Daniel Martín Mayorga
La denominada sociedad de la información, en la que estamos indiscutiblemente inmersos, es el resultado del perfecto maridaje entre las tecnologías de la información y las telecomunicaciones, las cuales se han desarrollado en este último cuarto de siglo hasta límites que han superado todas las previsiones e, incluso, la propia imaginación. Y no me refiero sólo a la imaginación limitada que se puede permitir un ingeniero, sino también a la desbordada imaginación de gurús y futurólogos.
Aunque «tecnologías de la información» es un concepto tan amplio que, bien se puede decir, abarca todo tipo de equipos, dispositivos y programas, incluyendo los que hacen posible las telecomunicaciones, hemos preferido mantener la distinción entre ambos mundos porque resulta más claro e intuitivo. Haciéndolo sencillo, se puede decir que, por un lado, están los ordenadores, paisaje habitual de nuestras oficinas y hogares; y, por otro, los enlaces que los interconectan.
Los ordenadores están compuestos por dispositivos que, simplificando, o procesan o almacenan información. Tanto unos como otros han evolucionado multiplicando por miles de millones sus prestaciones; esto es, la velocidad de procesamiento o la capacidad de almacenar. Otro tanto ha ocurrido con la intercomunicación entre equipos, y cada vez se puede transportar más rápidamente la información que se quiere trasvasar entre distintos elementos.
A la postre, todo es información: Información que se intercambia, se guarda o se analiza. Pero, sobre todo, se intercambia. La cantidad de información a la que cualquier persona tiene acceso con sólo disponer de una conexión a internet no se puede evaluar; si acaso, imaginar, y con mucha audacia. Cuando a Miguel Ángel le encomiaban su habilidad como escultor, solía decir que cada escultura estaba dentro de su bloque de mármol, y que lo único que había que hacer era quitar lo que sobraba. Un problema similar pero real, no metafórico, tiene el actual internauta: entresacar, de la cuasi infinita información existente, la que en cada caso le interese.
Y como el soporte de la información es el idioma, el crecimiento exponencial de la información circulante hace que cada idioma tenga una mayor oportunidad de exposición al mundo.
El propósito de este trabajo es describir, al menos con trazos gruesos, la situación real de la lengua española en la sociedad de la información. La virtud de la sociedad de la información es que, haciendo honor a su nombre, nos proporciona abundantísimos datos de sí misma. El problema, como ya se ha comentado, está en el exceso, que obliga a un esfuerzo de selección y ponderación que rebasa las posibilidades de este informe. Y llegados a este punto es oportuno dejar constancia de la necesidad de disponer de un observatorio del español en la sociedad de la información con suficientes recursos humanos y materiales para ofrecer cómo no, on line datos fiables del peso y la presencia de nuestro idioma en el mundo «globalizado». Es un asunto de extrema importancia, y no sólo desde el punto de vista cultural: también, tal vez incluso más, desde el punto de vista económico.