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La población cubana
del Gran Miami es hoy un abigarrado conglomerado de gentes procedentes de zonas urbanas y
de campesinos y pescadores, de blancos, negros y mulatos, de pobres, clase media y
millonarios, de profesionales altamente especializados, de grandes empresarios y de
trabajadores de todo tipo, incluyendo los de categoría más modesta, de individuos con
escasa instrucción y de otros con títulos universitarios superiores. Todo ello es el
resultado de cuarenta años de olas inmigratorias, cada una de ellas, en términos
generales, con unas características específicas. Estamos, pues, ante una especie de gran
palimpsesto demosocial situado al otro lado del estrecho de la Florida, a unos 166
kilómetros de La Habana.
La emigración siguió un claro patrón social:
los primeros en salir eran los que tenían fuertes lazos con el gobierno derrocado, y los
pertenecientes a la clase alta; siguieron después los de las clases medias: hombres de
negocios, ejecutivos y profesionales, principalmente médicos, abogados, ingenieros y
maestros. Tan temprano como en 1962 le tocó el turno a la clase trabajadora: oficinistas,
empleados de fábricas, artesanos y obreros con especialización y sin ella. |

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2.1. De 1959 a 1962: el «exilio dorado»Un total aproximado de 248.070 cubanos entraron en Estados
Unidos entre los últimos días de 1958 y octubre de 1962, cuando se suspenden los vuelos
regulares entre La Habana y Miami, a causa de la llamada «Crisis de los misiles».6 Se trataba de gentes procedentes de la capital o de otras
grandes ciudades, con un alto grado de escolarización, y que habían venido desempeñando
profesiones bien remuneradas. El grupo estaba lejos de ser homogéneo, pues aunque las
citadas eran las características más sobresalientes, no dejaban de encontrarse en él
pescadores, campesinos, conductores de camiones, mecánicos y vendedores, es decir,
representantes de todo el espectro laboral. Entre los que llegaron entonces, figuraban
14.000 niños sin sus padres y sin familia alguna.
En efecto, un elevado 62 % de estos refugiados
procedía de La Habana; un 25 %, de otra ciudad grande (de más de 50.000 habitantes); un
11 %, de pueblos (entre 50.000 y 250 habitantes); y solo un 2 %, del «campo»
(localidades de menos de 250 habitantes).7 Al
comparar estos porcentajes con los de los lugares de residencia que muestra el censo de
población cubano de 1953 (N = 5.829.000) se observan grandes desigualdades. Aquí, la
cifra mayor, un 43 %, es la de los habitantes de zonas rurales, y le sigue, con un 26 %,
la población que habitaba en pueblos o en pequeñas ciudades. Los residentes habaneros
aparecen con un 21 %, y los de otras ciudades de importancia, con un 10 %.8 |
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Además del carácter eminentemente urbano de estos refugiados, hay que destacar también
la abundancia de profesionales de alto nivel y de educación avanzada (Cuadro 1).Mientras
que la fuerza laboral de la Cuba de 1953 descansaba en los renglones más bajos, esta
muestra de refugiados cubanos habla de la existencia de grupos mucho más nutridos en los
niveles altos. Los profesionales y semiprofesionales, por ejemplo, están
superrepresentados por un factor superior a 5, y en cambio, las personas dedicadas a la
agricultura y a la pesca, están infrarrepresentadas por un factor cercano a 14.
Esto explica sobradamente el paralelismo que se
observa entre estos datos y los relativos a la educación. En este primer grupo de
exiliados (N = 1.085),9 un escaso 4
% no ha completado sus estudios primarios, un 60 % tiene años de bachillerato, un alto
23,5 % ha llegado a la universidad, y un 12,5 posee alguna diplomatura o licenciatura. El
contraste con la realidad cubana de principios de la década de 1950 es notable. Según
los datos del Censo (N = 2.633.000), un 1 % de la población adulta disponía de un
título superior, y apenas un 3 % había cursado años de universidad, mientras que un 44
% se encontraba entre la primaria y el bachillerato, y un altísimo 52 % no había logrado
terminar los estudios de la primera etapa. |
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Los contrastes entre los exiliados de esta primera ola y la comunidad de origen se hacen
también patentes al examinar el factor ingresos; los sujetos entrevistados (N = 199)
informaron de haber recibido durante 1958 los sueldos expuestos en el gráfico 2.El análisis llevado a cabo por Fagen, Brody y OLeary (1978: 20-21) indica
que menos de un 23 % ganó sueldos inferiores a los 2.000 pesos; un 56 %, obtuvo entre
2.000 y 8.000, y un 21 %, recibió más de 8.000. La media de ingresos fue de 5.960 pesos.
