioma que muestran sus hablantes.

Entre los inmigrantes de primera generación, por ejemplo, es muy posible que la confluencia de dialectos lleve a la formación de una koiné o variedad lingüística que emerge cuando varios dialectos en contacto pierden sus rasgos diferenciadores y se hacen más similares. Esta es una cuestión que prácticamente no ha sido investigada, con la sola excepción de un estudio de un grupo de trece hondureños en El Paso que muestra convergencia de tipo fonético hacia la pronunciación del norte mexicano (Amastae & Satcher, 1993). Por ejemplo, los hondureños velarizan ‘n’ en final de palabra (‘en agua’ será /eng agua/), mientras que los mexicanos del norte pronuncian sin velarizar. Después de veinte meses de contacto con la variedad del norte de México, los hondureños muestran una frecuencia mucho más baja de ‘n’ velarizada en su habla. Existen abundantes pruebas, si bien  anecdóticas, de acomodación al léxico mexicano por parte de sudamericanos del Cono Sur (por ejemplo, uso de ‘elote’, ‘aguacate’, ‘yarda’, ‘zacate’ o ‘pelo chino’, en lugar, respectivamente, de ‘choclo’, ‘palta’, ‘patio’ o ‘jardín’, ‘césped’ y ‘pelo crespo’). Todavía queda la cuestión de si los mexicanos convergen de alguna manera hacia, por ejemplo, los dialectos de Centroamérica, que es el segundo dialecto más hablado en California, o si todos los «dialectos inmigrantes» se desplazan hacia una variedad anglizada del español mexicano, incluso los inmigrantes de primera generación.

Es importante repetir que en Estados Unidos, como en cualquier otra área lingüística, hay diversidad tanto por hablante como por uso; el español abarca desde formas de estándar culto a estándar coloquial y variedades no estándar, a caló, y a español reducido drásticamente entre hispanos nacidos en Estados Unidos.

Si la llegada de inmigrantes es el factor que asegura la creciente presencia del español en Estados Unidos, podemos preguntarnos si es posible hacer predicciones acerca del futuro de la lengua española en este país. A este respecto, un grupo de estudios sobre el censo realizados por Bills, Hernández-Chávez y Hudson (Bills, 1997; Bills y otros, 1995; Hernández-Chávez y otros, 1996; Hudson y otros, 1995) revela que el incremento del número de hispanohablantes se debe al influjo masivo y continuo de inmigrantes procedentes de países de habla hispana durante los últimos diez a veinte años, y no tanto a la transmisión del español a las nuevas generaciones de hispanos nacidos en Estados Unidos, hecho que revela falta de «lealtad» lingüística.

Hudson, Hernández y Bills (1995) han propuesto algunas medidas para estimar la posibilidad del mantenimiento o desaparición de una lengua minoritaria: entre ellas, densidad y proporción de hablantes de la lengua minoritaria en la población total, y proporción de hablantes de esta lengua en el grupo étnico correspondiente, lo que ellos denominan «índice de lealtad lingüística». Estas medidas tienen también relación con factores sociales como: nivel de ingresos, estudios, profesión y grado de integración en la cultura dominante.

Los estudios realizados por estos autores se limitan a los estados del Suroeste. En esta región, afirman que California es el único estado en el que no ha habido una baja importante en la proporción de hablantes de español en las comunidades hispanas (Hernández, 1997 y Hernández y otros, 1996). Desalentadora también en cuanto a que claramente refleja el rápido proceso de cambio hacia el inglés típico de Estados Unidos es la observación de que menos individuos en los grupos de menor edad están reteniendo el español.

Hernández y otros (1996) comparan el valor de lealtad lingüística entre una generación joven (5 a 17 años) y una adulta (18 años y más). La tabla 9, en la que se ha agregado Arizona, se ha adaptado de la tabla 4 de Hernández y otros (1996: 666). En esta tabla se observa que el porcentaje o índice de lealtad lingüística entre los jóvenes es en cada estado menor que el del grupo adulto, con diferencias que van desde 9,5 puntos de porcentaje en Arizona a 37 puntos de porcentaje en Colorado.

La tabla 10 presenta los índices de lealtad lingüística para 1990, esta vez incorporando la población hispana total y el número de hispanohablantes en cada estado. Tal como en 1980, el índice entre los jóvenes es en cada estado menor que el del grupo adulto, con diferencias que van desde 10 y 11,6 puntos de porcentaje en Arizona y California, a 35 puntos de porcentaje en Nuevo México, el estado que ha recibido un número más bajo de inmigrantes en la última década.

La tabla 11 indica que solamente en California y, sorprendentemente, en Colorado, no ha bajado el índice de retención intergeneracional entre 1980 y 1990. Hernández y otros (1996) sugieren, a nuestro parecer acertadamente, que estos resultados reflejan procesos de inmigración hispana diferencial a los varios estados del Suroeste.

En esta región, el tamaño de la población de origen hispano y el número de personas nacidas en México son las variables más sólidas a la hora de predecir el uso del español en el hogar. Por ello, no es sorprendente el que, a la vez que la inmigración desde México aumentó en la década de 1980 a 1990, sucedió lo mismo con el número de individuos que, en el censo de 1990, declaraban que el español era la lengua usada en el hogar. La retención del idioma está además en correlación con el nivel de ingresos y de estudios: los hispanos más pobres y con menos estudios tienden a mantener más el español. Los resultados de estas investigaciones llevan a Hudson y otros (1995: 182, traducción propia) a decir que, al menos en el Suroeste, «en la medida en que [las comunidades que se declaran hispanohablantes] ganen mayor acceso a una enseñanza de calidad, poder político y prosperidad económica, lo harán, al parecer, a expensas de mantener el español, incluso en el entorno familiar».

Sin el influjo constante de nuevos inmigrantes, el resultado podría ser el final del español como lengua de importancia social en Estados Unidos. No obstante, parece claro que la inmigración tanto temporal como permanente no está próxima a terminarse, ni las ocasiones de interacción con amigos o parientes en Hispanoamérica disminuirán de forma tan drástica como para evitar la revitalización del español.

La posibilidad de que una lengua minoritaria se mantenga a través de las generaciones está ligada también a un factor que se conoce como «aislamiento lingüístico». El censo define un hogar como lingüísticamente aislado si ninguna persona de catorce o más años de edad habla solamente inglés y ninguna de estas personas habla inglés «muy bien». En este caso, todos los miembros de este hogar se consideran lingüísticamente aislados, incluso los menores de catorce años que sean monolingües en inglés. La tabla 12 compara el aislamiento lingüístico de los dos grupos con el mayor número de inmigrantes en la última década, hispanohablantes y hablantes de idiomas asiáticos o de islas del Pacífico, y de un tercer grupo que corresponde a todos los demás idiomas (Censo de 1990).

De todos los hogares donde se habla español, sólo un 23,4 % está lingüísticamente aislado, comparado con un 30,3 % de aislamiento lingüístico de los hogares de hablantes de idiomas asiáticos o de islas del Pacífico. Esta diferencia se puede interpretar, otra vez, como indicadora de la mayor competencia en inglés que caracteriza a las comunidades hispanas comparadas con otras no de origen europeo en Estados Unidos.

En el Suroeste, el porcentaje de aislamiento, tanto de hogares hispanos como de aquéllos donde se hablan idiomas asiáticos o de islas del Pacífico, no se aleja demasiado de la media nacional, como indica la tabla 13. Los resultados son además armónicos con los presentados en la tabla 10, en el que se observa que California y Texas son los estados con el mayor porcentaje de hablantes de español en el grupo de adultos. Así también, la tabla 13 muestra un mayor porcentaje de aislamiento lingüístico para los hispanohablantes en estos dos estados (recordemos que el aislamiento no toma en consideración la competencia lingüística en inglés de los menores de catorce años).

Aunque es metodológicamente problemático considerar aislado un hogar en el que los menores hablan solamente inglés, el hecho de que poco más de cuatro millones de hispanos entre cinco y diecisiete años hablen español en una población hispana total de cerca de veintidós millones (Censo de 1990) es señal de que no son numerosos los hogares aislados en los que los niños y jóvenes hablan solamente inglés.

Con todo, la presencia significativa del inglés en los hogares hispanos no es buen pronóstico para el futuro del español. Por poner un ejemplo, examinemos por un momento la situación en Los Ángeles. El condado de Los Ángeles es el más grande en California y tiene la mayor concentración de hispanos del Suroeste. Aquí, un 37 % de los aproximadamente nueve millones de habitantes son hispanos de origen. Los méxicoamericanos constituyen con diferencia el grupo más numeroso (2.519.514), seguidos por los salvadoreños. De hecho, la concentración de población mexicana en el Condado de Los Ángeles se ve superada solamente por la de México Distrito Federal. La densidad de la población hispana en el este de Los Ángeles, por ejemplo, oscila entre un 30 % y un 80 %. De la población hispana total del condado, un 78 % declara hablar el español en casa. Ésta es una cifra que impresiona y que podría llevarnos a pensar que el español se mantiene de forma sólida, y que la suposición de que «los hispanos no quieren aprender inglés» es correcta. Sin embargo, estas afirmaciones parecen estar muy lejos de la realidad.

