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Traducción, academias y terminología

Valentín García Yebra. Real Academia Española

Supongo que todos los oyentes tienen ideas claras sobre la actividad de los traductores. Yo sigo entendiendo por traducción lo mismo que entendía en 1982, al aceptar en mi Teoría y práctica de la traducción la definición de Taber y Nida en la página 11 de su libro La traduction: théorie et méthode (Londres, 1971): «La traduction consiste à reproduire dans la langue receptrice le message de la langue source au moyen de l’équivalent le plus proche et le plus naturel, d`abord en ce qui concerne le sens, ensuite en ce qui concerne le style». Como ahora son muchos más los conocedores del inglés que los del francés, traduzco: «La traducción consiste en reproducir en la lengua receptora el mensaje de la lengua fuente por medio del equivalente más próximo y más natural, primero en lo que se refiere al sentido, y luego en lo que atañe al estilo».

O esta otra, más concisa, pero igualmente válida, que puede verse en el Dictionnaire de Linguistique de Jean Dubois y otros, París, 1973: «Traduire c’est énoncer dans une autre langue (ou langue cible) ce qui a été énoncé dans une langue source, en conservant les équivalences sémantiques et stylistiques». ‘Traducir es enunciar en otra lengua (o lengua meta) lo que ha sido enunciado en una lengua fuente (o lengua original), conservando las equivalencias semánticas y estilísticas’.

Es esencial, según ambas definiciones, conservar en la traducción las equivalencias semánticas y estilísticas; es decir, la equivalencia del sentido y la del estilo.

Como todos ustedes saben, la actividad del traductor consta de dos fases: la fase de la comprensión del texto original, en que el traductor trata de captar o entender el contenido del texto que se dispone a traducir, y la fase de la expresión del mismo contenido en la lengua terminal.

La comprensión no es aún propiamente traducción. En esta primera fase, la actividad del traductor no se diferencia esencialmente de la actividad del lector que tiene como lengua propia la lengua del original. La comprensión es necesaria, imprescindible, para la traducción; pero no es aún traducción.

Como hemos visto en las definiciones citadas, la traducción «consiste en reproducir o enunciar en otra lengua el mensaje de la lengua original».

En pura teoría, la actividad de las Academias puede interesar a los traductores también en la fase de la comprensión del original. Por muy bien que un traductor conozca la lengua del texto que se dispone a traducir, tendrá que consultar más de una vez un buen diccionario de esta lengua. Y, en principio, se supone que el diccionario más autorizado de una lengua es el diccionario de su Academia. Ahora bien, hay lenguas tan importantes como el inglés o el alemán que no tienen Academia. Pero, en tales casos, suele haber diccionarios de gran prestigio, equivalentes a los producidos por las Academias en los países que las tienen. Así, para el inglés, el Websters Third New International Dictionary y, más recientemente, el monumental Oxford English Dictionary de 20 volúmenes; para el alemán, el Deutsches Universal Wörterbuch, de Duden.

De todos modos, es en la fase de la expresión, en el proceso de reconstrucción del texto en la lengua terminal, donde el diccionario y la gramática tienen mayor importancia. Porque el traductor tiene que acertar a elegir, entre las palabras de contenido o matiz semántico más o menos semejante, las más idóneas para reproducir los valores del original. Y, para no errar en esta elección, muchas veces tendrá que consultar un buen diccionario de su propia lengua. En esta consulta, los traductores de lengua española serán directa o indirectamente deudores de la Academia, porque todos los diccionarios de nuestra lengua, incluso los que en algún momento o en algún aspecto puedan ser mejores que el diccionario académico, son deudores de este diccionario. Toda la tradición lexicográfica española se basa, en efecto, más o menos directamente, en el primer diccionario de la Academia, el llamado Diccionario de Autoridades, que se publicó en seis volúmenes entre 1726 y 1730, y en las sucesivas ediciones del que, desde 1780, se conoce como Diccionario de la Real Academia Española, o, con el nombre reducido a siglas, el DRAE.

Aproximadamente lo mismo sucede con la gramática, cuyo conocimiento, mucho más abarcable que el del léxico, es también necesario para escribir, ya como autor original, ya como traductor; quizá más necesario aún para el traductor que para el autor original, pues a este se le toleran o perdonan más fácilmente las infracciones o desviaciones de la norma, que incluso pueden ser consideradas, a veces, como genialidades. Y también la gramática pertenece, más o menos directamente, a los dominios de la Academia.

Lo dicho hasta ahora se refiere a la Academia por antonomasia, a la denominada oficialmente Real Academia Española, conocida también, aunque no sea este su nombre oficial, como «Academia de la Lengua» o «Academia de la Lengua Española».

Pero hay en nuestro país, además de la Real Academia Española, otras siete Academias que integran, junto con ella, el Instituto de España. Son la Real Academia de la Historia, la de Bellas Artes de San Fernando, la de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, la de Ciencias Morales y Políticas, la Nacional de Medicina, la de Jurisprudencia y Legislación, y la de Farmacia. Y todavía, diseminadas por España, treinta y dos Academias Asociadas al Instituto, ocho de las cuales son de Bellas Artes, y doce de Medicina, sin contar entre ellas tres de Veterinaria.

Tanto las ocho Academias Nacionales como las treinta y dos Asociadas al Instituto de España, y otras que actúan en ámbitos más limitados, tienen en la lengua su principal instrumento de trabajo. Deben, por consiguiente, no solo impedir que esa lengua se deteriore, sino cuidarla y enriquecerla, sobre todo en la parte de ella que les es peculiar, es decir, en el vocabulario que constituye su propia terminología.

Hoy es mucho más importante cuantitativamente la traducción científica y técnica que la traducción literaria. Y también en textos literarios pueden aparecer pasajes que requieran en el traductor conocimientos de una terminología determinada. Al final de la novela Mazurca para dos muertos, de Camilo José Cela, hay un pasaje sobre una muerte violenta que resulta oscuro y, al menos en parte, incomprensible, para quien desconozca la terminología de la Medicina legal.

La presencia de términos especializados, accidental en textos literarios, es necesariamente habitual en escritos científicos o técnicos. Nadie puede traducir una obra de Medicina, de Física, de Matemáticas, de Arquitectura, sin conocer la terminología correspondiente. Redactar y publicar diccionarios o vocabularios de su propia especialidad debiera ser una de las ocupaciones primordiales de las Academias. Prestarían con ello un gran servicio al público lector en general, y sobre todo a los traductores.

Merece grandes elogios la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales por haber llevado a cabo la publicación de su ya monumental Vocabulario científico y técnico, que en poco más de un decenio tuvo tres ediciones; la tercera, integrada por más de 1600 páginas de gran tamaño. De ellas, 1071 contienen la nomenclatura de los términos con sus definiciones, y las restantes, un vocabulario español-inglés y otro inglés-español, que incluyen todos los términos de las nomenclaturas. El español-inglés resulta especialmente útil para los muchos científicos que ahora quieren dar a conocer al mundo sus ideas o descubrimientos escribiendo artículos en la lengua de Shakespeare.

Ojalá se animen las demás Academias a emprender obras semejantes con relación a sus propias terminologías, aunque no alcancen el volumen ni la densidad de contenido del mencionado Vocabulario científico y técnico. Tales obras prestarían gran servicio a nuestra cultura en general, y en particular a los muchos traductores que, al intentar reproducir en español textos científicos o técnicos escritos en otras lenguas, ahora sobre todo en inglés, desconocen, y no encuentran en nuestros diccionarios, los términos equivalentes a los que aparecen en el original. Forjar esos términos en español, cuando no existen, sería un trabajo muy meritorio, pero nada fácil y que no está al alcance de cualquiera.

Mi colega en la Real Academia Española, don Antonio Colino, que es también académico de número de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, y preside la Comisión de Vocabulario Técnico en la Española, dice en un artículo titulado «Sobre el lenguaje científico y técnico», incluido en la Memoria del X Congreso de Academias de la Lengua Española (Madrid, 1997, págs. 157-161) que «los científicos decidieron, desde un principio, basarse en la gran cantera de voces latinas y griegas para, formando voces compuestas, crear verdaderos neologismos y bautizar así los nuevos conceptos, instrumentos, etcétera, que iban surgiendo a lo largo del desarrollo científico» (p. 158).