Para 1957, la renta per cápita en Cuba fue de 431 pesos, pero teniendo en cuenta que
entonces solo uno de cada tres adultos estaba empleado, el producto nacional bruto de cada
trabajador era de 1.293 (Russett y otros, 1964).Se supone que si los cubanos llegados a
Miami ofrecieran un paralelo con la situación cubana general, su media de ingresos
debería haber estado por debajo de esta cifra, pues los sueldos constituyen solo uno de
los componentes del producto nacional bruto; en cambio, la media de aquellos recién
exiliados multiplica los 1.293 pesos por un factor superior a 4. Un estudio monográfico
sobre este asunto (Álvarez Díaz y otros, 1963) pone de manifiesto que en 1958, un 60,5 %
de los hombres empleados ganaba menos de 900 pesos al año. En cambio, obsérvese que en
la muestra miamense de cabezas de familia, solo un 7 % tiene ingresos inferiores a los mil
dólares. |
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Es de lamentar que no se tengan datos precisos sobre la composición racial de estos
primeros exiliados, pero el Research Institute for Cuba and the Caribbean de la
Universidad de Miami ha calculado que, aproximadamente, un 2 % de ellos eran negros y un
3,5, mestizos. Según el censo de 1953, el total de la población negra ascendía en Cuba
a un 12,4 %, y la mulata, a un 14,5 (Center for Advanced International Studies, 1967).
Estas cifras indican que el grueso de esta primera ola inmigratoria era preponderantemente
blanca.La mayoría de estos exiliados
llegaba a Estados Unidos con la firme convicción de que allí estarían por breve tiempo,
hasta el momento preciso en que una nueva situación política les permitiera la vuelta a
la isla. Lejos de sus mentes, pues, el convertirse en «americanos» y comenzar una nueva
vida: eran exiliados políticos, no inmigrantes.
La situación para ellos no fue fácil, pero
tampoco demasiado difícil. Es verdad que los profesionales, excepción hecha de los
maestros, como se verá, se enfrentaron a contratiempos muy duros al no poder dedicarse a
sus respectivas profesiones: era necesario revalidar títulos, pero ello significaba
presentarse a exámenes de gran complejidad en inglés, y pasarlos, por supuesto. Aun los
que tenían un buen dominio de esa lengua se veían obligados a tomar cursos y seminarios
para actualizarse en diversos temas y disciplinas. Los demás debían comenzar por
adquirir la lengua. Entre tanto había que sobrevivir, de manera que empezaron a
desempeñar trabajos de cualquier tipo: fregando platos, ayudando en las tareas más
simples de la construcción, etc. No faltó tampoco la práctica ilegal de médicos y
dentistas, que prestaban sus servicios a clientes también cubanos a precios muy módicos.