Ya hemos insistido en que la inmigración constante es el factor fundamental que mantiene la alta relevancia social del español en Estados Unidos; datos oficiales del gobierno federal mantienen que un 38 % de la población hispana ha nacido fuera de Estados Unidos. Si suponemos que la mayoría de éstos han adquirido la lengua española antes de su entrada a este país, el efecto que su desplazamiento tiene en el mantenimiento vivo del español en las comunidades hispanas en Estados Unidos es evidente.

Los datos del censo de 1990 en el condado de Los Ángeles apoyan la importancia de los procesos de emigración: 53,3 % de los hispanos en el condado han nacido en el extranjero. Esto significa que tan sólo alrededor de un 25 % de aquéllos que declaran hablar español en casa son nacidos en Estados Unidos. Además, el censo no pide a los encuestados que estimen con qué frecuencia hablan la lengua de sus antepasados, ni les pregunta hasta qué punto dominan el idioma. ¿Acaso hablan español en casa todos los días, o tan sólo a veces o raramente? ¿Es su uso del español completamente funcional, es de alguna manera limitado, o no es sino una variedad muy reducida?

Por otro lado, el censo sí da información sobre el dominio del inglés. En el caso particular del condado de Los Ángeles, con la mayor concentración de hispanos en el Suroeste, con una alta proporción de hispanos nacidos en el extranjero, y situado cerca de la frontera mexicana, es decir, tres factores que deberían resultar en una sólida lealtad lingüística hacia el español que irían de la mano de un dominio pobre del inglés, el censo de 1990 ofrece la información de que un 65 % de los hispanos que declaran hablar español en casa habla inglés bien o muy bien, y sólo un 35 % no lo habla bien (lo cual no implica que no pueda comunicarse en inglés en ciertos ámbitos o situaciones) o no lo habla en absoluto (ver tabla 14). Esto demuestra que un porcentaje sustancial de los que han nacido fuera de Estados Unidos (teniendo en cuenta que sólo un 25 % ha nacido en Estados Unidos) aprende inglés lo bastante bien como para participar de manera apropiada en la sociedad estadounidense y es muy probable que no transmita a su descendencia una variedad de español completamente funcional.

En los cinco estados del Suroeste, la región más intensamente poblada por hispanos en todo el país, con una alta tasa de inmigración, sólo un 27 % de los que declaran hablar español en casa no saben inglés bien o no lo saben en absoluto, y este porcentaje corresponde, podríamos decir, casi exclusivamente a hispanos no nacidos en Estados Unidos. La tabla 15 presenta los datos del censo.

Lo más destacable de estos datos es el bajísimo porcentaje de individuos con poco dominio del inglés en los estados de Colorado y Nuevo México, precisamente aquellos estados que han recibido un número menor de inmigrantes en la última década.

El deseo de aprender el inglés que se da a través de las generaciones de hispanos, compartido por otros grupos de inmigrantes, se ha formalizado en el apoyo que muchos miembros de estos grupos han dado al movimiento English Plus (ver Epic News, circular del English Plus Information Coalition, Washington D.C., EPIC.). El movimiento English Plus («Inglés y Más») reconoce el estatus prominente del inglés en el ámbito nacional e internacional y el mérito indiscutible de elevarlo a la categoría de lengua común de Estados Unidos, pero también promueve el mantenimiento de las lenguas ancestrales como medio de enriquecer el entramado cultural y lingüístico de la nación.

Sin embargo, los números pesan y la presencia de millones de hispanohablantes en el Suroeste de Estados Unidos para muchos representa una amenaza. Como hemos dicho ya, la percepción del ciudadano medio es que los inmigrantes y sus descendientes no están aprendiendo el inglés. Esta percepción errónea es quizás uno de los factores que han motivado la promulgación de leyes que fortalecen el papel del inglés y debilitan la posibilidad de mantener el español (y otras lenguas ancestrales) más allá de la primera generación de inmigrantes.

  • (4) Las diferencias en números totales a través de algunos cuadros se deben a que no todos los encuestados responden a todas las preguntas del censo. volver
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