Es cierto. Pero, lamentablemente, esos neologismos científicos o técnicos muy pocas veces se formaron originalmente en España. Como los nuevos conceptos, instrumentos, etcétera, designados por ellos, esos neologismos surgieron, hasta hace algo más de medio siglo, sobre todo en Francia, Inglaterra, Alemania, y han surgido después principalmente en los Estados Unidos y en Inglaterra, y también, aunque en menor cuantía, en Francia y Alemania. Hasta la segunda guerra mundial, esos neologismos llegaban al español principalmente desde el francés, aunque a veces se hubiesen forjado antes en otra lengua. Ahora nos llegan sobre todo desde el inglés.

Yo trabajé, con muchas y largas intermitencias, durante ocho años, en un Diccionario de galicismos prosódicos y morfológicos, que se publicó en 1999.

Incluí en él términos, casi siempre científicos o técnicos, y en su gran mayoría de origen griego o latino, mal acentuados o mal formados porque no se han tomado directamente del griego ni del latín, sino del francés, que no sigue, para derivar palabras de las dos lenguas clásicas, las normas obligatorias en español para derivarlas correctamente. No incluí en mi diccionario los términos que ya el de la Academia reconoce como procedentes del francés, aunque su origen último sea latino o griego. Y tampoco traté de hacer un diccionario completo. Aun así, pasan de quinientos los galicismos prosódicos, y son más numerosos aún los morfológicos.

Llamo galicismo prosódico a la palabra que por influjo del francés ha cambiado la acentuación que por su origen le correspondía. Tenemos un ejemplo muy claro y muy interesante en el nombre de una flor bien conocida: crisantemo. Esta palabra es de origen griego: chrysánthemon, voz compuesta de chrysós, ‘oro’ y ánthemon,‘flor’; es decir, ‘flor de oro’, porque era primitivamente amarilla, aunque ahora las haya también de otros colores. En latín se llamó chrysanthemon, como en griego, y se acentuó como voz esdrújula, no porque así se acentuase en griego, sino porque la sílaba penúltima, que en griego tenía una épsilon, es decir, una e breve, también era breve en latín. En latín, todas las palabras de más de dos sílabas eran llanas o esdrújulas: llanas, si la penúltima sílaba era larga; esdrújulas, si dicha sílaba era breve. Así, hispanus, con a larga; pero hispanicus, con i breve.

El segundo volumen del primer diccionario de la Academia, el de Autoridades, impreso en 1729, conserva para crisantemo la acentuación etimológica, con tilde sobre la a de la sílaba antepenúltima (chrysántemo). Pero el primer volumen del diccionario de Terreros, publicado en 1786, cuando el influjo francés había alcanzado su mayor auge, acentúa ya crisantémo, con tilde sobre la e, para que no haya duda. Y no solo afrancesa la voz española, igualándola acentualmente con el francés chrysanthème, sino que pone tilde también sobre la e de la voz latina Crysanthémum (sic). La primera edición del DRAE, en 1780, omitió la palabra, que no reaparece en el diccionario académico hasta la edición de 1899, sin acento gráfico y, por tanto, como palabra llana. El francés chrysanthème figuraba en los diccionarios desde 1750, es decir, 21 años después de imprimirse el Diccionario de Autoridades, 36 antes de publicarse el volumen primero del diccionario de Terreros.

El galicismo morfológico se produce cuando una palabra cambia su forma o estructura etimológica por influjo del francés. Podrían aducirse muchos ejemplos de palabras de origen griego que en esta lengua terminaban en -os, y, cuando pasaron al latín, en -us, acusativo en -um, que, por consiguiente, deberían acabar en español en -o, pero acaban en -a porque no se tomaron directamente del griego ni del latín, sino del francés, y en esta lengua terminaban en -e, que, al pasar al español, se convirtió indebidamente en -a: aeda, autodidacta, corega, estratega, hermafrodita, rapsoda, y todas las acabadas en -iatra que designan a médicos especialistas, como foniatra, geriatra, pediatra, psiquiatra, derivadas de aoidós, autodídaktos, choregós, strategós, hermaphróditos, rhapsoidós, -iatrós, deberían ser en español aedo, auntodidacto, corego, estratego, hermafrodito, foniatro, geriatro, pediatro, podiatro, psiquiatro; terminan en -a porque se tomaron del francés aède, chorège, stratège, gériatre, pédiatre, psychiatre, hermaphrodite, rhapsode.