Las mujeres, por su parte, se emplearon con mayor facilidad como costureras, cocineras,
domésticas, camareras, cajeras, manicuras y oficios similares que no requirieran un
aceptable manejo del inglés. |
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Al mismo tiempo, sin embargo, había aspectos positivos. Estados Unidos en general y Miami
en particular eran lugares relativamente conocidos de antes: los viajes turísticos
habían acercado a algunos a estas realidades; para otros, eran las producciones
cinematográficas de Hollywood, la televisión, las revistas y otros medios de presentar
la American way of life, muy frecuentes en la Cuba que acababan de dejar, los que
se habían encargado de producir una cierta familiaridad con el nuevo entorno. Un número
mucho más limitado había estudiado en escuelas y universidades norteamericanas y tenían
por ello una idea más adecuada del país anfitrión. Aún menor era la cantidad de
hombres de empresa que mantenían desde antes relaciones económicas con Estados
Unidos.Otro elemento altamente positivo
fue la ayuda que recibieron del Estado, la más generosa de cuantas el país había
brindado a inmigración alguna. Se les concedió un estatus especial, el de parole,
que les permitió trabajar, aun sin ser residentes permanentes; se fundó el Cuban Refugee
Program, dependiente del Department of Helth, Education and Welfare trabajaba
conjuntamente con los Departamentos de Estado, Trabajo, Defensa y Agricultura que
suministraba a los recién llegados pequeños cheques mensuales, servicios médicos,
formación para nuevos empleos, cursos para adultos y productos alimenticios. El gobierno
otorgó un fondo especial para que el distrito escolar del condado de Dade pudiese acoger
a los más de 35.000 niños que para entonces (enero de 1961) asistían a sus escuelas
públicas. |
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También llegó, y de manera igualmente generosa, la ayuda privada: se estableció el
Centro Hispano Católico (1959) e inmediatamente después, el Catholic Relief Services, el
Protestant Latin American Emergency Committee y la United HIAS (en cooperación con el
Greater Miami Jewish Federation); todas estas instituciones, más algunas iglesias y
sinagogas particulares, ofrecían desde información hasta asistencia económica en
pequeña escala. Otra institución que se volcó con los cubanos fue la Cruz Roja. A la
Iglesia Católica había que agradecerle, además, que recibiera en sus escuelas
parroquiales a tres mil niños, a los que ayudaba con becas diocesanas (García, 1996:
18-24).2.2. De 1965 a 1973:
los «Vuelos de la libertad»
En los tres años que mediaron entre la «Crisis
de los misiles» y la inauguración de los llamados «Vuelos de la libertad», la
emigración hacia la Florida fue menos abundante: entre el 22 de octubre de 1962 y el 28
de septiembre de 1965 entraron en Estados Unidos unos 56.000 cubanos más. El fin del
contacto aéreo directo entre La Habana y Miami propiciaba casi en exclusiva la llegada a
través de terceros países, principalmente México y España, o bien mediante vías
clandestinas.
La mayoría de estos nuevos exiliados eran
familiares de los que estaban establecidos o padres de los niños que habían sido
enviados solos a suelo estadounidense. Cinco mil, casi todos prisioneros tras el frustrado
episodio de bahía de Cochinos, llegaron en vuelos especiales organizados por la Cruz
Roja, y unos cuatro mil, entre hombres, mujeres y niños, cruzaron el estrecho a bordo de
una buena variedad de «objetos flotantes». Sus características sociales eran muy
similares a las de los refugiados de la primera ola; ellos también recibieron la
simpatía y la colaboración, tanto del gobierno como de instituciones privadas. |

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Pero, a pesar de las relocalizaciones, que llevaron a un buen número de inmigrantes lejos
de Miami y sus alrededores, el aumento de la población que se produjo con esta nueva
llegada, y los altos índices de desempleo un 6 % que sufría entonces la zona
comenzaron a producir un cierto malestar entre grupos nativos: suponían que los cubanos,
al aceptar retribuciones inferiores a las establecidas, estaban desplazando a los
anfitriones de sus puestos de trabajo. Sin embargo, tanto Washington como el estado de la
Florida se apresuraron, con estadísticas en la mano, a desmentir la suposición. El
resumen que ofrece García (1966: 37) del resultado de los estudios llevados a cabo sobre
el asunto deja en claro que los inmigrantes cubanos, no solo no estaban usurpando el
sustento a los residentes nativos, sino que habían establecido muchos negocios que
creaban nuevas posibilidades de empleo. Los informes también subrayaron otros hechos: el
flujo de cubanos no tenía incidencia alguna en los índices de criminalidad de la zona;
el turismo, a pesar de la delicada situación económica, había experimentado un notable
avance, y no se habían creado barrios de chabolas, aunque el aumento demográfico había
hecho difícil el tema de la vivienda, sino que, por el contrario, florecían las empresas
de bienes raíces. Se insistía también en que los millones de dólares enviados al
sistema escolar público del condado habían mejorado considerablemente las escuelas, pese
al aumento de la población estudiantil, y como colofón, se explicaba que el dinero que
Washington había enviado a la zona (para tener una idea aproximada: 70 millones de
dólares, solo entre enero y mayo de 1963) había fortalecido la economía local, a
despecho de la recesión que se sufría. Las cosas parecieron quedar en su sitio. |
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Del 30 de septiembre al 30 de noviembre de 1965 es el puente marítimo, que tuvo por base
a Camarioca, pequeño pueblo pesquero de la costa norte de Matanzas, creado gracias a
presiones internas. Se logró así que los cubanos de Miami pudiesen llevar consigo a
2.866 familiares en los más de 150 botes que lograron atravesar el estrecho en sus viajes
de regreso. Según Portes, Clark y Manning (1985: 42), un 80,1 % de estos emigrados
salían de Cuba por razones políticas, un 12,3 % perseguía la reunificación familiar,
un 3,7 % huía por imperativos económicos, y el restante 3,9% había sido expulsado por
las autoridades del país. A pesar del alto porcentaje de individuos que escapaban debido
a una frontal discrepancia con el gobierno isleño, a los de este grupo no les fue
concedida automáticamente la condición de refugiados, ni recibirían, por lo tanto, los
beneficios que tal estatus llevaba aparejados. Los casos, previa solicitud, deberían ser
estudiados uno a uno, ya que el procedimiento de entrada era completamente irregular.El fugaz episodio de Camarioca se cerró con algunas
tristezas: los varios naufragios que se sucedieron por lo inadecuadas de ciertas
embarcaciones y el sobrepeso. Estas muertes, las primeras de una larga historia,
produjeron, al menos, una feliz decisión: la firma de un Memorandum of understanding
entre Cuba y Estados Unidos, por el cual se iniciaron los llamados «Vuelos de la
libertad». Inaugurados el 1 de diciembre de 1965, duraron ocho años; en los dos aviones
que a diario despegaban del aeropuerto de Varadero salieron del país otras 297.318
personas (Clark, 1977: 75). |
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La prioridad para obtener asiento en estos vuelos era para los parientes de quienes ya
vivían en Estados Unidos, aunque las autoridades cubanas no permitieron la salida de
presos políticos, de jóvenes en edad militar (entre los quince y los veintiséis años)
ni de aquellos profesionales o técnicos que fueran necesarios para la producción
económica de la isla. Una condición esencial era que el destino final no fuera Miami ni
su entorno, y efectivamente, más de la mitad de estos inmigrantes fundaron sus hogares en
diversos estados de la Unión. Mientras esto ocurría permanecían en unas barracas
prefabricadas que albergaban a unos cuatrocientos individuos, levantadas junto al
aeropuerto internacional miamense; pronto fueron bautizadas la Casa de la libertad.
Mientras esperaban la salida para sus destinos recibieron, además de la ayuda oficial, la
de firmas comerciales y la de las iglesias.Las
características sociales de los llegados anteriormente comenzaron a cambiar con los
nuevos exiliados. Solo un 12 % eran profesionales o administrativos, mientras que un alto
57 % eran oficinistas, empleados múltiples y trabajadores agrarios. Como resultado de las
restricciones impuestas por Cuba, las mujeres y los viejos constituían mayoría. La
novedad era, sin duda, la importante representación de la comunidad china y de la judía
procedente esta última de países centroeuropeos, asentadas en Cuba durante
