Francisco A. Marcos Marín
Ante las dificultades que se presentan cuando se trata de resolver una situación nueva, que no se sabe cómo afrontar, una respuesta habitual de la sociedad española es la extrapolación litúrgica: en vez de investigar para hallar la respuesta, se refiere la cuestión a un mito o se convierte en uno nuevo para, a continuación, asignarla a una institución encargada de oficiar un rito que permita, ya que no solucionarla, dar la impresión de que se sabe qué se está haciendo. En otras ocasiones, incluso, se confía en las ciegas fuerzas de la naturaleza, como cuando se afirmaba, en frase oída a un miembro de un partido político (pero que probablemente no era suya, sino reflejo de un ambiente que no ha cambiado), que «las lenguas se defienden solas» o, por citar a un miembro de otro partido, que «la mejor política lingüística es la que no existe» (frase que, por cierto, tiene un rancio toque de Lejano Oeste pre-ecológico).
En el caso de la lengua española, algunos de los mitos que nos afectan como usuarios de internet se centran en el «mito de los trescientos ya cuatrocientos millones» o de la enorme extensión demográfica del español, que lo convierte en una lengua internacional sólo por eso, el mito del «español, reconquistador de Estados Unidos» o del peso del español en ese país, que lo consolida económicamente y lo coloca a la cabeza del mundo, el mito del «mercado natural», que consiste en que por el hecho de hablar español se va a comprar a empresas productoras radicadas en los países hispanohablantes y, especialmente, en España, y el mito de «internet, panacea universal barata», que indica que, para cualquier problema que pueda existir en la gestión de la lengua española, la red de redes informáticas ofrecerá una solución asequible. El inventario es más amplio, pero por ahora basta con estos mitos.
Aunque desarrollaremos algunos aspectos bastante crudos y, en algunos, asomará el paso, si no el peso, de los años, el hecho mismo de redactar este texto y presentarlo supone ya nuestro convencimiento de que siempre queda la esperanza de que alguna vez, con sencillez y buena administración, se solucionen los problemas, en vez de remitirlos a la institución que practica los ritos para exorcizarlos o dejar que se arreglen solos.
Todos recordamos de nuestros tiempos escolares aquella idea según la cual, si se planteaba adecuadamente un problema, ya se había avanzado notablemente en su solución. El que tenemos que resolver hoy requiere un planteamiento más complejo, porque son muchas las fuerzas que tiran de cada uno de sus aspectos y nos arriesgamos a que la resultante sea cero, lo cual traería consecuencias desafortunadas.
Nuestro problema es, sencillamente, que tenemos una lengua que cuenta con un número muy elevado de hablantes, una rica tradición cultural, especialmente en literatura, una gran cohesión interna, con una norma culta bien aceptada y una contigüidad territorial muy predominante (España y Guinea Ecuatorial son los países que quedan fuera de la continuidad geográfica del español, precisamente). Sin embargo, esta lengua no se utiliza habitualmente como vehículo de intercambio fuera de su amplio dominio geográfico y cede cada vez más espacio dentro del mismo a usos de comunicación internacional, como la producción científica escrita, en favor de otras, en especial el inglés. Curiosamente, el incremento de la calidad científica de los trabajos de los hispanohablantes no se traduce en que haya cada vez más personas interesadas en utilizar el español para fines científicos, sino en que nuestros científicos se ven cada vez más atraídos por publicar en la lengua de la aldea global, que es el inglés.
La lengua española castellana tiene todavía un centro de prestigio reconocido por todos en el único país que la habla que no está en contigüidad geográfica con los otros y que, además, es una potencia industrial, es decir, en España. Desde luego, la conciencia de lengua común y de responsabilidad compartida ha avanzado decisivamente, pero la creciente contribución de los distintos países a ese esfuerzo es todavía muy diversa. Al mismo tiempo, la ampliación de los circuitos comerciales gracias al desarrollo de las comunicaciones sitúa a los hispanohablantes, y especialmente a los españoles, como mayores productores, ante la necesidad de cuidar del mercado, lo que lleva al mito de «nuestro mercado natural», donde la lengua es una ventaja, y a la necesidad de abrir nuevos mercados, para lo cual no lo es.
