Humberto López Morales
La población cubana del Gran Miami es hoy un abigarrado conglomerado de gentes procedentes de zonas urbanas y de campesinos y pescadores, de blancos, negros y mulatos, de pobres, clase media y millonarios, de profesionales altamente especializados, de grandes empresarios y de trabajadores de todo tipo, incluyendo los de categoría más modesta, de individuos con escasa instrucción y de otros con títulos universitarios superiores. Todo ello es el resultado de cuarenta años de olas inmigratorias, cada una de ellas, en términos generales, con unas características específicas. Estamos, pues, ante una especie de gran palimpsesto demosocial situado al otro lado del estrecho de la Florida, a unos 166 kilómetros de La Habana.
La emigración siguió un claro patrón social: los primeros en salir eran los que tenían fuertes lazos con el gobierno derrocado, y los pertenecientes a la clase alta; siguieron después los de las clases medias: hombres de negocios, ejecutivos y profesionales, principalmente médicos, abogados, ingenieros y maestros. Tan temprano como en 1962 le tocó el turno a la clase trabajadora: oficinistas, empleados de fábricas, artesanos y obreros con especialización y sin ella.
Un total aproximado de 248.070 cubanos entraron en Estados Unidos entre los últimos días de 1958 y octubre de 1962, cuando se suspenden los vuelos regulares entre La Habana y Miami, a causa de la llamada «Crisis de los misiles».6 Se trataba de gentes procedentes de la capital o de otras grandes ciudades, con un alto grado de escolarización, y que habían venido desempeñando profesiones bien remuneradas. El grupo estaba lejos de ser homogéneo, pues aunque las citadas eran las características más sobresalientes, no dejaban de encontrarse en él pescadores, campesinos, conductores de camiones, mecánicos y vendedores, es decir, representantes de todo el espectro laboral. Entre los que llegaron entonces, figuraban 14.000 niños sin sus padres y sin familia alguna.
En efecto, un elevado 62 % de estos refugiados procedía de La Habana; un 25%, de otra ciudad grande (de más de 50.000 habitantes); un 11%, de pueblos (entre 50.000 y 250 habitantes); y solo un 2%, del «campo» (localidades de menos de 250 habitantes).7 Al comparar estos porcentajes con los de los lugares de residencia que muestra el censo de población cubano de 1953 (N = 5.829.000) se observan grandes desigualdades. Aquí, la cifra mayor, un 43%, es la de los habitantes de zonas rurales, y le sigue, con un 26%, la población que habitaba en pueblos o en pequeñas ciudades. Los residentes habaneros aparecen con un 21%, y los de otras ciudades de importancia, con un 10%.8
Además del carácter eminentemente urbano de estos refugiados, hay que destacar también la abundancia de profesionales de alto nivel y de educación avanzada (Cuadro 1).
Mientras que la fuerza laboral de la Cuba de 1953 descansaba en los renglones más bajos, esta muestra de refugiados cubanos habla de la existencia de grupos mucho más nutridos en los niveles altos. Los profesionales y semiprofesionales, por ejemplo, están superrepresentados por un factor superior a 5, y en cambio, las personas dedicadas a la agricultura y a la pesca, están infrarrepresentadas por un factor cercano a 14.
Esto explica sobradamente el paralelismo que se observa entre estos datos y los relativos a la educación. En este primer grupo de exiliados (N = 1.085),9 un escaso 4% no ha completado sus estudios primarios, un 60% tiene años de bachillerato, un alto 23,5% ha llegado a la universidad, y un 12,5 posee alguna diplomatura o licenciatura. El contraste con la realidad cubana de principios de la década de 1950 es notable. Según los datos del Censo (N = 2.633.000), un 1% de la población adulta disponía de un título superior, y apenas un 3% había cursado años de universidad, mientras que un 44% se encontraba entre la primaria y el bachillerato, y un altísimo 52% no había logrado terminar los estudios de la primera etapa.
Los contrastes entre los exiliados de esta primera ola y la comunidad de origen se hacen también patentes al examinar el factor ingresos; los sujetos entrevistados (N = 199) informaron de haber recibido durante 1958 los sueldos expuestos en el gráfico 2.