largos años. Los primeros, dueños de pequeños negocios (puestos de fruta, restaurantes
y lavanderías), los segundos, enfrascados en actividades comerciales de más vuelo. La
comunidad negra, sin embargo, seguía con una representación mínima. |
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A la terminación de estos vuelos, la población cubana del exilio era ya muy
heterogénea, con representantes de todas las clases sociales, todas las profesiones y
oficios, varios grupos étnicos y religiosos, y aunque seguían primando los de la
provincia de la Habana, había nutrida representación de las demás. García (1966: 44)
subraya el hecho de que, junto a esta variedad, también existían en el exilio
diferencias políticas que cubrían un amplio espectro ideológico.Los «Vuelos de la libertad» hicieron renacer entre los
residentes anglos de Miami un gran malestar; en periódicos y en cartas enviadas a la Casa
Blanca volvían a esgrimirse los argumentos de antaño, a los que se añadían ahora el
descontento con las ayudas entregadas a los exiliados, superiores a las de los anglos
pobres, negros especialmente, ciudadanos de Estados Unidos. No obstante, las autoridades
federales, estatales y locales continuaban manteniendo sus programas de cooperación y,
además, crearon otros nuevos, entre los que figuraban los de educación bilingüe para
integrar a los estudiantes cubanos y cursos de formación para adultos, con los que poder
conseguir empleo. De todos, el proyecto estrella fue, sin duda, el llamado «Aprende y
supérate», concebido especialmente para mujeres sin familia: clases intensivas de
inglés y diversos cursos de formación profesional (costura, manejo de equipos de
oficina, secretariado, enfermería, etc.). La asistencia a estos programas era
obligatoria; se requería que las participantes estuvieran dispuestas a abandonar Miami,
en caso de que no hubiese trabajos disponibles en la ciudad. Muchas de ellas no tuvieron
que ausentarse. |
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2.3. 1980: el éxodo de MarielAunque entre octubre de 1978 y abril de 1980 el gobierno cubano permitió la
salida de unos catorce mil presos políticos y sus familiares, fue necesario esperar unos
meses más para que la emigración pudiera protagonizar otro capítulo de gran alcance: el
episodio de Mariel. La antesala de esta experiencia fue, en marzo de ese mismo año de
1980, la violenta entrada (empotrando sus automóviles contra las verjas) de un grupo de
cubanos en la Embajada del Perú en La Habana, solicitando asilo político. Cuando el
gobierno permitió su salida, un aluvión de más de diez mil personas entraron en la sede
diplomática para solicitar visados. Ante este sonadísimo hecho, las autoridades cubanas
informaron de que permitirían la salida a todos los que la desearan. Así nació Mariel.
Pese a que la guardia costera estadounidense
realizó 988 operaciones de rescate, que salvaron la vida a miles de pasajeros, 25 de las
más frágiles embarcaciones zozobraron en el estrecho. La historia volvía a repetirse:
al conocerse la noticia, los cubanos de Miami zarparon hacia el puerto de Mariel en
cualquier cosa que pudiera navegar con tal de recoger a su familia, e incluso a
desconocidos que estuvieran deseosos de marchar de la isla. Las penalidades y los
infortunios de estos viajes, algunos escalofriantes, han sido descritos con pormenor por
algunos de sus protagonistas, entre ellos Reinaldo Arenas en su obra Necesidad de
libertad. |
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Cayo Hueso, el primer puerto de llegada a la Florida, improvisó oficinas para inscribir a
los recién llegados, someterlos a exámenes médicos, fotografiarlos, tomar sus huellas
dactilares y llenar los largos cuestionarios preparados al efecto. Pero pronto estas
instalaciones fueron insuficientes y se crearon otras dos, una en el parque Tamiami y otra
en las barracas de Opa-Locka. Los centros de procesamiento que proseguían con los
trámites trabajaban día y noche, y clasificaban a los inmigrantes en dos grandes grupos:
los que se reunirían con sus familiares y aquellos que debían ser reclamados por un
patrocinador (individual o institucional). Estos, que tenían que esperar algo más de
tiempo, fueron instalados en una gran variedad de lugares disponibles: iglesias,
gimnasios, estadios, hoteles... y hasta en tiendas de campaña, levantadas debajo de los
puentes de las autopistas.
