Francisco A. Marcos Marín
Más allá de los problemas de la representación gráfica y de las referencias permanentes a ellos en las discusiones sobre la lengua en las listas de la red, hay una serie de cuestiones básicas que se deben considerar a la hora de plantearse la influencia que la red pueda ejercer sobre el español, desde el punto de vista lingüístico. Para realizar algunos planteamientos básicos disponemos de unas primeras conclusiones del grupo que se especializa en este tema en la Universidad de Bochum, en Alemania, bajo la dirección del profesor Franz Lebsanft. Se trata de un estudio de carácter científico, que permite situar en su dimensión otras actividades en este sentido, de carácter más utilitario, como las de la Agencia Efe y las páginas especializadas de los grandes diarios del mundo hispano, especialmente las del periódico La Nación de Buenos Aires. El peligro de las aproximaciones de los aficionados a la lengua es que se crean terminologías paralelas o confusas, defendidas a capa y espada por sus propugnadores, sin tener en cuenta que, en estas cuestiones, lo esencial es la unidad del idioma, no el presunto ingenio y la inventiva de personas con cierto poder de difusión. Un caso puede ser el de las traducciones del vocablo inglés e-mail, que generalmente se interpreta como «correo electrónico» o «correo-e», abreviado, como emilio, ismael o esmalte, mucho más lograda la tercera, a partir del juego de palabras con el francés, pero las tres introductoras de confusión. Otra solución es el crudo préstamo imeil, procedimiento bien conocido en lingüística. En la vida de las lenguas, no olvidemos, todo es posible, baste citar cómo la palabra habitual en España para los seis días de libre disposición de los funcionarios, en los que estos pueden faltar a su trabajo por asuntos propios, es moscoso, apellido del benemérito ministro que instituyó tal privilegio.
desarrollo de los medios de comunicación comporta un cambio en el canon. La lengua escrita, la lengua leída, por tanto, ya no es sobre todo la lengua literaria, más cuidada, sujeta a las convenciones retóricas tradicionales. Los hablantes reciben una avalancha de información lingüística desde su nacimiento, sobre todo de lengua oral, a través de la radio y la televisión, también de lengua escrita, en los libros escolares y los periódicos. A todo ello se añade el nuevo refuerzo que supone internet. A medida que internet va desplazando a la televisión como ocupación a la que los adolescentes dedican el mayor número de horas, a medida que va ocupando espacios escolares y penetra en las empresas, su papel lingüístico como soporte de textos crece, y lo hace hasta alcanzar una dimensión que obliga a nuevas actitudes. Un ejemplo claro es la incidencia de los manuales e instrucciones de sistemas operativos y programas, que son los que realmente imponen los nuevos términos de la informática, términos que pasan cada vez más deprisa a la lengua de la calle. No cabe duda de que, para buena parte de los hispanohablantes, palabras como «navegar», «bajar(se)» o «descargar» tienen nuevas acepciones, otras son nuevas y homónimas de otras bien asentadas, como chatear, que no tiene relación con chato, «vaso de poca altura», sino con el inglés chat, «conversar por internet». Préstamos crudos, como hardware y software, están perfectamente instalados en la lengua.