Añadiré todavía un nombre geográfico bien conocido: el de la isla de Chipre. En griego clásico era Kýpros, que pasó al latín como Cypros o Cyprus, con c inicial. En español tendría que haber dado Cipro, lo mismo que el griego Kýros, lat. Cyrus (con c inicial), dio Ciro. ¿Por qué, entonces, decimos en español Chipre? Porque en francés se dice, desde comienzos del siglo xiv, Chipre. Curiosamente, en 1797, don Joseph de Covarrubias, del Consejo de su Majestad, Fiscal Togado de las Chancillerías y Titular de la Policía de Madrid y su Rastro, terminaba la brevísima fe de erratas que puso al fin del larguísimo preámbulo (142 páginas) a su traducción de las Aventuras de Telémaco, de Fénelon, con esta advertencia: «En todas partes en que se halle la palabra Chipre, debe decir Cipre». Corregía así la consonante inicial, acomodándola al latín; pero no la e de la terminación, que en español debería ser -o, como en el italiano Cipro.

La Real Academia de la Historia, fundada en 1738, cincuenta y nueve años antes de publicarse en español las Aventuras de Telémaco, quizá podía haber intervenido (ahora ya no puede hacerlo) para corregir también la terminación del nombre de la célebre isla, antes de su implantación definitiva en nuestra lengua.

La Real Academia Española, por su parte, debería haber censurado el topónimo Chipre y sus derivados chipriote y chipriota desde sus primeras apariciones, haciendo ver que los derivados correctos del griego y del latín eran Cipro y ciprio.

Sería muy conveniente que todas las Academias, sin merma alguna de sus propias competencias, actuaran en lo lingüístico de acuerdo con la de la lengua, consultando con ella los casos dudosos en sus respectivas terminologías. Se evitaría así que esfuerzos muy meritorios, como el de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales en su monumental Vocabulario científico y técnico, se vieran un tanto malogrados por la aprobación de términos incorrectos en su estructura o en su acentuación. Veamos algunos ejemplos de ambos tipos de incorrecciones.

  • 1.º Los adjetivos cuyo último componente es -trofo, del gr. -trophós, con ómicron, es decir, con o breve en la penúltima sílaba, debieran ser esdrújulos en español, como lo son antítrofo y heterótrofo; pero en el VCT hallamos, sin hacer una búsqueda minuciosa: alotrofo, autotrofo, fototrofo, metatrofo, metazotrofo, metilotrofo y quimiotrofo.
  • 2.º Los adjetivos cuyo último componente es -crono, del gr. chrónos, también con o breve en la penúltima sílaba, debieran ser igualmente esdrújulos, como isócrono y ácrono; pero en el VCT hallamos isocrona de un eclipse y línea isocrona.
  • 3.º Los sustantivos cuyo último componente es -lisis, del gr. lýsis, tienen igualmente vocal breve en la penúltima sílaba; por consiguiente, debieran ser esdrújulos, como análisis o parálisis; pero en el VCT hallamos cariolisis, cetolisis, citolisis, cosmolisis, fotolisis, glicolisis, hemolisis, heterolisis y homolisis; aunque también, inconsecuentemente, catálisis, hidrólisis y pirólisis.
  • 4.º Los sustantivos cuyo segundo componente es -stasis, con alfa breve, también deberían ser esdrújulos, como catástasis y metástasis; pero en el VCT aparece hemostasis, aunque acentúa etimológicamente metástasis.

Podría seguir enumerando compuestos de acentuación antietimológica; así muchos de los terminados en -cito, como leucocito; en -fito, como saprofito; en -lito, como monolito; en -tipo, como logotipo. Todos ellos deberían ser esdrújulos, como en portugués e italiano, porque la i de la primera sílaba de todos esos componentes es breve; pero en español son graves o llanos por influjo de los términos franceses correspondientes, que, al convertir en e muda la o final del componente griego, acentúan como última sílaba pronunciada, y, por consiguiente, aguda, la sílaba anterior: leucocyte, saprophyte, monolythe, logotype.

Pondré fin a esta enumeración con dos términos sorprendentes, hallados también en el VCT. Se trata de dos anglicismos. Los anglicismos se apoderan ahora del lugar que antes ocupaban en nuestra lengua los galicismos.