La dimensión de ese mercado en español de momento sobre todo demográfica, pues su capacidad de consumo es aún pequeña afecta a la lengua castellana porque atrae al estudio de ella a buen número de individuos que sólo de manera secundaria tienen un interés por nuestra cultura y los valores humanísticos que la caracterizan. Se trata, por lo general, de un estudio subordinado y vehicular. Esa atracción, al mismo tiempo, supone también un riesgo para nuestro mercado laboral, a menos que nuestras instituciones educativas preparen a los hispanohablantes para esa competencia, porque las restantes instituciones del mundo son conscientes de las consecuencias laborales, entre ellas las lingüísticas.
Las dos vertientes que nos interesan ahora de la lengua española son la de sistema de comunicación y la de objeto de estudio, para aplicaciones posteriores, ya que no podemos abarcar en estas páginas todos los aspectos que afectan a una lengua como la nuestra. Como sistema de comunicación hemos de preguntarnos qué es el castellano y qué representa en sus diversos contextos, sociales, culturales y geográficos. De la dimensión demográfica de la lengua española castellana no hay duda, pero sí de las consecuencias de esa amplitud. Los trescientos, cuatrocientos o quinientos millones de hablantes se han convertido en un mito, el primero de los que analizaremos, que incluso engloba a otros y que nos interesa porque se apoya en el hecho que nos convoca, en las redes globales y, no podía ser de otro modo, en la mitificación de internet.
Si procedemos con un análisis pormenorizado del mito de la lengua española como una de las más habladas del planeta, podemos empezar con otro que, lamentablemente, el autor ha contribuido a impulsar (junto con otros muchos, lo que tampoco consuela), sin calcular bien sus consecuencias. Me refiero al del peso del español en Estados Unidos.
La pasión por las cifras nos ha llevado a todos a hablar de los treinta millones de hispanohablantes en Estados Unidos, tal vez incluso más, y de su creciente fuerza en la sociedad estadounidense. La pregunta correcta sería, sin embargo, qué peso lingüístico tienen esos hispanos en la vida de ese país y qué ventaja representan para los productos, los servicios y la mano de obra de otros países hispanohablantes y, en nuestro caso, de España en primer lugar. La realidad del español en Estados Unidos, de la que puedo hablar con amplio conocimiento directo, es muy distinta del triunfalismo imperante. En primer lugar, no hay homogeneidad en ese español ni en sus raíces, a diferencia de la que se encuentra, con sus variantes, en los distintos países hispanos. En algunos estados, especialmente Nuevo México, el español es la lengua anterior al inglés y hay conciencia cultural de ello, en otros, como California o Arizona, hay algo de ello pero importa más el peso demográfico de una mano de obra, sobre todo mexicana, inicialmente muy poco cualificada, a la que se han ido añadiendo algunos elementos más preparados posteriormente. En otros, como Nueva York o Florida, responde a una fuerte inmigración caribeña. Un detalle: si contamos la inmigración legal y la ilegal, puede que haya más salvadoreños en Estados Unidos que en El Salvador.
En cuanto al fenómeno chicano, debe recordarse que no se trata de un tipo de cultura vinculado a la lengua, sino a otros rasgos. De hecho, la mayor parte de la producción escrita de los literatos chicanos no es en español, sino en inglés, y hay célebres autores chicanos que muy difícilmente pueden expresarse en español en una clase o en una conferencia, aunque puedan hablar la lengua en el ámbito doméstico. Este fenómeno, por su dimensión cultural, es más importante que el espanglish, la lengua mixta o «pidgin» que se utiliza en círculos cultural y económicamente deprimidos, donde funciona como lingua franca, en el sentido propio y científico del término, mixtura que es marginal, aunque ejerce su influencia en el español norteamericano general y que, como la mayoría de los «pidgin», será progresivamente absorbida por la lengua dominante, generalmente el inglés, a través de un proceso de relexificación, es decir, de lenta e imparable sustitución de los elementos léxicos españoles por los correspondientes ingleses. El propio carácter histórico de «pidgin» germano-románico que tiene el inglés refuerza esa tendencia. Expresiones que penetran en el español, como «llámame para atrás», que calca call me back, por tanto, no pasan de ser anécdotas, como lo son el uso de patio o vago en el inglés general de amplias zonas de Estados Unidos.