El análisis llevado a cabo por Fagen, Brody y OLeary (1978: 20-21) indica que menos de un 23% ganó sueldos inferiores a los 2.000 pesos; un 56%, obtuvo entre 2.000 y 8.000, y un 21%, recibió más de 8.000. La media de ingresos fue de 5.960 pesos. Para 1957, la renta per cápita en Cuba fue de 431 pesos, pero teniendo en cuenta que entonces solo uno de cada tres adultos estaba empleado, el producto nacional bruto de cada trabajador era de 1.293 (Russett y otros, 1964).Se supone que si los cubanos llegados a Miami ofrecieran un paralelo con la situación cubana general, su media de ingresos debería haber estado por debajo de esta cifra, pues los sueldos constituyen solo uno de los componentes del producto nacional bruto; en cambio, la media de aquellos recién exiliados multiplica los 1.293 pesos por un factor superior a 4. Un estudio monográfico sobre este asunto (Álvarez Díaz y otros, 1963) pone de manifiesto que en 1958, un 60,5% de los hombres empleados ganaba menos de 900 pesos al año. En cambio, obsérvese que en la muestra miamense de cabezas de familia, solo un 7% tiene ingresos inferiores a los mil dólares.
Es de lamentar que no se tengan datos precisos sobre la composición racial de estos primeros exiliados, pero el Research Institute for Cuba and the Caribbean de la Universidad de Miami ha calculado que, aproximadamente, un 2% de ellos eran negros y un 3,5, mestizos. Según el censo de 1953, el total de la población negra ascendía en Cuba a un 12,4%, y la mulata, a un 14,5 (Center for Advanced International Studies, 1967). Estas cifras indican que el grueso de esta primera ola inmigratoria era preponderantemente blanca.
La mayoría de estos exiliados llegaba a Estados Unidos con la firme convicción de que allí estarían por breve tiempo, hasta el momento preciso en que una nueva situación política les permitiera la vuelta a la isla. Lejos de sus mentes, pues, el convertirse en «americanos» y comenzar una nueva vida: eran exiliados políticos, no inmigrantes.
La situación para ellos no fue fácil, pero tampoco demasiado difícil. Es verdad que los profesionales, excepción hecha de los maestros, como se verá, se enfrentaron a contratiempos muy duros al no poder dedicarse a sus respectivas profesiones: era necesario revalidar títulos, pero ello significaba presentarse a exámenes de gran complejidad en inglés, y pasarlos, por supuesto. Aun los que tenían un buen dominio de esa lengua se veían obligados a tomar cursos y seminarios para actualizarse en diversos temas y disciplinas. Los demás debían comenzar por adquirir la lengua. Entre tanto había que sobrevivir, de manera que empezaron a desempeñar trabajos de cualquier tipo: fregando platos, ayudando en las tareas más simples de la construcción, etc. No faltó tampoco la práctica ilegal de médicos y dentistas, que prestaban sus servicios a clientes también cubanos a precios muy módicos. Las mujeres, por su parte, se emplearon con mayor facilidad como costureras, cocineras, domésticas, camareras, cajeras, manicuras y oficios similares que no requirieran un aceptable manejo del inglés.
Al mismo tiempo, sin embargo, había aspectos positivos. Estados Unidos en general y Miami en particular eran lugares relativamente conocidos de antes: los viajes turísticos habían acercado a algunos a estas realidades; para otros, eran las producciones cinematográficas de Hollywood, la televisión, las revistas y otros medios de presentar la American way of life, muy frecuentes en la Cuba que acababan de dejar, los que se habían encargado de producir una cierta familiaridad con el nuevo entorno. Un número mucho más limitado había estudiado en escuelas y universidades norteamericanas y tenían por ello una idea más adecuada del país anfitrión. Aún menor era la cantidad de hombres de empresa que mantenían desde antes relaciones económicas con Estados Unidos.