Los observadores europeos suelen considerar la actitud de los hablantes de español desde la perspectiva del español de España, lo cual introduce en las apreciaciones sobre estos fenómenos un serio elemento discordante. Así, sorprenderse porque los hispanohablantes parezcan haber despertado de pronto con un gran interés por la construcción correcta, por «hablar bien» y usar bien el español en la red, es mucho menos llamativo para quien esté acostumbrado a leer en los diarios hispanoamericanos las frecuentes cartas al director o las notas sobre construcciones gramaticales que para quienes sólo tengan costumbre de apreciar la actitud hasta hace poco más relajada de los hispanohablantes europeos. Un ejemplo significativo puede ser la polémica desatada en Argentina a partir de un anuncio de Telefónica en el que se empleaba la construcción «informar de que». Para comprender bien la reacción, hay que tener en cuenta que permitía manifestar la sensibilidad creciente ante la instalación de empresas «españolas» en realidad, multinacionales con base inicial en España y el «neocolonialismo económico». Muchos hablantes argentinos sintieron que el uso «informar de que» constituía un atentado peninsularista contra su preferencia por informar que, agramatical por ultracorrección, y además, con una sensibilidad rioplatense típica ante un error frecuente en esa zona, el «dequeísmo», creían ver en usos como «Telefónica Argentina informa de que» un ejemplo de esa desviación de la norma. Los diccionarios y los manuales de estilo, que unánimemente consideran correcta la construcción «informar de que», sirven de poco en estos casos. Por fortuna, el español de Argentina dispone de un corpus de referencia, en el cual, con una sencilla búsqueda, se pueden encontrar ejemplos indiscutiblemente argentinos de uso del verbo con «de», periodísticos, en La Nación: «señaló que ha sido informado de que se siguen sacando animales...»; literarios, como en los Cuentos de Bioy Casares: «el patrón de La Liebre informó a Ricardo de que no podría cruzarlos a la otra», o en manuales como la Psicología Genética de Castorina y otros: «los sujetos están informados de que cada tarjeta tiene un número».
Lo interesante en estos casos no es el acierto o el desacierto de la crítica, sino el calor puesto en la discusión, que llevó a la compañía a interesarse por el problema lingüístico y resolverlo para no quedar en mal lugar ante los críticos. Los profesionales de la lingüística hemos de estar muy atentos ante estos fenómenos de lingüística popular o la creciente participación de los legos en estas discusiones. Para la lengua, como para los dolores de cabeza, todo el mundo tiene recetas. Sin embargo, cuando la causa del dolor es seria, sólo el especialista debe intervenir, los remedios caseros bien intencionados no hacen más que agravar la situación. Dicho esto, conviene aclarar que la preocupación de los hablantes ante el uso público de la lengua es positiva y debe alentarse, lo que no hay que hacer es desquiciarse. Además, es un fenómeno imparable porque los hablantes actuales ya no necesitan dirigirse a una institución como la Academia para que les resuelva sus dudas, sino que disponen de innumerables listas o foros de debate, moderadas o no, adonde pueden acudir según su libre voluntad.
El grupo de Bochum, liderado por Franz Lebsanft, realiza un análisis de estas nuevas actitudes, teniendo en cuenta que el análisis completo debería incluir aspectos tanto de la estructura (lingüísticos) como de la relación de los usuarios con ella (pragmáticos):
Agradecemos al profesor Lebsanft que nos vaya anticipando métodos y conclusiones, todavía inéditas, lo que nos hace ser prudentes en su publicación. No es traicionar la confianza depositada en nosotros el señalar algunas de las tendencias que se aprecian en estas discusiones, que tienen dos ramas bien diferenciadas: el uso general de la lengua, por un lado, y el uso concreto de la lengua en internet, por otro. Muchos elementos son comunes, como no podía ser menos, pero el segundo caso es mucho más crítico, posiblemente porque el nivel educativo de los participantes es elevado y porque tampoco faltan entre quienes intervienen profesionales de la gramática. De modo totalmente provisional, nos atreveríamos a proponer varios aspectos, a partir de datos de Lebsanft, de la lista de terminología, de varias listas sobre español actual y medieval y de informaciones dispersas sobre consultas a las academias argentina y española o al servicio del Instituto Cervantes.
Lo primero que debemos señalar es el marcado carácter normativo de los planteamientos. Se debe, nos parece, más a un interés por la unidad lingüística que a una veneración por la gramática. El patrón unificador que se busca no suele ser la autoridad, sino el uso. Por ello, las cuestiones léxicas predominan, sobre todo si tenemos en cuenta que las propiamente gramaticales suelen aparecer en relación con un elemento léxico. Volviendo al ejemplo anterior, no interesa la construcción de implemento verbal en general, sino si el verbo «informar» se construye con «de» antes de «que» y si eso es correcto. Los partidarios del uso siempre tienen enfrente a los defensores de la «pureza lingüística», que, sobre todo en América, se designa muchas veces como «hablar castizo». El resultado se refleja en las actitudes contrapuestas ante los préstamos, especialmente los del inglés, en la terminología de las telecomunicaciones.