El mosaico no se finaliza con estas piezas, pero no podemos extendernos. Si juzgamos por los parámetros de lo que supuso en su día la inmigración española, mucho más homogénea, en Alemania, veremos que la incidencia en Estados Unidos, a medio plazo, puede ser muy relativa. La tercera generación, se estima, es ya una generación monolingüe inglesa, en el mejor de los casos con un cierto recuerdo del español. Ni en el contexto medio de la sociedad anglófona ni en el de la propia hispana hay una valoración cultural positiva del español, que se une a una indisimulada ignorancia de cuestiones básicas de la cultura hispánica, desde la geografía a la incidencia de las variedades dialectales, a lo cual se unen los enfrentamientos entre comunidades hispanas o los resquemores históricos, que algunos grupos ponen al servicio de sus intereses particulares. La comprobación más evidente está en el modelo de enseñanza de la lengua española, tanto en las escuelas como en las universidades y en la estructura de muchas unidades docentes.
Es cierto que hay muchos alumnos de español y que se dan verdaderos casos de interés hacia la cultura hispánica, continental y peninsular. Eso no significa, sin embargo, que la parte española de esa cultura se beneficie, como tampoco se beneficia la de ningún país en concreto. La cultura hispana de Estados Unidos tiende a ser autárquica e invasora. Dicho de otro modo, se está creando una cultura, que se expresa tanto en inglés como en español, y no se limita a esta última lengua, que no sólo cubre las necesidades del mercado norteamericano, sino que invade progresivamente los otros ámbitos geográficos del español. En la producción de cine, televisión, radio, videojuegos y música en español, las empresas hispanas de Estados Unidos empresas norteamericanas, en definitiva se quedan con la parte del león del mercado global de nuestra lengua.
Tomando datos, aproximados, del informe de Fundesco podemos decir que entre 1993 y 1995 el número de canales en español en la televisión por cable norteamericana aumentó en más del doble, que la facturación de canales en español estaba en un mínimo de ochenta y dos mil millones de pesetas (82 000 Mipts) y que las cantidades destinadas a programación superaban los 24 600 Mipts.
El horizonte de los hispanos en Estados Unidos no es el de una mítica «reconquista», sino el de la integración en la cultura estadounidense, en la cual no han influido los valores fundamentales de la cultura hispánica: ni los religiosos ni los familiares ni la visión de la hispanidad que hubiera propiciado el acercamiento de Estados Unidos a sus vecinos del sur. Pese a afirmaciones como la del vicepresidente Al Gore: «Our language will be different. But in ours beliefs, our commitment, and our dedication, we are one. Nos vemos en Miami»1, la «complicidad» que se percibe entre Estados Unidos y Canadá no se da con ningún país del otro lado del río Grande. Hasta ahora, la consecuencia lingüística es clara: la mayor parte de los nietos de inmigrantes hispanos no habla el español, a pesar de que hoy resulta mucho más fácil ser hispano y vivir en español en Estados Unidos que hace cuarenta años. Si para vivir en Estados Unidos no hace falta el inglés, para desarrollar oportunidades en la vida es imprescindible. «La igualdad económica y educativa se alcanza a través de la integración en la cultura dominante», escribía en el diario español ABC, en la víspera del día de la Hispanidad de 1999, el ex gobernador de Puerto Rico, Rafael Hernández Colón.
