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El español en el mundo

La lengua española en internet

Francisco A. Marcos Marín

4. Las cifras también bailan

El crecimiento anual de los ordenadores huéspedes conectados a internet ha dejado de ser exponencial, pero, con todo, la característica principal de la red, su tremenda capacidad de aumento, sigue viva. En el gráfico 2 se aprecia cómo, frente al incremento de un 6 por ciento de la telefonía convencional, creció un 52 por ciento la telefonía móvil y se incrementaron nada menos que un 81 por ciento los ordenadores que funcionan como nódulos en internet. Si añadiéramos todos los pequeños ordenadores que pueden funcionar como servidores, generalmente a través de líneas telefónicas, la diferencia sería aún mayor.

No obstante, ese crecimiento esconde una realidad innegable. En estos momentos, la mayor parte de las personas que viven en una sociedad hispanohablante no siente que un gráfico como el anterior refleje una distancia que se perciba realmente. Dicho en otras palabras, el uso de la telefonía celular es más penetrante y está más ampliamente repartido que el uso de las computadoras y el acceso a la red. Frente a unos 120 millones de ordenadores en el mundo, pueden calcularse 300 millones de teléfonos móviles. Esta circunstancia es más fácilmente observable en América que en España, porque en el continente americano son muchas las zonas en las que lo difícil es conseguir que se instale el teléfono de hilos. Los teléfonos digitales de tercera generación, que permiten ya una amplia gama de operaciones por internet, traerán, seguramente, mayores posibilidades y crearán más necesidades, lo que puede generar otro impulso espectacular. Nuevas computadoras, más sencillas y pensadas para internet, pueden introducir un nuevo componente que multiplique las posibilidades de acceso. Cuando el acceso a internet se hace gratuito, el número de cuentas se dispara. Entre agosto y octubre de 1999 el número de cuentas de acceso gratuito a internet, sólo en España, se incrementó en medio millón, lo que supone un 50 por ciento más. El 90 por ciento de ese incremento se lo repartieron Retevisión y Telefónica.

Otro factor de peso es la velocidad de implantación. El teléfono tardó setenta y cuatro años en llegar a 50 millones de usuarios, mientras que la televisión lo logró en trece y la conexión a la World Wide Web sólo necesitó cuatro, aunque eso sí, apoyada en el uso del ordenador personal, que requirió dieciséis años, tres más que la televisión. Indudablemente, los incrementos cada vez más rápidos se apoyan también en que se implantan en medios cada vez más tecnificados, por lo que tropiezan con menores resistencias, y aprovechan las infraestructuras que, al principio, fueron muy costosas de crear. Por otro lado, incluso esas mismas infraestructuras son hoy más baratas, o pueden ponerse a disposición de los usuarios a precios más bajos.

En todo caso, el acceso a internet afecta más profundamente la vida de las personas, porque altera los hábitos. También por ello exige más y, por ello, requiere sistemas de acceso más naturales y sencillos al mayor número de posibilidades que aporta, razón por la cual es imprescindible vincularlo al tratamiento de la lengua natural. En los primeros tiempos de la informática, cuando el acceso estaba muy limitado, los ordenadores eran muy caros y la entrada de datos muy costosa, se podía considerar normal exigir al usuario el conocimiento de un lenguaje de programación. Cobol y Fortran eran así términos tan corrientes como ficha perforada, unidad de cintas o perforadora. Hoy lo que corresponde es el concepto de «interfaz amistosa», a través de voz, si es posible, lo que ha disparado las exigencias lingüísticas. En el espacio de una generación hemos pasado de no poder representar más que los grafemas del teclado de la máquina de escribir norteamericana, sin eñes ni acentos, a la exigencia de que las interfaces de voz reflejen el habla natural, con las curvas tonales y los sistemas puedan entrenarse para reconocer la voz al dictado.

