Daniel Martín Mayorga
A la vista de los datos expuestos, estamos en disposición de extraer algunas conclusiones:
Es decir, nos enfrentamos a un problema grave, de fondo, que va más allá de los límites lingüísticos o culturales. Parecería darse una cierta resignación por parte de los que hablamos en español. Asumimos que el idioma natural, la lingua franca en nuestras relaciones con las nuevas tecnologías ha de ser el inglés, y que el español está para otras cosas: la vida familiar, la literatura. Al coincidir casi exactamente las capas sociales que disfrutan de mejor educación conocimiento fluido del idioma inglés y las que tienen acceso a las modernas tecnologías, no se echa de menos ni se demanda un internet en español. En un elevadísimo porcentaje, mayor cuanto menor es el PIB per cápita del país, el individuo argentino, mexicano o español que dispone de los medios económicos para adquirir los equipos y pagar la conexión a la red, también tiene al inglés como lengua de uso frecuente.
Y así, vamos dejándonos llevar hacia un modelo de relaciones donde la tecnología, las ciencias y la economía las hablamos y vivimos en inglés, y sólo para el resto «todo lo que no es globalizable» conservamos la lengua de nuestros mayores.
Pues bien, hay que combatir activamente este tipo de planteamientos, que parecen desconocer o menospreciar la influencia real que tiene en nuestras vidas en todos los aspectos, también en la cultura el actual modelo de relaciones sociales y económicas que se conoce como sociedad de la información.
Si se nos acepta, por tanto, este discurso circular que parte de la lengua, soporte fundamental de la información (la cual, a su vez, es la base de la sociedad de la información, cuya influencia en nuestras vidas supera ampliamente los aspectos tecnológicos para avanzar sobre la economía, la cultura y las relaciones personales), llegamos otra vez al idioma y comprendemos así que es parte de un engranaje, un eslabón de la cadena, que no podemos despachar desde posiciones simplistas. Lo cierto es que la lengua es parte, y parte fundamental, de este negocio, y así debemos considerarla si la queremos salvar de los indudables peligros que la acechan.
No está mal que nos refiramos a nuestro idioma desde la pulcritud de su vocabulario, la armonía de su sintaxis o la belleza de sus textos; pero hoy existen otros temas más urgentes para debatir: