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Durante mucho tiempo se ha venido describiendo la
inmigración cubana al sur de la Florida con tintas muy extremas e irreales, sobre todo
cuando se la compara con otras, concretamente con la mexicana y, en menor proporción, con
la puertorriqueña.
De la cubana se ha dicho que
no es una inmigración impulsada por factores económicos sino políticos, y que está
integrada por una elite profesional y culta. La primera de estas premisas dio lugar a una
política de recepción de brazos abiertos y de ayudas de todo tipo, como pruebas de la
admiración de los anfitriones por quienes abandonaban una vida de bienestar por rechazar
principios políticos inadmisibles para la democracia. Estas ventajas, unidas a la
formación alta, moderna y especializada de los inmigrantes, fueron responsables de su
éxito económico inmediato. |

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Tal concepción fue sin duda inspirada
por la situación reinante hasta mediados de la década de 1970, cuando todavía era
posible hablar, aunque con las precisiones de rigor, de un «exilio dorado». A partir de
estos años, y aun de antes, aunque en proporciones más modestas, las cosas empezaron a
cambiar. A medida que aumentaban los índices de depauperación de la isla, proceso
galopante bien estudiado, no eran únicamente motivos políticos, sino también
económicos (a veces, fundamentalmente económicos) los que impulsaban a los cubanos al
éxodo. El perfil de los inmigrantes más recientes se acercaba al de los demás hispanos.
Es verdad que, a pesar de
ciertas inyecciones desestabilizadoras, como la llegada de los marielitos, la
economía cubana de Miami se mantuvo en alza. Pero ello fue debido a factores muy
específicos que solo en cierta medida estaban influidos por las primeras etapas. Al
margen del aprovechamiento de las viejas ventajas adquiridas en la época dorada, que
permitía la obtención intragrupal de empleo, el lento y trabajoso éxito se debió a
varios factores: la estructura familiar trigeneracional, el control de la natalidad, la
incorporación masiva de la mujer a la fuerza laboral, y el aprovechamiento de las
oportunidades brindadas para reincorporarse a la vida profesional y para la fundación de
negocios. |
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La presencia de los abuelos en los núcleos familiares, que aparte de colaborar con sus
cheques de asistencia social, se dedicaban al cuidado de los niños y a las tareas
domésticas, permitía a la mujer entrar de lleno en el mundo del empleo, a veces hombro
con hombro con sus maridos, lo que posibilitó, en el más modesto de los casos, redondear
la economía del hogar, esto sin contar con firmas comerciales familiares, en las que la
mujer desempeñaba con frecuencia el papel protagonista.12
Los profesionales fundaron
firmas de trabajo y consultoría, las más notables, las clínicas médicas y
odontológicas, muchas de las cuales recordaban las estructuras que las sostenían en
Cuba. Los que se dedicaron a los negocios pudieron adquirir préstamos de pequeños bancos
de dueños cubanos o hispanos, apoyados principalmente en una firme historia empresarial
de los tiempos de Cuba. En general, se fundaron empresas modestas: restaurantes, tiendas
de comestibles, estaciones de gasolina, farmacias, estudios fotográficos, tiendas y
bares, y no tan modestas: tiendas por departamentos, fábricas, cines y salas de fiesta.
En ambos extremos de este espectro estaban los vendedores callejeros guarapo,
jugo de caña y granizados y los muy ricos, que entraron directamente en las
industrias bancaria y bursátil, y en otras grandes empresas. |
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Muy importante dentro del mundo del empleo ha sido la presencia de las estrechas redes
sociales que los cubanos han ido construyendo y fortaleciendo en Miami a lo largo de estas
últimas décadas. En contraste con otros inmigrantes que tienen ante sí fundamentalmente
un mercado de trabajo abierto en sectores periféricos de la economía, los cubanos
encontraron trabajo con facilidad en los negocios, también cubanos, cuyos dueños o
administradores habían llegado de la isla en situación parecida a la de ellos, solo que
antes. Puede que en estos casos, la compensación económica que recibían por su labor no
haya sido muy alta, al menos en los inicios, pero esto quedaba compensado por el hecho de
que, gracias a los lazos étnicos existentes, el proceso de aprendizaje de nuevas
destrezas se hizo mucho más fácil, a la par que se borraban o difuminaban las rígidas
estructuras jerárquicas en los puestos de trabajo.
Los negocios propiedad de
hispanos cubanos en una gran proporción se han multiplicado casi por ocho en
quince años: de 3.447 en 1969 a 24.898 en 1982 (Cuban American Policy Center, 1988), y
estos no están circunscritos a los típicos «negocitos» étnicos, sino que muchos
constituyen hoy, después de muchos años de trabajo, grandes empresas de manufactura,
construcción, seguros, bienes raíces, banca, publicidad y exportación-importación
(Portes y Bach, 1985). Consecuencia de ello es que el Gran Miami sea una de las zonas de
los Estados Unidos que más ha crecido económicamente, y con mayor rapidez. |
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Todo esto ha dado por resultado que la posición económica de los cubanos sea la mejor de
entre los grupos de inmigrantes hispanos: la media de ingresos familiares (Gráfico 3), que está a punto de alcanzar los 50.000 dólares
anuales, por una parte, y los 2,5 miles de millones que estos pagan al año en impuestos
en el condado de Dade, por otra, así lo demuestran.13
Aunque otros éxitos
económicos no son atribuibles a los cubanos en exclusiva, no cabe duda de que,
constituyendo ellos la amplia mayoría de los hispanos del lugar, tienen una buena parte
de la responsabilidad: Miami es la zona metropolitana de Estados Unidos con el más alto
índice per cápita de negocios hispanos (OHare, 1987: 33); a partir de 1980, trece
grandes bancos y más de cien corporaciones nacionales y multinacionales abrieron
sucursales en la ciudad; para ese mismo año, el puerto de Miami había desplazado al de
Nueva Orleans en el comercio con Hispanoamérica; por esas fechas, el tránsito de
pasajeros aumentó en un cien por cien en el aeropuerto internacional de Miami, y las
cargas, en un 250 %, cifras que lo han convertido en el noveno aeropuerto del mundo; las
importaciones y las exportaciones han crecido en un 150 %. Añádase, como colofón a este
pequeño muestrario, que el Senado de Estados Unidos acaba de votar por unanimidad
que sea Miami, desbancando a Chicago y a San Antonio, la futura sede del Área de Libre
Comercio de las Américas (ALCA). La ciudad misma ha experimentado en su urbanismo y sus
servicios públicos un cambio sin precedentes. |
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Junto al poder económico se desarrolló el político. Aunque los cubanos no se
consideraban a sí mismos inmigrantes, sino refugiados políticos, pronto se dieron cuenta
de que nunca ejercerían una verdadera influencia política si no disponían de un arma
importante: el voto. Pero para ello se necesitaba la ciudadanía estadounidense.
En 1974 solo 200.000 cubanos
eran ciudadanos de Estados Unidos. Entonces, a dos años de las festividades del
bicentenario de su independencia, dio inicio la campaña Cubans for American
Citizenship, que se proponía conseguir 10.000 nuevas «naturalizaciones». Se obtuvo
un éxito rotundo: solo en un día, el 4 de julio de 1976, 6.500 cubanos se convirtieron
en ciudadanos; al final de ese año la cifra subió a 26.275. A pesar de los reparos de
muchos a adquirir la ciudadanía estadounidense, para 1980 un 55 % de todos los exiliados
había jurado la nueva nacionalidad (Arboleya, 1985); en tan solo una década, las
proporciones se habían más que duplicado. A pesar de su nuevo estatus, continuaban
considerándose «cubanos».
Las consecuencias fueron casi
inmediatas: el crecimiento de cubanos en los puestos políticos a todos los niveles de
gobierno. Llegaron a ser cubanos los alcaldes de las principales ciudades del Gran Miami:
Miami, Hialeah, West Miami y Hialeah Gardens, además de ser mayoría en los concejos y
comisiones de estas ciudades. A principios de la década de los noventa, 10 de los 28
puestos de la delegación del condado de Dade en la legislatura del estado de la Florida
eran cubanos, siete en la Cámara y tres en el Senado. Pronto llegó la representación a
la Cámara Nacional en Washington. |

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NOTAS: |
12. Muchas trabajaron en guarderías, tiendas de
vestidos, peluquerías y autoescuelas, negocios de los que algunas eran dueñas; otras
improvisaron talleres de costura en su propia casa. La más rentable de sus actividades
fue, sin duda, la preparación de comidas para entrega a domicilio, las llamadas cantinas,
que ayudaban, y mucho, a otras mujeres trabajadoras. Ferree (1979) y Prieto (1987) han
estudiado con detalle este importante cambio en la tradicional |
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sex role orientation de los patrones sociales
anteriores. 13. También se
explica el que sólo en el primer año del período en que el gobierno cubano abrió las
puertas a los exiliados para visitas de una semana, éstos dejaran unos cien millones de
dólares en las arcas de la isla, en primer lugar, por las cuantiosas compras de
alimentos, medicinas, ropa, electrodomésticos y muchas cosas más de las que tenían
necesidad sus familiares. |
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