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El español en el mundo

El español en la Florida: Los cubanos de Miami

Humberto López Morales

6. Presente y futuro del español en Miami

El español es hoy lengua pública importante en Miami y su crecimiento y expansión parece imparable. Según un estudio de la Strategy Research Corporation (1989), en la ciudad se hablaba más español en ese año que en 1980, y la investigación no se refiere solo al ámbito doméstico, sino al del trabajo y al de las relaciones sociales.22

No causa mucha sorpresa el que esto sea así, primero porque, en general, se trata de una inmigración reciente, de la que casi un 70 % ha nacido en la isla, y segundo, porque las sucesivas olas inmigratorias han contribuido a reforzar los lazos lingüísticos y culturales con la hispanidad. Por otra parte, el enclave es muy poderoso y está muy cohesionado socioculturalmente, factores estos que también contribuyen a reforzar la lengua y las costumbres patrias.

Pérez (1992: 93) subraya el hecho de que «los cubanos en Miami pueden comprar una casa o un automóvil, obtener un tratamiento médico especializado o consultar a un abogado o a un contable, todo, utilizando únicamente el español». No debe olvidarse que muchos cubanos piensan regresar algún día a su país, por lo que sienten que su estancia en Miami es provisional, y que necesitan mantener muy viva su «cubanidad» para cuando vuelvan «a casa». A lo largo de estos últimos cuarenta años de historia, los cubanos han insistido —quizás ahora menos que antes—23 en que no se los clasifique como inmigrantes, sino como exiliados políticos.

Sin embargo, esta situación de que goza hoy el español podría cambiar a medida que se vayan sucediendo las nuevas generaciones, nacidas ya en suelo floridano, con bastante menos lazos afectivos con la patria de sus padres y sus abuelos. Es lo que ha ocurrido con otras inmigraciones hispanas de más antiguo asentamiento. Se trata de un complejo proceso con dimensiones que desbordan lo propiamente lingüístico y que se mueve en un parámetro que va desde el nacionalismo de la primera generación hasta la posible «desetnización» de sus descendientes, pasando por etapas intermedias como el biculturalismo y la transculturación. Es muy ilustrativo que estudiosos de múltiples disciplinas (antropólogos, sociólogos, psicólogos, lingüistas, historiadores, educadores, etc.) vengan ocupándose de estos asuntos desde hace ya algún tiempo.

Desde el punto de vista lingüístico, las hipótesis generales que se manejan pueden resumirse de la siguiente manera: los núcleos de inmigrantes van perdiendo su lengua materna paulatinamente, a medida que crecen las nuevas generaciones; un alto índice de lealtad lingüística sería, sin embargo, un importante elemento retardatario en este proceso, que incluso podría paralizarlo.24 Para que se cumplan estas predicciones, tantas veces corroboradas por la historia, se necesita, sin embargo, contar con ciertas circunstancias favorables, de las cuales, una de las más notables es el crecimiento de los índices de deslealtad lingüística.

Las marcas que llevan a este crecimiento nos son bien conocidas:

  1. las características sociales que adquiere el contacto entre ambos grupos;
  2. las marcas de estatus cultural de la inmigración, presentes en la nueva comunidad;
  3. las actitudes lingüísticas de los inmigrados;
  4. sus índices de inseguridad lingüística, y por último,
  5. la fluidez del proceso migratorio (López Morales, 1998). No cabe ninguna duda de que si el contacto nace con tintas negativas (como la ilegalidad de la inmigración misma) o la adquieren con el tiempo; si no existen o no se ven marcas de estatus de la cultura inmigrada en el nuevo contexto; si las actitudes hacia la lengua materna son negativas (no existe autoestima lingüística) y, en cambio, la inseguridad lingüística es alta, las condiciones resultan muy favorables para el nacimiento de la deslealtad. Si, además, se interrumpe la inmigración, el consecuente aislamiento de estos núcleos es otro factor propiciatorio.

Cuando se revisa el caso cubano de Miami, se observa que entre el grueso de la población existe una sólida autoestima cultural y lingüística, ninguna inseguridad, en general, buenas condiciones del contacto (debido principalmente al éxito económico), notables índices de estatus del español y la cultura hispánica, y procesos migratorios fluidos. Todo ello debe llevar a altos índices de lealtad lingüística.