La dimensión del español ha alterado su forma en los últimos veinte años. El resultado es considerable, no porque afecte a los intereses españoles, supuestamente, sino porque, en realidad, afecta a la raíz cultural común. Cuando disminuye la incidencia del medievalismo o del Siglo de Oro o, incluso, de la Colonia, en los estudios norteamericanos, se pierden componentes que mantengan una visión coherente de la cultura hispánica y, en consecuencia, se pierde la fortaleza que proporciona la visión unitaria. El peso de los temas de España en los estudios universitarios estadounidenses es cada vez menor. Aumentan los programas de estudios hispanos, mientras que los llamados «peninsularistas» son cada vez más reducidos y, en algunos lugares tan prestigiosos como el departamento de español de la Universidad de California en Berkeley, han perdido a más de dos tercios de su profesorado, en cinco años, en beneficio de los estudios americanistas, incluidos los chicanos. Además, la cultura española no es monolingüe, lo que puede traducirse en un hecho como que la Generalitat de Catalunya, con una clara visión de cómo es posible manejar recursos pequeños para conseguir resultados efectivos, haya ido mermando la actividad docente de los profesores peninsularistas, sobre todo de los medievalistas, ofreciéndoles ayudas en correspondencia a un incremento de la enseñanza del catalán, incremento que ha repercutido en la disminución de horas dedicadas a la lengua española castellana y su literatura. Exactamente lo mismo se está produciendo en Alemania. Me apresuro a aclarar que la medida de la Generalitat me parece muy inteligente, y que lo lamentable es que desde las instituciones que deben apoyar la lengua internacional de los españoles sólo ahora se plantee realizar un esfuerzo equiparable en favor del español. Esta acción reforzaría el enorme aporte que suponen los convenios de enseñanza media que, con una gestión de la Consejería de Educación digna de elogio, firma el gobierno español con los gobiernos de los estados, y que de poco sirve si se pierde la batalla de la Universidad, que es la garantía del futuro de la enseñanza del español.
En el terreno de internet, no hay más que recorrer los puntos de la red para comprobar cómo, desde las informaciones sobre los equipos de fútbol hasta los sistemas de búsqueda, todo acaba en algún lugar de Estados Unidos. Baste considerar que, en el tráfico de la red académica, la entrada de datos desde Estados Unidos absorbe toda la capacidad física de las líneas, mientras que la salida desde España tiene suficiente con un 32,8 %.
La solución realista sería el incremento del esfuerzo para la enseñanza del español, con lo que tocamos un punto crucial por la esencia misma de esta publicación, puesto que ahora hemos de hablar de cómo evitar que se vacíe de contenido una institución que ha costado mucho conseguir, para convertirla en un rito más: el llamado Instituto Cervantes.
Aclaremos que la idea del Instituto Cervantes es, sencillamente, imprescindible, pero no existen panaceas, sino mucho esfuerzo. Como institución de carácter predominantemente educativo, su misión principal es difundir la lengua española en el exterior a través de la enseñanza. A través de la lengua han de caminar, no sólo la cultura española en el sentido restringido europeo, sino la cultura en español (y, como institución de España, con una preocupación activa por las necesidades de las otras lenguas de nuestro país). Para ello hace falta, como componente básico, un grupo de gente formada como profesionales del español, lengua segunda, carrera que, hasta 1998 al menos, no se estudiaba, como tal, en ninguna universidad española.
Un mito llama a un rito y la cadena continúa. El Cervantes lanzó en el pasado la «gran idea», que se basaba en el mito de internet: el Instituto cubriría su docencia gracias a un programa de enseñanza interactiva a través de internet. La prensa inmediatamente se hizo eco de tal innovación, pero nadie se lanzó a calcular lo que eso podía costar. La idea es imprescindible, lo peligroso es situarla en ese convencimiento general de la dimensión providencialista de la ciencia y la cultura, que cree en la «idea feliz» como única capaz de generar desarrollo. Internet, como tal, no soluciona nada, obliga a realizar un trabajo muy concreto y muy técnico, que es la única fuerza capaz de impulsar una presencia del español que no sea meramente interficial, repetimos, sino que se aplique al desarrollo de los contenidos.
Para realizar una estimación tendremos que partir del hecho de que quienes se conecten al Centro Virtual Cervantes para seguir un curso o cualquier actividad interactiva por internet, al residir mayoritariamente fuera de España, no podrán conectarse a través de Infovía o sistema equivalente, sino directamente a las computadoras de la sede central. Si se pretende que los alumnos de los colleges estadounidenses, por no hablar de la secundaria, se conecten a ese curso, al menos de vez en cuando, y que lo haga también un porcentaje de los alumnos de otros países desarrollados, habrá que calcular qué número de conexiones simultáneas se pueden admitir y qué costo en equipamiento supone, tanto para el Cervantes como para las instituciones conectantes.