Es frecuente que los autores que se plantean escribir sobre cualquier asunto en relación con internet dediquen un gran espacio a reproducir gráficos (generalmente de origen ajeno con reelaboración propia). Es algo que, desde el punto de vista didáctico, se defiende por sí solo. La cuestión es el valor que podemos dar a las estadísticas que todos manejamos, ya que, en ocasiones, además de variar en cifras y órdenes de magnitudes, pueden ser contradictorias. El modelo de medición de internet es definitivo a la hora de establecer una estadística clave para la publicidad y para la bolsa. Muchas compañías, como las operadoras de telecomunicaciones, formulan sus previsiones de negocio a partir de datos que no se elaboran de modo coherente, por la sencilla razón de que a veces sólo se puede disponer de ellos tomándolos de fuentes distintas.

En España, la OJD es el único organismo que sigue estadísticamente el uso de los distintos servicios. Preocupada por esas diferencias, ha planteado cambiar el sistema de medición utilizado hasta ahora. A grandes rasgos, la OJD propone afinar en el recuento de datos, eliminando algunos o desglosándolos por segmentos. La consecuencia de la revisión puede cambiar la impresión de futuro que se tiene de servicios como, por citar algunos mencionados por el diario económico Expansión (13-10-1999), «Alehop y Canal 21, de Retevisión, Terra, de Telefónica, y Ya.com, de Jazztel, entre otros».

Tradicionalmente se ha medido el uso de internet a partir de la diferencia entre «páginas vistas» y «visitas». Cualquier persona que haya navegado por internet sabe que, de modo fortuito, acaba visitando varias páginas que no buscaba, sino que se las ha ido encontrando al pasar de una información a otra. Cuando nos conectamos a una dirección, un localizador de recursos universal (URL), entramos en lo que técnicamente se llama un «portal». Cada entrada y salida de un portal nos permite medir una «visita». Una vez dentro de ese portal, descargamos una serie de páginas distintas en nuestra máquina. Descargarlas no significa guardarlas, sino que se limita a designar el proceso por el cual las páginas del portal pasan a nuestro ordenador, generalmente de modo transitorio. Cada una de esas pantallas —o páginas— que el usuario descarga al visitar un portal es una «página vista».

Si no se diferencian las visitas y las páginas vistas y se suma todo, se comete el error de dar el mismo valor a aquello que se busca y a lo que uno se encuentra por casualidad o por los requisitos o las tentaciones de la navegación. Hay servicios gratuitos de correo electrónico que llevan al usuario a ver una serie de páginas que no le interesan en absoluto y, sin embargo, cuentan en las estadísticas. Si no se tienen en cuenta las páginas vistas a las que el internauta entra desde un servicio que lo lleva a ellas, la contabilidad se altera enormemente. Claro que también pueden contabilizarse por separado, porque es inexacto suponer que porque se visiten por razones ajenas a la búsqueda originaria carecen de impacto, especialmente en el terreno de la publicidad: puede ser indiferente, en muchos casos, que la página publicitaria se visite indirectamente, pues el efecto de la publicidad llega en todo caso. La diferencia en el modo de contabilizar es importante, en cambio, en la valoración de los portales, puesto que ésta depende de los parámetros que se fijen: visitas, páginas, ambas conjuntamente, ambas por separado. La incidencia futura puede llegar a las comisiones comerciales e incluso a la bolsa, de manera que no es una cuestión menor. Si hablamos de cifras que oscilan entre ocho y quince dólares por página vista, para estimar el valor de un portal en el caso de salida a bolsa, los parámetros que permitan hacer los cálculos tienen una importancia definitiva. Tomamos un ejemplo del ya citado número de Expansión: cuando Jazztel presentó en sociedad su portal Ya.com, mencionó como uno de sus principales activos el servicio de correo electrónico Mix Mail. Pero el uso de Mix Mail no contaría como páginas vistas, según los parámetros reducidos, a la hora de valorar Ya.com o, en el mejor de los casos, contaría por separado, lo que disminuiría el valor de los activos.