Una de las investigaciones de Solé (1979: 8) dejó ver en su momento que la actitud hacia el español entre los jóvenes de quince a dieciocho años de edad, estudiantes de escuela secundaria, primera generación entonces de cubanos criados y educados en Estados Unidos, era muy positiva, al extremo de confesar que su desplazamiento progresivo por el inglés «representaría una pérdida lamentable». El autor, tras subrayar que el español constituía para ellos un referente positivo, sustentado este en motivos afectivos y pragmáticos, explica que «conscientes de las circunstancias que los llevaron al exilio y conscientes también del fuerte sentimiento de lealtad a las tradiciones e instituciones de sus antecesores, no es de extrañar, entonces, que para ellos el español sea símbolo y vehículo integral de su herencia hispánica».

En un trabajo posterior, el mismo autor (Solé, 1982), trabajando también con adolescentes y jóvenes, indica que un 96 % pensaba que el mantenimiento del español era necesario, puesto que se trataba de un componente importante de su herencia cultural; un 75 % creía que el español debería ser fortalecido en la comunidad, y un 72 % no veía ninguna desventaja en utilizarlo. Un 55 % de esa misma muestra señalaba que los más jóvenes estaban olvidando su lengua materna y usando demasiado el inglés, y que eso les preocupaba. Otras estadísticas interesantes observadas en este estudio nos dicen que un 75 % de estos jóvenes aseguraba hablar tanto español entonces como lo hacían cinco años antes, y lo que es muy interesante: en materia de preferencia idiomática, un 25 % prefería el inglés al español, un 30 %, el español al inglés, y un 42 % estimaba ambas lenguas en igual grado; en este último caso, la elección de una u otra estaba determinada por la lengua del interlocutor, por el tema de la conversación o por el contexto comunicativo. Del 30 % que favorecía sobre todo el español, la mayoría lo hacía basándose en factores afectivos. En general, un importante número de estos sujetos veía el bilingüismo como una situación ideal: un 91% confesaba que el inglés era indispensable, y un 81 % respondía que no sentía ninguna molestia social al hablar español. El bilingüismo es, sin duda, enriquecedor (25 %); el inglés debe manejarse porque es la lengua oficial, el español también, pues si no, se perdería una señal sobresaliente de identidad y de orgullo étnico (32 %), y porque podría correrse el riesgo de que esta lengua llegara a desaparecer (16 %).

Con respecto, no a las actitudes lingüísticas, sino a la selección de ambas lenguas en la comunicación habitual, Solé (1979) había encontrado que en los diálogos de estos jóvenes (entre quince y dieciocho años) con sus abuelos, un 92 % de aquellos usaban español; los abuelos utilizaban con ellos igualmente español, un 90 % de los hombres y un 98 % de las mujeres. Cuando los jóvenes hablaban con miembros de la segunda generación —padres y tíos— el uso del español disminuía: un 62 % usaba exclusivamente la lengua materna, un 21 % la empleaba «casi siempre» y un 12 %, la alternaba con el inglés. En el trato recíproco, lo utilizaban en exclusiva un 73 % de los padres (un 74 % en el caso de las madres) y un 21 %, «casi siempre».

Los usos lingüísticos entre jóvenes muestran otros patrones: entre hermanos, el español se maneja en un 25 %, un 41 % usa ambas lenguas y un 38 %, prefiere «casi siempre» el inglés. Al hablar con niños, un 43 % emplea ambas lenguas, un 30 % usa con preferencia el inglés y un 62 %, exclusivamente el español. De estos datos principales se pueden sacar varias conclusiones: no cabe duda de que ya existía un cierto grado de desplazamiento del español por el inglés entre los miembros de la generación más joven, en el uso que de él hacen, no en la competencia que puedan tener de aquel idioma. El hecho que demuestra que preferencia de uso y competencia lingüística no siempre van de la mano se deja ver en las comunicaciones efectuadas en el ámbito familiar.

Sin embargo, a pesar de que para un 75 % de los sujetos de esta muestra el español fue lengua aprendida desde la infancia, tan solo un 26 % de los entrevistados afirma que tiene un mayor dominio del español que del inglés, un 39 % confiesa lo contrario, y un 35 % indica que posee igual competencia en ambas. El 25 % restante aprendió español conjuntamente con el inglés. Esto se explica porque un 12 % de los entrevistados nació ya en Estados Unidos y porque del 88 % de los nacidos en Cuba, un 48 % salió de la isla con edades comprendidas entre uno y tres años. En cuanto a la competencia lingüística en español, un 90 % de estos jóvenes confiesa que entiende español perfectamente, y el 10 % que queda asegura que lo entiende «bastante bien»; un 68 % lo habla con «completa fluidez», un 30 %, con «bastante fluidez». Un 56 % lo escribe con facilidad, mientras que para un 32%, en cambio, la escritura ofrece dificultades.