Si de verdad se pretende que el curso sea universal, hará falta un número de conexiones simultáneas tal, que superaría la capacidad de conexión por módem de universidades como UC Berkeley o UNC Chapel Hill. Ni siquiera el «súper-módem» de Telefónica, con su capacidad para tolerar transmisiones equivalentes a un ancho de banda de 2 Mb, sirve de mucho para las conexiones desde fuera de España. La capacidad global prevista de la red Ibernet se vería ampliamente superada. En todo caso, sabemos que las cuestiones técnicas tienen solución antes que otras: el Cervantes Virtual puede verse favorecido por los avances técnicos y superar los problemas de conexión y acceso simultáneo, también pueden instalarse repetidores o «espejos» en diversos países; pero no es un centro que pueda prescindir de los profesionales que preparan los cursos, que dirigen las tutorías de los alumnos, revisan y adaptan el material, cumplen, en fin, las mil funciones requeridas, además de diseñar y realizar pruebas y evaluaciones. La enseñanza a distancia, si mantiene la calidad, exige el mismo esfuerzo que la presencial e implica un gasto humano elevado; utiliza otros medios, lo cual es distinto. Sucede que internet se ha convertido en otro mito, con capacidades casi mágicas, y de pronto, todos empezamos a preocuparnos por la presencia del español en ese marco.
De la realidad de la enseñanza ya hemos dicho algo, ahora podemos pasar a la realidad de la lengua española como objeto de estudio. Uno de los puntos de mayor gravedad es el problema de la terminología científica y técnica, que la globalización de las comunicaciones sitúa en primer plano y que sólo se puede resolver con un sistema coherente de estandarización en español. Desatender la Terminología es gravísimo. Cuando la Generalitat empezó su excelente trabajo de refuerzo del catalán, lo primero que hizo fue montar una oficina terminológica. Vascos y gallegos, de uno u otro modo, advirtieron el acierto y se decidieron a adoptarlo, con sus modalidades específicas. Los castellanohablantes parece que confiamos en que la masa es suficiente garantía de calidad, razonamiento evidentemente equivocado. Si queremos controlar los nuevos términos, desde luego, el corolario es inmediato, sólo podemos hacerlo en coordinación con los otros países hispanohablantes, porque de nada nos sirve fijar una terminología que sólo se siga en España, el único país desarrollado, recordemos, que está fuera del continuo lingüístico del español. El esfuerzo de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales ha sido ingente, pero sin la proyección que merece y, además, como todo trabajo académico, tiene que ser a posteriori. Falta un organismo coordinador de propuestas para los nuevos términos, con amplia capacidad de difusión que, esto sí, internet facilita.
Las cifras dan también una representación clara de la realidad de la investigación sobre la lengua española en relación con su tratamiento electrónico, sobre todo en el marco de la Unión Europea. A pesar de que contamos con especialistas muy apreciados internacionalmente, tanto en Madrid como en Barcelona, en el campo lingüístico, y en bastantes más ciudades en el terreno más técnico de las telecomunicaciones y la ingeniería en general, lo que está claro es que el retorno que España obtiene de la Unión Europea es bajo, en algunos sectores menos de la mitad de lo que sería de esperar. Claro que, en general, los retornos que España obtiene de la Unión Europea para investigación, en conjunto, son también bajos.
Las razones por las cuales se hace una escasa presión sobre las instituciones europeas en el terreno de la lengua pueden ser diversas; seguramente es preciso apoyar más otros sectores, de mayor incidencia en el conjunto de los trabajadores, como la agricultura o la pesca, y tampoco cabe duda de que las necesidades del tratamiento electrónico del español son tan especializadas que es difícil para los responsables políticos hacerse una idea de cuál debe ser su actuación.
Al hablar de la presencia del español en las redes globales hay que destacar, muy especialmente, el brillante papel de RedIris, tanto en su etapa de Fundesco, como en la del CSIC. Una vez más volvemos a encontrarnos con una institución que, entre las continuas dificultades que leemos los que recibimos los mensajes de las listas de responsables informáticos de nuestras instituciones, sabe hacer frente a las necesidades de sus usuarios, a pesar de disponer de medios muy limitados, absoluta y relativamente.