Hablar hoy de internet es hablar de algo asociado a un concepto amplio de telecomunicación, que incluye, no sólo el correo, sino el comercio electrónico, la educación y la salud, como los informes de la ITU2 y de Andersen Consulting para 19993 ponen bien de manifiesto. La incidencia es social y económica, toca el corazón mismo de la estructura de los grupos humanos.

En el año 1998, el estudio realizado por Andersen Consulting para comparar la visión del comercio electrónico en Europa y en Estados Unidos señalaba la existencia de una notable barrera entre ambas concepciones del recurso. En 1999, aunque persisten ciertas diferencias, la situación ha cambiado de modo radical y Europa vive de una manera mucho más positiva la realidad, que se ve ineludible, del comercio electrónico. Desde el punto de vista lingüístico, esta circunstancia es de excepcional importancia, porque el acercamiento al usuario es notablemente más sencillo desde su propia lengua. La cohesión lingüística de Estados Unidos, sin duda, hizo mucho para favorecer el clima de confianza en esta fórmula de comercio, y la decisión de ampliar la oferta lingüística para incluir a la población hispanohablante estadounidense señala con claridad que una de las adaptaciones necesarias de la lengua a la tecnología pasa por este rubro de la actividad económica. Mientras que el valle producido como consecuencia de la necesaria adaptación al medio social había retraído a los europeos, la aceleración de esta actividad, anterior a lo previsto y más intensa, ha provocado una respuesta también más acelerada de los estados de Europa.

Si bien las empresas que figuran en los nombres de cabeza son Total-Fina, Lloyd 1885, Telenor Mobil, Cable & Wireless Communications y MigrosBank, la actividad comercial por internet llega rápidamente a otras muchas, entre las que se encuentran las españolas. También vale la pena señalar que, en los nombres que acabamos de citar, están los de compañías sólidas y grandes, no se trata de que se interesen compañías pequeñas y jóvenes. En 1998 el comercio electrónico se limitaba, fundamentalmente, a las ventas y la mercadotecnia o marketing, pero en 1999 la gama de actividades es más amplia e incluye todo el proceso de la oficina de compras, logística, financiación, hasta el desarrollo de productos. En los próximos cinco años al menos un 90 por ciento tiene previsto usar el comercio electrónico para ventas y mercadotecnia y un 83 por ciento en el proceso de compras.

Los mayores ingresos por el comercio electrónico han correspondido hasta ahora a Estados Unidos. Lo cual, unido a la tecnología de la información, ha supuesto una tercera parte del crecimiento económico real estadounidense en los tres últimos años. La equiparación con Europa puede producirse en el 2003, con un mercado europeo en línea de 430 millardos de dólares y 170 millones de usuarios de internet, es decir, cifras muy similares a las previstas para Estados Unidos. Está claro que la conexión a internet es determinante y que la amistad hacia el usuario, una de cuyas mejores manifestaciones es la lingüística, será decisiva. El cambio de actitud respecto al año anterior es manifiesto en la tabla 1.

La telefonía móvil y la televisión digital interactiva ya no son los únicos terrenos en los que los europeos ponen su confianza a propósito del comercio electrónico. El cambio, en tan sólo un año, se extiende a numerosos aspectos de la vida económica. Aunque los detalles de este estudio rebasan nuestros intereses en estas páginas (y la propia competencia del autor), vale la pena recoger que, en términos de ahorro, el comercio electrónico puede suponer, en el caso de compañías como Total-Fina, que da a los clientes de sus refinerías acceso a sus servicios para clientes y de distribución, entre un 20 por ciento y un 30 por ciento menos en los costos de gestión propios y de sus clientes. Más notable es el caso de MigrosBank, en Suiza, que gracias a un sistema innovador, con quioscos multimediales, personal especializado y toda la organización de su mercado por internet, ha logrado incrementar el alcance de su mercado en un 60 por ciento, sin incrementar los costos.