Otro elemento altamente positivo fue la ayuda que recibieron del Estado, la más generosa de cuantas el país había brindado a inmigración alguna. Se les concedió un estatus especial, el de parole, que les permitió trabajar, aun sin ser residentes permanentes; se fundó el Cuban Refugee Program, dependiente del Department of Helth, Education and Welfare trabajaba conjuntamente con los Departamentos de Estado, Trabajo, Defensa y Agricultura que suministraba a los recién llegados pequeños cheques mensuales, servicios médicos, formación para nuevos empleos, cursos para adultos y productos alimenticios. El gobierno otorgó un fondo especial para que el distrito escolar del condado de Dade pudiese acoger a los más de 35.000 niños que para entonces (enero de 1961) asistían a sus escuelas públicas.
También llegó, y de manera igualmente generosa, la ayuda privada: se estableció el Centro Hispano Católico (1959) e inmediatamente después, el Catholic Relief Services, el Protestant Latin American Emergency Committee y la United HIAS (en cooperación con el Greater Miami Jewish Federation); todas estas instituciones, más algunas iglesias y sinagogas particulares, ofrecían desde información hasta asistencia económica en pequeña escala. Otra institución que se volcó con los cubanos fue la Cruz Roja. A la Iglesia Católica había que agradecerle, además, que recibiera en sus escuelas parroquiales a tres mil niños, a los que ayudaba con becas diocesanas (García, 1996: 18-24).
En los tres años que mediaron entre la «Crisis de los misiles» y la inauguración de los llamados «Vuelos de la libertad», la emigración hacia la Florida fue menos abundante: entre el 22 de octubre de 1962 y el 28 de septiembre de 1965 entraron en Estados Unidos unos 56.000 cubanos más. El fin del contacto aéreo directo entre La Habana y Miami propiciaba casi en exclusiva la llegada a través de terceros países, principalmente México y España, o bien mediante vías clandestinas.
La mayoría de estos nuevos exiliados eran familiares de los que estaban establecidos o padres de los niños que habían sido enviados solos a suelo estadounidense. Cinco mil, casi todos prisioneros tras el frustrado episodio de bahía de Cochinos, llegaron en vuelos especiales organizados por la Cruz Roja, y unos cuatro mil, entre hombres, mujeres y niños, cruzaron el estrecho a bordo de una buena variedad de «objetos flotantes». Sus características sociales eran muy similares a las de los refugiados de la primera ola; ellos también recibieron la simpatía y la colaboración, tanto del gobierno como de instituciones privadas.
Pero, a pesar de las relocalizaciones, que llevaron a un buen número de inmigrantes lejos de Miami y sus alrededores, el aumento de la población que se produjo con esta nueva llegada, y los altos índices de desempleo un 6% que sufría entonces la zona comenzaron a producir un cierto malestar entre grupos nativos: suponían que los cubanos, al aceptar retribuciones inferiores a las establecidas, estaban desplazando a los anfitriones de sus puestos de trabajo. Sin embargo, tanto Washington como el estado de la Florida se apresuraron, con estadísticas en la mano, a desmentir la suposición. El resumen que ofrece García (1966: 37) del resultado de los estudios llevados a cabo sobre el asunto deja en claro que los inmigrantes cubanos, no solo no estaban usurpando el sustento a los residentes nativos, sino que habían establecido muchos negocios que creaban nuevas posibilidades de empleo. Los informes también subrayaron otros hechos: el flujo de cubanos no tenía incidencia alguna en los índices de criminalidad de la zona; el turismo, a pesar de la delicada situación económica, había experimentado un notable avance, y no se habían creado barrios de chabolas, aunque el aumento demográfico había hecho difícil el tema de la vivienda, sino que, por el contrario, florecían las empresas de bienes raíces. Se insistía también en que los millones de dólares enviados al sistema escolar público del condado habían mejorado considerablemente las escuelas, pese al aumento de la población estudiantil, y como colofón, se explicaba que el dinero que Washington había enviado a la zona (para tener una idea aproximada: 70 millones de dólares, solo entre enero y mayo de 1963) había fortalecido la economía local, a despecho de la recesión que se sufría. Las cosas parecieron quedar en su sitio.
