A Elisa A.
Gracias, Mari Pepa.
Gracias, Esther.
A lo largo de la historia los traductores han tenido que realizar su labor al margen, en clara subordinación a las voluntades de otros, y su dedicación se ha percibido a menudo de manera negativa; baste recordar las imágenes de la traducción que se han ido acumulando (Babel, traición, proxenetismo, delincuencia…). A comienzo de este milenio la situación no ha mejorado. A pesar de su acceso al catálogo de las enseñanzas superiores, la traducción sigue estando en el punto de mira, por las razones de siempre y por otras nuevas. La más obvia de estas es la irrupción de las máquinas, que parecen capaces de responder al traslado entre lenguas con mayor eficiencia, fiabilidad y sumisión que los artífices humanos. Pero hay otras dos, entrelazadas y de orden más filosófico o antropológico, que han venido a sumarse a la sombra de la traducción automática. Son dos dudas profundas y muy extendidas en las sociedades occidentales contemporáneas: una, que existan verdades objetivas, y otra, que sea posible la comunicación entre grandes grupos humanos (culturas, civilizaciones, etc.).
A este entramado de conflictos tratan de responder estos apuntes, realizados desde fuera no solo del discurso académico sino de toda pretensión de elaborar un discurso, cuando la tarea de traducir o reflexionar sobre el traducir me ha ido dejando momentos libres para anotar algún vislumbre (¿o espejismo?) que acaso merecía salvarse del olvido, por si acaso.