Uno de los términos a que me refiero aparece con dos formas, que debieran acentuarse como palabras llanas o graves, pero se acentúan extrañamente como esdrújulas. Me refiero a lórica y lóriga. Proceden ambas del latín lorica, con i larga en la penúltima sílaba; por consiguiente, con acento tónico sobre esa sílaba. ¿Por qué se acentúan en la antepenúltima? Se me ocurren dos posibles motivos: o bien el famoso esdrujulismo de intención realzadora, tal como se manifiesta, por ejemplo, en parásito, rúbrica y púdico, que en latín eran parasītus, rubrīca y pudīcus (pero este fenómeno no parece probable en una palabra como loriga, ajena al lenguaje popular); o bien el influjo prosódico del inglés, que tiende a correr el acento hacia el comienzo de las palabras, como en ántimony, ‘antimonio’;  fámily, ‘familia’; líteralism, ‘literalismo’; cárdinal, ‘cardenal’. La palabra loriga se usó antes en español que en inglés. En esta lengua no se documenta hasta 1706, mientras que en español aparece ya un siglo antes, en el capítulo X de la primera parte del Quijote. No obstante, como término zoológico, que es como figuran lórica y lóriga en el VCT, se documenta la voz correspondiente en inglés, según el Oxford English Dictionary, entre 1856 y 1858, y del inglés sin duda pasó al español, como parece indicar la primera forma, lórica, castellanizada después como lóriga. Pero en inglés no se acentúa lórica, sino loráïca, con el acento de intensidad sobre la segunda sílaba y con la i diptongada en ai. Probablemente, el primero que castellanizó la palabra la tomó de un texto escrito, sin haber oído pronunciarla, y pensó que, siguiendo la tendencia inglesa, se acentuaría como esdrújula.

El otro término al que quiero referirme, formado por un sustantivo y un adjetivo, es larva veliger; en inglés, veliger larva. Es larva un sustantivo latino, recibido sin modificación tanto en inglés como en español. Lo extraño está en el adjetivo veliger, también latino. El VCT acentúa las palabras latinas, incluso cuando su acentuación coincide con la española; por ejemplo, mínimum separábile y mollúscum contagiósum; pero en el término larva veliger no pone ningún acento. Los ingleses no acentúan gráficamente las palabras latinas. Por eso tampoco le ponen acento gráfico a veliger, aunque lo pronuncian correctamente como voz esdrújula. Un lector español que no sepa latín (y son raros los que lo saben, sobre todo entre los científicos) puede acentuar cualquiera de las tres sílabas: véliger, velíger o veligér. Pero lo peor está en la forma de la palabra. Los adjetivos ingleses tienen una sola terminación, pues no distinguen los géneros. Los latinos pueden tener una para el masculino, otra para el femenino y otra para el neutro. El que aquí califica a larva tiene para el nominativo singular tres: veliger, veligera, veligerum. El español tiene que elegir de acuerdo con el género gramatical del sustantivo calificado. Como larva es femenino, tendría que decir: larva veligera. Larva veliger es burdo anglicismo, que demuestra poco conocimiento del inglés y menos aún del latín.

En el Vocabulario inglés-español se traduce veliger larva por larva véliger, acentuando la primera e de veliger, con lo que se acierta en el aspecto prosódico del adjetivo. Pero se yerra en su aspecto morfológico, pues larva es femenino, y veliger, masculino. Debería, pues, decirse larva velígera, no larva véliger.

Podrían citarse términos de disciplinas pertenecientes al campo de trabajo de otras Academias. Veamos uno de Arquitectura, que corresponde a la de Bellas Artes: archivolta.

Según el diccionario académico, archivolta viene del it. archivolto. De archivolta remite a arquivolta, y da como etimología de esta palabra el it. archivolta. Pero en italiano no existe archivolta, sino tan solo archivolto. De donde viene el esp. archivolta es del fr. archivolte, como indica el Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico de J. Corominas y J. A. Pascual, que documenta archivolta en 1772, y arquivolta, en 1887. El fr. archivolte, femenino, que fue antes masculino como el it. archivolto, lo documenta el Dictionnaire historique de la langue française de Alain Rey en 1694, 78 años antes que el esp. archivolta, 183 antes que arquivolta. El it. archivolto lo documenta el Dizionario Etimologico della Lingua Italiana de Zanichelli a principios del siglo xiv, unos 380 años antes de aparecer el fr. archivolte.