Del 30 de septiembre al 30 de noviembre de 1965 es el puente marítimo, que tuvo por base a Camarioca, pequeño pueblo pesquero de la costa norte de Matanzas, creado gracias a presiones internas. Se logró así que los cubanos de Miami pudiesen llevar consigo a 2.866 familiares en los más de 150 botes que lograron atravesar el estrecho en sus viajes de regreso. Según Portes, Clark y Manning (1985: 42), un 80,1% de estos emigrados salían de Cuba por razones políticas, un 12,3% perseguía la reunificación familiar, un 3,7% huía por imperativos económicos, y el restante 3,9% había sido expulsado por las autoridades del país. A pesar del alto porcentaje de individuos que escapaban debido a una frontal discrepancia con el gobierno isleño, a los de este grupo no les fue concedida automáticamente la condición de refugiados, ni recibirían, por lo tanto, los beneficios que tal estatus llevaba aparejados. Los casos, previa solicitud, deberían ser estudiados uno a uno, ya que el procedimiento de entrada era completamente irregular.
El fugaz episodio de Camarioca se cerró con algunas tristezas: los varios naufragios que se sucedieron por lo inadecuadas de ciertas embarcaciones y el sobrepeso. Estas muertes, las primeras de una larga historia, produjeron, al menos, una feliz decisión: la firma de un Memorandum of understanding entre Cuba y Estados Unidos, por el cual se iniciaron los llamados «Vuelos de la libertad». Inaugurados el 1 de diciembre de 1965, duraron ocho años; en los dos aviones que a diario despegaban del aeropuerto de Varadero salieron del país otras 297.318 personas (Clark, 1977: 75).
La prioridad para obtener asiento en estos vuelos era para los parientes de quienes ya vivían en Estados Unidos, aunque las autoridades cubanas no permitieron la salida de presos políticos, de jóvenes en edad militar (entre los quince y los veintiséis años) ni de aquellos profesionales o técnicos que fueran necesarios para la producción económica de la isla. Una condición esencial era que el destino final no fuera Miami ni su entorno, y efectivamente, más de la mitad de estos inmigrantes fundaron sus hogares en diversos estados de la Unión. Mientras esto ocurría permanecían en unas barracas prefabricadas que albergaban a unos cuatrocientos individuos, levantadas junto al aeropuerto internacional miamense; pronto fueron bautizadas la Casa de la libertad. Mientras esperaban la salida para sus destinos recibieron, además de la ayuda oficial, la de firmas comerciales y la de las iglesias.
Las características sociales de los llegados anteriormente comenzaron a cambiar con los nuevos exiliados. Solo un 12% eran profesionales o administrativos, mientras que un alto 57% eran oficinistas, empleados múltiples y trabajadores agrarios. Como resultado de las restricciones impuestas por Cuba, las mujeres y los viejos constituían mayoría. La novedad era, sin duda, la importante representación de la comunidad china y de la judía procedente esta última de países centroeuropeos, asentadas en Cuba durante largos años. Los primeros, dueños de pequeños negocios (puestos de fruta, restaurantes y lavanderías), los segundos, enfrascados en actividades comerciales de más vuelo. La comunidad negra, sin embargo, seguía con una representación mínima.
A la terminación de estos vuelos, la población cubana del exilio era ya muy heterogénea, con representantes de todas las clases sociales, todas las profesiones y oficios, varios grupos étnicos y religiosos, y aunque seguían primando los de la provincia de la Habana, había nutrida representación de las demás. García (1966: 44) subraya el hecho de que, junto a esta variedad, también existían en el exilio diferencias políticas que cubrían un amplio espectro ideológico.
Los «Vuelos de la libertad» hicieron renacer entre los residentes anglos de Miami un gran malestar; en periódicos y en cartas enviadas a la Casa Blanca volvían a esgrimirse los argumentos de antaño, a los que se añadían ahora el descontento con las ayudas entregadas a los exiliados, superiores a las de los anglos pobres, negros especialmente, ciudadanos de Estados Unidos. No obstante, las autoridades federales, estatales y locales continuaban manteniendo sus programas de cooperación y, además, crearon otros nuevos, entre los que figuraban los de educación bilingüe para integrar a los estudiantes cubanos y cursos de formación para adultos, con los que poder conseguir empleo. De todos, el proyecto estrella fue, sin duda, el llamado «Aprende y supérate», concebido especialmente para mujeres sin familia: clases intensivas de inglés y diversos cursos de formación profesional (costura, manejo de equipos de oficina, secretariado, enfermería, etc.). La asistencia a estos programas era obligatoria; se requería que las participantes estuvieran dispuestas a abandonar Miami, en caso de que no hubiese trabajos disponibles en la ciudad. Muchas de ellas no tuvieron que ausentarse.