Las discusiones gramaticales son, como decíamos, subsidiarias de las léxicas. Al ejemplo sintáctico de «informar de que» podemos añadir otro bien conocido, la indefinición de la correspondencia en español de la palabra inglesa interface, que origina desde el préstamo fonético interféis, hasta la reelaboración interficie, pasando por interface, interfaz, interfase, en el que, más que señalar las variantes, queremos ahora apuntar a la cuestión de la indecisión genérica: ¿debe decirse «el interfaz», como «el antifaz» o «la interfaz», como «la faz»? Si decimos «superficie» ¿por qué no usar interficie? «Superficial» parece pedir la correspondencia interficial, pero en lengua, no siempre lo más lógicamente formulable es lo que se impone. El grado de temor ante el riesgo de fragmentación del español es muy variable. Va desde la postura de personas que, motivadas por las disparidades léxicas y sin formación para apreciar esa característica como inherente a la necesaria estructura dialectal de cualquier lengua, consideran que el español ya está fragmentado, hasta la de quienes pensamos que el castellano mantiene una sorprendente unidad, teniendo en cuenta su extenso dominio y los niveles educativos de sus hablantes y que las diferencias léxicas entre México y Madrid o Buenos Aires no son mayores que las que existen entre Tudela en Navarra y Linares en Jaén, dentro de la península Ibérica. Las listas del tipo «chauchas, porotos, palta, arvejas» pueden parangonarse a otras muchas que se pueden construir en las diversas áreas del español, tanto peninsular como ultramarino. Una vez más, hay que distinguir entre el conocimiento pasivo y el uso activo, pero también entre lo que es general y lo que es particular. Mi propia experiencia me indica que comprar una lata de guisantes en Buenos Aires es más sencillo que comprar una de arvejas en Madrid. «Guisantes», aunque no sea la forma habitual argentina, es una palabra general, mientras que «arvejas» es un arcaísmo sin uso en la mayor parte de España. Funciona en los dos sentidos: aunque un español no use habitualmente «almuerzo», sabe que se refiere a la comida de mediodía, nunca a la de la noche.
Mayor interés tiene el análisis de la lengua que espontáneamente se usa en internet. Es fácil recoger corpus de correo electrónico, de anuncios y notas o de intervenciones en listas. En general, podemos señalar los siguientes rasgos, empezando por lo más externo:
La realidad de conciencia de unidad y preocupación por el uso de la lengua puede ser peligrosa si conduce a conclusiones de falsa euforia. Se puede pensar, equivocadamente, que el bilingüismo o la especial situación lingüística de algunas pares del país es perjudicial. Insistiremos en que no es así. El bilingüismo favorece la conciencia lingüística y no supone, en personas sanas, ninguna traba para el dominio de dos o más lenguas. Lo que sucede es que el grado de educación lingüística es bajo en general, y lo es especial y gravemente en España. La educación idiomática en Hispanoamérica ha gozado del favor de la escuela, mientras que, en España, las fórmulas de los últimos años no han dado resultado. Incluso en la universidad, está claro que el problema mayor para el estudio es que los alumnos no saben leer, es decir: no han adquirido la capacidad de comprender y asimilar a medida que leen. Para hablar y escribir bien hay que leer mucho, para hablar bien hay que leer mucho en voz alta. Eso significa muchas horas, en la escuela y en casa. Tres o cuatro horas semanales es insuficiente. Los índices de lectura de los hispanohablantes son bajos. Imponer una lengua unificada y normalizada implica aceptar un cierto grado de diglosia, es decir, que esa lengua unificada funcione como una variedad A, para exigencias comunicativas más complejas, acompañada de una variedad B, para la comunicación ordinaria. Mantener en equilibrio una lengua común y sus variantes dialectales sólo es posible si las segundas se van acercando a la primera, en vez de diversificarse. Es un empeño difícil que requiere mucho cuidado. Internet es un medio, no una solución.