De algunos de los datos anteriores se deduce que la industria, pública y privada, lleva buena parte del peso de lo que realmente funciona. Una vez más hemos de lamentarnos de que hayan desaparecido instituciones sumamente baratas y de probada eficacia, que han sido sustituidas, de manera descoordinada e incompleta, por otras mucho menos ágiles. El reto, ahora, es construir un nuevo sistema que nos permita dar satisfacción de modo coordinado a estas necesidades, porque existe una auténtica inquietud social y una actitud positiva.
Todos sabemos que hay tres tipos de investigación: la básica, que corresponde a las instituciones educativas, sobre todo a la Universidad y al CSIC en nuestro contexto, la aplicada y la de desarrollo experimental, que corresponden sobre todo a las empresas. El papel de las fundaciones universidad-empresa en este terreno es esencial y de su buen funcionamiento depende el mantenimiento de un buen número de proyectos, especialmente en el marco europeo.
La historia de Occidente nos muestra que la esperanza de los ciudadanos es siempre la sociedad, no el gobierno. Cuando se abandona la iniciativa en manos de este último, el resultado suele ser desastroso, sencillamente porque los políticos no pueden estar capacitados para responder a las demandas muy especializadas y complejas de la sociedad y carecen también, en muchas ocasiones, de formación técnica para buscar el asesoramiento objetivo puramente científico, lo que da resultados aleatorios, como es previsible. El empresario, si se equivoca, desaparece. El político, si deja que la sociedad vaya resolviendo sus necesidades, atendiendo a que lo haga armónicamente, ordenando la razón para el bien común, mediante la ley, triunfa.
Pretender que el español tenga una importancia que corresponda a su peso demográfico es lo mismo que decir que internet debe ofrecer unas áreas llenas de contenidos en castellano. La solución para lograrlo pasa por dos vías: la primera es la educativa, la segunda es el apoyo a las empresas de los países hispanohablantes que desarrollan productos y servicios lingüísticos electrónicos.
En la educación tenemos que empezar por plantearnos las nuevas necesidades y rediseñar unas cuantas de las actividades universitarias. El costo de formar un ingeniero, para que acabe diseñando páginas web, es elevadísimo, para un trabajo que cualquier técnico profesional de segundo grado desarrollaría incluso mejor, porque no lo vería como algo secundario. El tratamiento electrónico de textos, por otro lado, debe tener un lugar en las facultades de Letras, de Humanidades, de Ciencias de la Información, en donde pueden formarse especialistas con los conocimientos de los lenguajes de etiquetado, como SGML, XML y HTML, necesarios para ir formando la biblioteca electrónica del futuro. Lo mismo puede decirse para los estudios de Biblioteconomía y Documentación. La Terminología, insistamos, tiene que encontrar también un lugar en el currículo. Si necesitamos, como ocurre imperiosamente, más y mejores diccionarios, habremos de conceder mayor espacio al estudio de la Lexicografía. La traducción es una actividad fundamental en el mundo actual, para la que deben desarrollarse cauces de estudio y aprendizaje adecuados.
En el terreno sumamente necesario de la enseñanza del español como segunda lengua, es prioritario formar especialistas para encargarles el desarrollo de los proyectos, porque si se forman especialistas para ponerlos luego a las órdenes de quienes son ajenos a la especialidad, se hace otro gasto inútil.
La convergencia con Europa, de la que tan convencidos estamos, no debe limitarse a un esfuerzo económico de los contribuyentes; también será preciso prepararse para mantener ese nivel después, o nuestra historia será como la del equipo ascensor, un año en primera y otro en segunda.
Nuestra lengua es la manifestación más llamativa de una cultura cuyos valores expresa y que nos interesa mantener, porque conforman nuestra visión del mundo y, por ende, nuestra posición en él. Para mantenerla en la aldea global deben realizarse una serie de cambios y de reajustes en el modo de educar a los hablantes, a los futuros especialistas y, lo que es más difícil, en las instituciones. Para lo último bastaría, en principio, que cada cual cumpliera sus objetivos y que los de investigación básica y pre-desarrollo se encargaran a las instituciones específicas, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y la Universidad, con la participación importantísima de las Fundaciones y la coordinación con las empresas. Las grandes instituciones nacionales, como las Academias y el Instituto Cervantes, tienen un papel institucional, el principal, si se quiere, cada una en su área; pero no vocación ni capacidad sustitutoria. Cuando no hay mitos, no hacen falta exorcismos.