Aunque entre octubre de 1978 y abril de 1980 el gobierno cubano permitió la salida de unos catorce mil presos políticos y sus familiares, fue necesario esperar unos meses más para que la emigración pudiera protagonizar otro capítulo de gran alcance: el episodio de Mariel. La antesala de esta experiencia fue, en marzo de ese mismo año de 1980, la violenta entrada (empotrando sus automóviles contra las verjas) de un grupo de cubanos en la Embajada del Perú en La Habana, solicitando asilo político. Cuando el gobierno permitió su salida, un aluvión de más de diez mil personas entraron en la sede diplomática para solicitar visados. Ante este sonadísimo hecho, las autoridades cubanas informaron de que permitirían la salida a todos los que la desearan. Así nació Mariel.
Pese a que la guardia costera estadounidense realizó 988 operaciones de rescate, que salvaron la vida a miles de pasajeros, 25 de las más frágiles embarcaciones zozobraron en el estrecho. La historia volvía a repetirse: al conocerse la noticia, los cubanos de Miami zarparon hacia el puerto de Mariel en cualquier cosa que pudiera navegar con tal de recoger a su familia, e incluso a desconocidos que estuvieran deseosos de marchar de la isla. Las penalidades y los infortunios de estos viajes, algunos escalofriantes, han sido descritos con pormenor por algunos de sus protagonistas, entre ellos Reinaldo Arenas en su obra Necesidad de libertad.
Cayo Hueso, el primer puerto de llegada a la Florida, improvisó oficinas para inscribir a los recién llegados, someterlos a exámenes médicos, fotografiarlos, tomar sus huellas dactilares y llenar los largos cuestionarios preparados al efecto. Pero pronto estas instalaciones fueron insuficientes y se crearon otras dos, una en el parque Tamiami y otra en las barracas de Opa-Locka. Los centros de procesamiento que proseguían con los trámites trabajaban día y noche, y clasificaban a los inmigrantes en dos grandes grupos: los que se reunirían con sus familiares y aquellos que debían ser reclamados por un patrocinador (individual o institucional). Estos, que tenían que esperar algo más de tiempo, fueron instalados en una gran variedad de lugares disponibles: iglesias, gimnasios, estadios, hoteles... y hasta en tiendas de campaña, levantadas debajo de los puentes de las autopistas. En poco más de cinco meses habían salido de la isla 124.776 personas (Bowen, 1980), entre las cuales el gobierno insular tuvo cuidado de incluir sin que Estados Unidos tuviese ningún control sobre ello un número de indeseables sociales, desde ladrones y asesinos hasta prostitutas, más un grupo menor de enfermos y deficientes mentales y de gentes con algún tipo de invalidez.10. Se comprende que esta circunstancia, estupendamente magnificada por los medios de comunicación estadounidenses e internacionales, terminara con el estatuto de refugiados (a pesar de que muchísimos declararan que salían del país por causas políticas), que se concedía a la mayoría de los cubanos, anulando, a manera de excepción, todas las restricciones aplicadas a las demás nacionalidades: en su defecto, fueron considerados entrants, término novedoso y ambiguo al mismo tiempo, hasta que pudiesen alcanzar un estatus más permanente, si es que acaso podían lograrlo. Se comprende que la opinión pública reaccionara en términos muy negativos y que también fuera desfavorable el recibimiento dado por los inmigrantes cubanos de antes, que veían peligrar la buena imagen que tanto les había costado construir. Algunos confesaban que se sentían más discriminados por sus propios compatriotas que por los «americanos». No puede olvidarse que la impresión de ver a miles de estos cubanos deambulando por las calles sin hogar y sin trabajo era desalentadora, pero mucho más lo fue el hecho de que en ese mismo año de 1980, los latrocinios y los crímenes cometidos por algunos marielitosalcanzaran cotas alarmantes. No eran pocos los que se preguntaban si aquellas gentes, nacidas y criadas bajo otro sistema, serían capaces de adaptarse a un régimen democrático.