Y, por último, un término de la Medicina: impétigo. Es en español voz esdrújula. Pero en latín era llana: impetigo. ¿Por qué se acentúa en español la sílaba antepenúltima? Por la misma razón por la que los semicultos acentúan la primera, que es también la antepenúltima, de élite. Esta es, en realidad, una palabra francesa, que lleva acento gráfico agudo sobre la primera e para indicar su timbre cerrado, no abierto ni mudo. Pero los franceses ponen el acento tónico sobre la segunda sílaba, que es también la última pronunciada, y dicen elíte, no élite. Sucede lo mismo en impétigo, voz latina cuya penúltima sílaba era larga y, por consiguiente, se acentuaba impetígo.

No podemos seguir poniendo ejemplos de palabras españolas mal acentuadas o mal formadas por influjo del francés o del inglés. Basten las mencionadas para mostrar la conveniencia de que nuestras Academias, y no solo la Española, se preocupen de que las palabras que constituyen su peculiar terminología se formen y se acentúen de manera correcta.

Lamentablemente, hay que decir que tampoco la Real Academia Española ha prestado siempre la debida atención a la estructura y acentuación de los neologismos. En su Diccionario figuran cientos de galicismos prosódicos y morfológicos, que ponen de manifiesto la falta de atención o de interés de nuestros académicos por cumplir el primero de los tres preceptos del lema de su Corporación: «Limpia, fija y da esplendor». ¿Qué esplendor puede darse a nuestro léxico sin limpiarlo de acentuaciones o contrahechuras extranjerizantes?

Las dos lenguas románicas más próximas al español son el italiano y el portugués. Ambas, como la nuestra, han sufrido durante siglos el influjo del francés. El italiano, en su primera época, con más intensidad aún que el español. Pero ambas le han opuesto mayor resistencia que la nuestra. Podría aducir docenas de ejemplos. Bastaría confrontar en las tres lenguas términos científicos ya mencionados, que tienen como segundo componente -cito, -fito, -lito o -tipo. Muchos de ellos tienen en italiano, y más aún en portugués, la acentuación esdrújula etimológica: it. fagocìta o fagocìto, port. fagócito; it. briòfita, port. briófito; it. monòlito, port. monólito; it. protòtipo, port. protótipo.

Pondré un solo ejemplo de otra clase. Hay en las tres lenguas media docena de palabras formadas con un numeral antepuesto a la voz latina vir, acusativo virum ‘varón’. La i de esta palabra latina es breve, y, al quedar la sílaba vi como penúltima del compuesto, el acento tónico recaerá en la anterior: duunvirum, triunvirum, quatuorvirum, etcétera, formando palabras esdrújulas.

Esdrújulas son en portugués e italiano duùnviro, triùnviro, etc. Pero en español, por influjo del francés duumvir, triumvir, etcétera, decimos duunviro, triunvito, cuatorviro, decenviro, centunviro. Decimos, en cambio, séviro, como el italiano y el portugués; mas no por razón etimológica como ambas lenguas hermanas, sino también por influjo del francés; porque en francés la e de sévir lleva un acento agudo, no para indicar que debe llevar también el acento tónico, sino porque es una e cerrada, no abierta ni muda. Es el mismo fenómeno de élite, y también de imbécil, que hasta el siglo xviii se acentuó etimológicamente imbecil, como el latín imbecillis, el port. imbecil y el it. imbecille, e incluso el fr. imbécile; pero el español cambió su acentuación porque el francés lleva acento gráfico agudo sobre la sílaba bé.

Yo pienso que la Academia debiera intervenir antes de que el uso impusiera la forma o la acentuación incorrecta de las palabras. Hoy ya no podemos corregir el galicismo morfológico solidaridad, calco del fr. solidarité; lo etimológico sería solidariedad, derivado de solidario, como de contrario se deriva contrariedad o de vario variedad, no contraridad ni varidad. Pero solidaridad lleva ya en el diccionario de la Academia más de un siglo.

Recuerdo, en cambio, cómo hace algo más de medio siglo, comenzó a circular el galicismo exilado. Algunos lo combatimos, y se logró que desapareciera casi por completo, sustituido por la forma etimológica exiliado. Lamentablemente, en la última edición del DRAE (2001) se introdujeron, no sabemos cómo, exilado y exilar. Esperemos que, en la próxima edición, desaparezcan definitivamente.

La Academia sería, corporativamente, mucho más eficaz que las personas aisladas. Pero también las personas aisladas pueden contribuir a limpiar nuestra lengua. Lamentablemente, todos podemos contribuir también a ensuciarla. Los malos traductores han sido, con frecuencia, introductores de galicismos, y ahora de anglicismos, en español.

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