La ventaja europea es manifiesta en el terreno de las telecomunicaciones, que incluyen los teléfonos móviles y los servicios por cable, más el acceso digital a bienes muy distribuidos, como la televisión. La infraestructura permite que el proceso de transición sea rápido y barato, aunque es necesario que los costos de las comunicaciones se reduzcan en un futuro inmediato, si se quiere alcanzar esos niveles de competencia con Estados Unidos. El acceso a internet es progresivamente más barato y su implantación en los hogares de los consumidores, mayor.

La preocupación de directivos europeos y americanos se divide en partes casi iguales en lo que se refiere a las dudas sobre la capacidad técnica y cultural de sus empresas para adaptarse a los nuevos cambios. La capacidad técnica para explotar el comercio electrónico preocupa a un número similar de directivos europeos (85 por ciento) y norteamericanos (90 por ciento), mientras que las cifras sobre las posibilidades de adaptarse a la nueva cultura electrónica se reparten entre un 83 por ciento de europeos y un 85 por ciento de estadounidenses. En lo que se refiere a la seguridad, un 68 por ciento de los dirigentes empresariales europeos sigue teniendo dudas sobre ese factor en las transacciones a través de la red. Sin embargo, aunque la duda sobre si el comercio electrónico será una posible solución para los problemas del intercambio comercial sigue siendo superior a la esperanza de que lo sea, las cifras se aproximan bastante, con porcentajes a favor de un 59 por ciento para los estadounidenses y un 41 por ciento para los europeos. Por ello, se aprecia un ambiente en el cual no es extraño que el impacto económico del comercio electrónico en la posible transformación del comercio sea superior en Estados Unidos, con un 55 por ciento, frente a un 39 por ciento europeo. Es normal, en consecuencia, que mientras un 67 por ciento de los altos directivos de las empresas estadounidenses están ya implicados en el comercio electrónico, sólo lo esté un 50 por ciento de los europeos. Si el comercio electrónico es en realidad más una cuestión de cambio cultural que otra cosa, con nuevos modelos comerciales, el papel de la lengua en él puede ser más importante de lo que parecería a simple vista y, en cualquier caso, es preciso explorar cualquier posible ventaja.

El primer terreno en el cual la interacción comercial con el cliente exige un componente lingüístico es el de las telecomunicaciones (telefonía a través de un proveedor de internet o IP, mensajería, y aplicaciones de comunicaciones para comercio electrónico). En España, a partir del año 2000, las telecomunicaciones serán el segundo sector productivo, sólo aventajado por el turismo. Rafael Arias Salgado, ministro español de Fomento, en su intervención en la exposición Telecom 99, celebrada en octubre, recordó que el sector español de las telecomunicaciones aportó en 1998 un 3,5 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB). Según Arias Salgado, este sector creció un 5,1 por ciento respecto al año anterior, con una facturación de 2,94 billones de pesetas, un 11,5 por ciento más que en 1997.

En los últimos tres años, se han invertido en España 760 000 millones de pesetas en telefonía móvil, mientras que las operadoras del cable han comprometido 1,5 billones de pesetas en los próximos diez años. A finales del 2000, un 74 por ciento de la población española puede estar cubierto por el servicio de televisión digital terrestre, que contará con 14 programas.

El cambio es también aquí, como decíamos antes para el comercio electrónico, un cambio cultural. La presencia de los medios de conexión a internet, que serán múltiples (ordenadores de diversos tipos, teléfonos celulares, televisión digital) permite y exige reajustes de carácter fundamentalmente educativo, para que la población pueda acceder a los nuevos servicios y reconvertir los canales comerciales. Del mismo modo que el paso a la sociedad industrial obligó a aumentar la escolarización de la población, este nuevo modelo exigirá una adaptación de los ciudadanos a las posibilidades de la técnica. Es un cambio social que afectará de manera decisiva a las lenguas, como saben bien los defensores de lenguas no internacionales, que hacen lo posible por prepararse para resistir el impacto y evitar su desaparición. Por ejemplo, la Administración vasca lanzará el año 2000 un plan especial para hacer llegar las tecnologías de la información a la sociedad de Euskadi, «a fin de propiciar un cambio cultural y garantizar la competitividad de la economía autonómica en un mundo globalizado». Esta acción forma parte del nuevo programa Euskadi 2003, que se sustenta en el empleo y la modernización, y contará con una dotación extrapresupuestaria de 721 millones de euros —120 000 millones de pesetas— para el período 2000-2003, según anunció el lehendakari, Juan José Ibarretxe, en persona, ante el Parlamento vasco, en octubre de 1999.