Cuando terminaron las investigaciones, estas arrojaron un primer saldo de 1.500 individuos subnormales o con problemas mentales; 1.600 alcohólicos, adictos a drogas, tuberculosos o con trastornos cardiovasculares, y 4 leprosos; pero lo más asombroso de todo era que 26.000 poseían expedientes carcelarios (García, 1996: 64). Todos ellos fueron internados en campamentos especiales, mientras se determinaba si se trataba realmente de criminales. Muchos fueron puestos en libertad, al comprobarse que su estancia en las cárceles cubanas obedecía a motivos políticos o a pequeños delitos, pero 1.769 un 1,4% del total fueron enviados a cárceles federales. Por último, se decidió, sin demasiado éxito, devolver a Cuba a algo menos de mil delincuentes (Hoobler, 1996).
Un 73% de los que integraban el grupo de los marielitos logró quedarse en la Florida, y de ellos, un 75% consiguió trabajos y fundó hogares en la zona metropolitana de Miami, llevando una vida completamente normal, que en nada se diferenciaba de la de los llegados con anterioridad. Cuando todo quedó esclarecido, el antiguo exilio extendió su mano.
En ciertos aspectos, este grupo mostraba diferencias importantes: un 70% eran hombres jóvenes, de una media de treinta años, procedentes de muy diferentes zonas de la isla, entre los que se encontraba una gran proporción cerca de un 40% de negros y mulatos. Sus índices de educación eran ligeramente más altos que los de los cubanos llegados a través de los «Vuelos de la libertad», pero su perfil laboral era paralelo a los de la clase trabajadora de aquellos: obreros manuales, empleados de fábrica, trabajadores profesionales y técnicos.
La emigración permitida tuvo su último capítulo hasta la fecha en 1987. Un acuerdo especial entre Cuba y Estados Unidos, firmado en 1984, posibilitó entonces que otros 20.000 cubanos al año pudieran abandonar la isla y a cambio, el gobierno insular se comprometía a aceptar 2.746 marielitos indeseables. Se dio prioridad a aquellos que reunían los requisitos para recibir asilo, la mayoría de ellos presos políticos y sus familiares. No llegó a salir el número pactado, ya que en mayo de 1985 Cuba suspendió el acuerdo como medida de protesta por la fundación de Radio Martí. Para entonces habían sido repatriados solo 201 marielitos. Entre 1988 y 1993, otros tres o cuatro mil individuos lograron alcanzar la Florida a través de vuelos regulares. El resto de la historia pertenece al trágico capítulo de los «balseros».
Durante estos años, con muy pocas excepciones, el único puente disponible hacia la Florida era el extremadamente frágil y peligroso construido por los balseros: 125.000 personas han logrado sobrevivir al fatídico viaje. Solo en 1994, clímax de esta arriesgada operación, huyeron unos treinta mil individuos entre hombres, mujeres, niños y ancianos, como todos los demás, a través de unas balsas de manufactura casera, algunas de las cuales llegaron a flotar por puro milagro. No todos llegaron directamente a la Florida; un nutrido grupo de ellos fueron llevados a la base norteamericana de Guantánamo, en el oriente de la isla, y allí permanecieron a la espera de que pudiesen ser acomodados en terceros países o de que Cuba permitiera su regreso. Poco tiempo después se instalaban todos en Estados Unidos.
Este último éxodo está integrado por individuos de todas las características sociales, pero predominan los obreros de las ciudades, los jóvenes profesionales y los trabajadores agrarios, la mayor parte de ellos, nacidos tras el triunfo de la revolución. Los balseros llegados después de 1994 tienen estatus de «inmigrantes ilegales», por lo que se enfrentan a la posibilidad de ser devueltos al país de origen, como cualquier otro inmigrante de igual condición.11 Entre tanto se regulariza su situación, permanecen en campamentos de refugiados, bien «protegidos» por cercas de alambres de púas. La situación se ha ido normalizando. Hoy, la inmigración cubana de Miami ha llegado a constituir un núcleo amplio y muy heterogéneo, y si en un principio esta población discrepaba significativamente de la composición social de la de la isla, en la actualidad los paralelos son casi perfectos.