Años más tarde, Ramírez (1992) vuelve sobre el tema. Se trata de una investigación muy amplia realizada con adolescentes de diez ciudades norteamericanas con altos índices de población hispana; junto a Carlson y Chico, en California; Albuquerque, en Nuevo México; San Antonio y Laredo, en Texas; Amsterdam y Bronx, en Nueva York, y Perth Amboy, en Nueva Jersey, se encontraba también Miami. El autor buscaba saber las causas que impulsaban a estos sujetos a cambiar al uso del inglés. Tres fueron los factores tomados en consideración:

  1. la localidad a la que pertenecieran,
  2. el lugar de nacimiento (fuera o dentro de los Estados Unidos)
  3. y el grupo étnico lingüístico. La variable «género», que también formó parte del estudio, quedó neutralizada, en especial, cuando la comunicación se establecía entre miembros de la familia, amigos o vecinos. Las cinco respuestas posibles eran; «solamente en español», «mayormente en español», «en ambas lenguas», «mayormente en inglés» y «solamente en inglés».

En el caso de la submuestra miamense, todos respondieron «mayormente en español» cuando se trataba de hablar con sus abuelos y sus padres, incluso con sus hermanos, aunque la media es aquí algo menor. Para comunicarse en distintos contextos lingüísticos (vecindad, escuela, iglesia, recreo), los datos son más heterogéneos: «mayormente en español» en la iglesia y «en ambos idiomas», al hablar con los vecinos; en la escuela y en el recreo, «mayormente en inglés». En todos los casos, los mensajes recibidos a través de los medios de comunicación fueron «mayormente en inglés», situación que coincide con la encontrada por Solé varios años antes.

Ambos conjuntos de datos —los de actitudes y los de selección idiomática en la comunicación— no son enteramente comparables, pero, con todo, existen unas coincidencias notables. Recuérdese que en la investigación de Solé, los jóvenes veían en el bilingüismo una situación ideal y que un 42 por ciento confesaba que prefería usar ambas lenguas en igual grado, dependiendo del interlocutor y de ciertas condiciones del acto comunicativo. Resulta coherente que los adolescentes de Miami hablen español o inglés con los individuos de su vecindario, según quienes sean, y que usen mayoritariamente el inglés en la escuela, puesto que se trata de un ámbito que así lo requiere, a menos de que se trate de programas bilingües, que ya son minoritarios.

El que prefieran los medios de comunicación en inglés tampoco tiene por qué ser un dato contradictorio, pues los medios en esa lengua sonmucho más numerosos y variados. Este asunto requiere un mayor estudio, pero es posible que tanto la radio como la televisión en español ofrezcan programaciones algo alejadas del gusto del adolescente y del joven.

Existen datos elocuentes más cercanos a nosotros. De 1998 es la información sobre aculturación lingüística que trae el informe de la Strategy Research Corporation (Cuadro 2).

Se observará que Miami ofrece los índices más bajos de aculturación alta y parcial; en cambio, los más altos en la aculturación escasa. Ese mismo año, la consulta hecha a una muestra adulta, integrada por hispanos y por anglos, se expresaba en abierto contraste (Gráfico 4).

Mientras que para los anglos era «muy importante» que los niños leyeran y escribieran perfectamente en inglés, pero mucho menos en español, para los hispanos era igualmente importante que lo hicieran en ambos idiomas.

Dos años después, una investigación realizada por Castellanos (1990) sobre el uso de las dos lenguas por los cubanos de Miami concluye que el español seguirá siendo tan importante como el inglés en el condado de Dade porque continuará el flujo migratorio y porque va en aumento el volumen de turistas hispanoamericanos. Esto, desde luego, es una buena parte de la verdad.25

Las razones más importantes para que el español se siga hablando en Miami en el futuro son emotivas y prácticas. De una parte, el mantenimiento de la cubanidad, una demostración del orgullo étnico y cultural de quienes tienen una alta autoestima, auxiliada por el éxito económico; de otra, los beneficios materiales que trae el poder hablar español en la zona.

