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En pocas palabras
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Edición (2 de 63)

«Pero eso no se lo traduzcas», me dijo la médica.

El traducir tuvo un doble origen: pasatiempo de príncipes y tarea de esclavos.

El amor no está a un paso del odio, sino del miedo. Por eso todas las buenas traducciones tienen algo de terrible: han nacido de la angustia.

Casi nada es ambiguo. Nada más lo parece.

La realidad incontrovertible de las palabras.

¿De dónde han salido y qué pretenden quienes quieren convencernos de que el intento de traducir fielmente es inútil? ¿Es ya ingenuo buscar la verdad?

Modalidades de traducción con gran alcance nos son desconocidas. Cuanto más cerca está la traducción de la vida y la muerte (hospitales, cárceles, negociaciones entre poderosos, manipulación de documentos) menos se habla de ella.

Todas las ciencias humanas son traducciones. Todas las naturales, diccionarios.

Con la intención de ver las cosas desde la perspectiva de otro.

Tratar de traducciones no debería consistir en desarrollar la idea: «¡qué tontos son los demás!».

El tormento de decidir.

En traducción lo que no es lingüística es ética.

«Madame Bovary soy yo», dijo Gustave Flaubert. Gustave Flaubert es Carmen Martín Gaite, traductora suya.

Hay expertos en traducción que, cuando citan los libros que han leído, olvidan mencionar al traductor. Quintacolumnistas.

Traducir de un idioma por primera vez. Sin diccionarios. Sin experiencias de otros traductores. Sin memoria.

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