En poco más de cinco meses habían salido de la isla 124.776 personas (Bowen, 1980),
entre las cuales el gobierno insular tuvo cuidado de incluir sin que Estados Unidos
tuviese ningún control sobre ello un número de indeseables sociales, desde
ladrones y asesinos hasta prostitutas, más un grupo menor de enfermos y deficientes
mentales y de gentes con algún tipo de invalidez.10 Se comprende que esta circunstancia, estupendamente magnificada por los medios
de comunicación estadounidenses e internacionales, terminara con el estatuto de
refugiados (a pesar de que muchísimos declararan que salían del país por causas
políticas), que se concedía a la mayoría de los cubanos, anulando, a manera de
excepción, todas las restricciones aplicadas a las demás nacionalidades: en su defecto,
fueron considerados entrants, término novedoso y ambiguo al mismo tiempo, hasta
que pudiesen alcanzar un estatus más permanente, si es que acaso podían lograrlo. Se
comprende que la opinión pública reaccionara en términos muy negativos y que también
fuera desfavorable el recibimiento dado por los inmigrantes cubanos de antes, que veían
peligrar la buena imagen que tanto les había costado construir. Algunos confesaban que se
sentían más discriminados por sus propios compatriotas que por los «americanos». No
puede olvidarse que la impresión de ver a miles de estos cubanos deambulando por las
calles sin hogar y sin trabajo era desalentadora, pero mucho más lo fue el hecho de que
en ese mismo año de 1980, los latrocinios y los crímenes cometidos por algunos marielitos
alcanzaran cotas alarmantes. No eran pocos los que se preguntaban si aquellas gentes,
nacidas y criadas bajo otro sistema, serían capaces de adaptarse a un régimen
democrático. |
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Cuando terminaron las investigaciones, estas arrojaron un primer saldo de 1.500 individuos
subnormales o con problemas mentales; 1.600 alcohólicos, adictos a drogas, tuberculosos o
con trastornos cardiovasculares, y 4 leprosos; pero lo más asombroso de todo era que
26.000 poseían expedientes carcelarios (García, 1996: 64). Todos ellos fueron internados
en campamentos especiales, mientras se determinaba si se trataba realmente de criminales.
Muchos fueron puestos en libertad, al comprobarse que su estancia en las cárceles cubanas
obedecía a motivos políticos o a pequeños delitos, pero 1.769 un 1,4 % del
total fueron enviados a cárceles federales. Por último, se decidió, sin demasiado
éxito, devolver a Cuba a algo menos de mil delincuentes (Hoobler, 1996).Un 73 % de los que integraban el grupo de los marielitos
logró quedarse en la Florida, y de ellos, un 75 % consiguió trabajos y fundó hogares en
la zona metropolitana de Miami, llevando una vida completamente normal, que en nada se
diferenciaba de la de los llegados con anterioridad. Cuando todo quedó esclarecido, el
antiguo exilio extendió su mano.
En ciertos aspectos, este grupo mostraba
diferencias importantes: un 70 % eran hombres jóvenes, de una media de treinta años,
procedentes de muy diferentes zonas de la isla, entre los que se encontraba una gran
proporción cerca de un 40 % de negros y mulatos. Sus índices de educación
eran ligeramente más altos que los de los cubanos llegados a través de los «Vuelos de
la libertad», pero su perfil laboral era paralelo a los de la clase trabajadora de
aquellos: obreros manuales, empleados de fábrica, trabajadores profesionales y técnicos. |


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2.4. La década de 1990: los «balseros»La emigración permitida tuvo su último capítulo hasta
la fecha en 1987. Un acuerdo especial entre Cuba y Estados Unidos, firmado en 1984,
posibilitó entonces que otros 20.000 cubanos al año pudieran abandonar la isla y a
cambio, el gobierno insular se comprometía a aceptar 2.746 marielitos indeseables.
Se dio prioridad a aquellos que reunían los requisitos para recibir asilo, la mayoría de
ellos presos políticos y sus familiares. No llegó a salir el número pactado, ya que en
mayo de 1985 Cuba suspendió el acuerdo como medida de protesta por la fundación de Radio
Martí. Para entonces habían sido repatriados solo 201 marielitos. Entre 1988 y
1993, otros tres o cuatro mil individuos lograron alcanzar la Florida a través de vuelos
regulares. El resto de la historia pertenece al trágico capítulo de los «balseros».
Durante estos años, con muy pocas excepciones,
el único puente disponible hacia la Florida era el extremadamente frágil y peligroso
construido por los balseros: 125.000 personas han logrado sobrevivir al fatídico viaje.