El mantenimiento de la cubanidad ha sido una preocupación constante desde los primeros tiempos del exilio. No solo las organizaciones culturales estables se dedicaban a la labor, sino también los programas de acción que se diseñaron y se llevaron a cabo con jóvenes y adultos: la Cruzada Educativa Cubana y sus enseñanzas de historia y cultura «patrias» son el mejor ejemplo de ello. La gestión no terminó aquí, sino que se transmitió a los niños cubanos en las escuelas, e incluso en iglesias, a través de programas especiales realizados después del horario oficial. En 1967 surgió un experimento en la iglesia de san Juan Bosco, más ambicioso, que ofrecía cursos de historia, de geografía y de cultura cubanas a niños y adolescentes. A todo esto hay que añadir la creación de las escuelitas cubanas, en las que, además de la enseñanza reglada, se dictaban enseñanzas patrias, se recitaban poemas y se hacían discursos junto al busto de Martí, se cantaba el himno y se izaba la bandera. En 1990 funcionaban unas 30 de ellas. Muchas de las grandes escuelas privadas de Cuba, tanto religiosas como laicas, refundadas en Miami, también «recordaban» asiduamente los valores de la cubanidad.

Por otro lado, el español, aparte de ser un medio de comunicación internacional, en Miami es un idioma de una indiscutible utilidad económica (Resnick, 1988). Miami, como gran centro comercial que es, como núcleo importante de inversiones y de actividades bancarias, como nueva meca de servicios médicos y estéticos muy refinados, ofrece al visitante mucho más que playas soleadas y hoteles suntuosos. Es un destino, y no solo turístico, que entusiasma, sobre todo, en Hispanoamérica. En esa ciudad el español sirve para bastante más que para hablar con familiares y amigos del entorno. Saber español es, entre otras cosas, un negocio y una fuente de trabajo.

Pero esta, desde luego, es una hipótesis, fundamentada, pero hipótesis. Deberemos esperar unos años más para verla confirmada o arrumbada.

  • (22) En el caso de los cubanos, se trata de una variante dialectal muy próxima, naturalmente, a la de Cuba, con algunos anglicismos léxicos y semánticos añadidos, calcos y casos, frecuentemente entre la población educada, de cambios de código, en su mayoría de tipo «etiqueta» o muy cercanos a él (cf. López Morales, 1993: 173). Son raros los ejemplos del llamado spanglish. El español de Miami, al menos parcialmente, ha sido estudiado por Hammond (1978, 1979a, 1979b, 1980), Über (1986, 1989), Varela (1974, 1981, 1983, 1992), Staczek (1983) y Roca (1991). volver
  • (23) Las intenciones de regresar a Cuba tan pronto como cambiara la situación política han ido disminuyendo paulatinamente: en 1972, un 79 por ciento de los cubanos exiliados deseaba volver, pero tan sólo dos años después, los partidarios del regreso eran menos de la mitad (Clark y Mendoza, 1974; apud García, 1996: 238); otro estudio ofrece resultados similares: en 1973, un 60 % de los entrevistados estaba decidido a abandonar Estados Unidos; en 1979, los decididos eran menos de la cuarta parte (Portes y Mozo, 1985). Véase también Pérez Firmat (1995). volver
  • (24) El concepto de «lealtad lingüística» [language loyalty] —y el de su opuesto, «deslealtad»— fue presentado con éxito por Fishman en una importante obra de 1964 (véase además 1965 y Fishman y otros, 1968, 1985). Se acuñaron estos términos para hacer referencia específica a situaciones de bilingüismo en núcleos de inmigrantes, en los que el grupo o parte de él se mantenía fiel a su lengua materna o, por el contrario, la olvidaba para abrazar la de la nueva comunidad. Junto a estos términos, la bibliografía especializada utiliza también como sinónimos language maintenance [conservación lingüística] y language shift [cambio lingüístico]. volver
  • (25) Por supuesto, existe también la hipótesis contraria, por ejemplo, la de Castro (1992: 126), quien piensa que el inglés tiende a reemplazar al español como lengua dominante intergeneracionalmente. No ofrece datos, pero parece apoyarse en López (1982) y su conclusión de que un 80 por ciento de los cubanos nacidos en los Estados Unidos tenían al inglés como lengua principal; sus datos corresponden a todo el país, pero Castro supone que Miami pudiera ofrecer un paralelo a estas proporciones. Sin embargo, la investigación de López presenta algunas deficiencias metodológicas que obligan a tomar sus cifras con extrema precaución. Con todo, la suposición de que Miami constituyese un reflejo de la situación lingüística nacional habría que comprobarla con una investigación in situ. volver
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