En los próximos seis años, los usuarios conectados a internet de Europa occidental pasarán de los 38 millones actuales a 150 millones, el equivalente de la mitad de la población de esa zona del planeta, según un estudio encargado por el proveedor Nortel Networks.

Internet es plurilingüe, pero ni siquiera las lenguas internacionales están seguras. Las estadísticas sobre el uso de la lengua en la red, aunque con manifiestas discrepancias en detalles que podemos considerar secundarios, nos llevan a una situación muy conocida, con el inglés como lengua general de comunicación, con cerca de un 60 por ciento de uso, en el menos favorable de los censos, mientras que el 40 por ciento restante cada vez está más fraccionado entre otras lenguas. Según datos de julio de 1999, si se incluye el inglés, el español se usa en un 4,3 por ciento de las conexiones, el inglés en un 57,4 por ciento y ninguna otra lengua alcanza un 10 por ciento del uso total. Si excluimos al inglés, el español se usa en un 10,1 por ciento de las conexiones a internet que se realizan en todas las demás lenguas. Chino, alemán y japonés serían las únicas que contabilizan magnitudes superiores. Sólo una adecuada planificación puede permitirnos resistir el cambio, hasta que los nuevos especialistas en las lenguas puedan reacomodarlas para los nuevos rumbos.

Los profesionales de la lingüística estamos ya habituados a que se nos pregunte, desde diversos medios, cuántas lenguas desaparecerán próximamente y en qué plazo. Cuando el entrevistado responde que ninguna lengua, por numerosos que sean sus hablantes o grande el poder del gobierno que la utiliza, tiene garantizada su pervivencia, la reacción suele ser de incredulidad. Sin embargo, hace mil años no eran nada ni el inglés ni el español, mientras que nada queda hoy del antiguo egipcio y, en cambio, una lengua pequeña, apoyada en una cultura fuerte y en circunstancias religiosas no directa o mayoritariamente relacionadas con su uso en la comunidad general, sino en la más reducida de su grupo social, hablamos del hebreo, ha podido llegar hasta hoy y hasta reimplantarse como lengua nacional. Otro ejemplo de preservación lingüística cultural —en este caso por otras razones, vinculadas a la representación escrita— es el del chino, donde lo que se ha preservado es la escritura, pero no la manifestación oral que esos signos representan: podemos entender un texto escrito chino, incluso sin saber cómo se lee en voz alta. De ahí el peligro de creer que el número de hablantes o de kilómetros cuadrados son garantía de pervivencia. La extensión geográfica no ha demostrado históricamente ninguna capacidad en favor de la conservación y pervivencia de las lenguas. Eso no significa que lo contrario sea verdad. El mantenimiento de las comunicaciones y la existencia de organismos de estabilidad de las lenguas, como los educativos, son sus grandes apoyos tradicionales, a los que hoy podemos añadir los medios de difusión y de intercomunicación.

  • (2) El informe resumido de la International Telecommunication Union, publicado en octubre de 1999, está disponible en http://www.itu.int/ti/publications/ INET_99/chal_exsum.pdf. volver
  • (3) Utilizamos en este punto la encuesta de mayo de 1999 de Andersen Conculting a 350 altos directivos europeos y 60 norteamericanos. El informe resumido Europe Takes Off se encuentra en http://www.ac.com/showcase/ ecommerce/ecom_efuture.html. volver
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