Solo en 1994, clímax de esta arriesgada operación, huyeron unos treinta mil individuos
entre hombres, mujeres, niños y ancianos, como todos los demás, a través de unas balsas
de manufactura casera, algunas de las cuales llegaron a flotar por puro milagro. No todos
llegaron directamente a la Florida; un nutrido grupo de ellos fueron llevados a la base
norteamericana de Guantánamo, en el oriente de la isla, y allí permanecieron a la espera
de que pudiesen ser acomodados en terceros países o de que Cuba permitiera su regreso.
Poco tiempo después se instalaban todos en Estados Unidos. |
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Este último éxodo está integrado por individuos de todas las características sociales,
pero predominan los obreros de las ciudades, los jóvenes profesionales y los trabajadores
agrarios, la mayor parte de ellos, nacidos tras el triunfo de la revolución. Los balseros
llegados después de 1994 tienen estatus de «inmigrantes ilegales», por lo que se
enfrentan a la posibilidad de ser devueltos al país de origen, como cualquier otro
inmigrante de igual condición.11 Entre
tanto se regulariza su situación, permanecen en campamentos de refugiados, bien
«protegidos» por cercas de alambres de púas. La situación se ha ido normalizando. Hoy,
la inmigración cubana de Miami ha llegado a constituir un núcleo amplio y muy
heterogéneo, y si en un principio esta población discrepaba significativamente de la
composición social de la de la isla, en la actualidad los paralelos son casi perfectos. |
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NOTAS: |
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6. Con anterioridad a 1959 la inmigración
había comenzado en el siglo XIX existían también cubanos en ese país, y
concretamente en la Florida: Miami, Tampa y Cayo Hueso. Véase al respecto, Martin (1963:
983-990), Center for Advanced International Studies (1967) y, sobre todo, Balsero (1976) y
Ripoll (1987). 7. De este período
son los 165.000 individuos que buscaron ayuda en el Cuban Refugee Center de Miami. Fagen,
Brody y O'Leary (1968: 17-18) piensan que esta cantidad, a pesar de ser muy amplia cerca
de un 77 % del total), no es representativa de los exiliados de esa época: primero porque
aquellos que no se inscribieron en el Centro (cerca de un 23 %) eran los más acomodados y
los que, al disponer de mejores relaciones en suelo estadounidense, no necesitaban ayuda
para volver a encauzar sus vidas, y segundo, porque en su gran mayoría se trataba de
cubanos que habían llegado al exilio entes de 1961, año en que se fundó este centro de
refugiados. Ambas razones parecen conjugarse satisfactoriamente, pues no es hasta mediados
de ese año 1961 en que la incautación de bienes empieza a producirse en la isla a gran
escala. Esto indica que en la muestrautilizada no están lo bastante representados ni los
más ricos ni los de llegada temprana.
8. Los datos
de 1953, fecha del último censo de la Cuba democrática, han sido tomados por los autores
directamente de los Censos de población, vivienda y |
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electoral de la República de Cuba; también de United Nations (1960), de MacGaffe
y Barnett (1962) y de United Nations (1963). 9. Del total de los
165.000 inscritos, el Centro preparó una lista de 84.578 individuos, clasificados de
acuerdo con la ocupación y con la fecha de entrada en Estados Unidos. Para el
estudio que sigo, se excluyen de aquí estudiantes, amas de casa y jubilados, que no
tenían datos de ocupación, así como los llegados con anterioridad a enero de 1959. La
lista quedó así reducida a 59.682, de los cuales se seleccionaron 1.096 individuos, que
quedaron en 1.085, porque de 11 de ellos no se disponía de datos sobre escolaridad. En
los casos en que el análisis estadístico necesitaba de otras variables, por ejemplo,
«ingresos» y «lugar de residencia», se acudió a otra muestra de 199 cabezas de
familia.
10. El
éxodo de Mariel ha despertado el interés de muchos investigadores; véase al respecto la
bibliografía preparada por Boswell y Curtis (1988).
11. Guerra
y Álvarez-Detrell (1977) han recogido una impresionante serie de testimonios de estos
balseros en Albuquerque, Nuevo México, y en Miami. Los textos presentados en este libro
de memorias constituyen, entre otras cosas, documentos de muy elevado interés
lingüístico. |
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