Rasha es una mujer vital, decidida, inteligente... y cantante.
Vive en España desde 1991, fecha en que abandonó su ciudad,
Ondurmán (Sudán). Los primeros años compaginó sus estudios de
Magisterio en la especialidad de música con los más diversos
trabajos... pero poco a poco se fue enredando de verdad en la
música. Ahora, con dos discos en solitario ya publicados y habiendo
recibido el Premio Villa de Madrid 2001 de Música Popular por
su trabajo Let me be, recuerda con cariño la época en
que fue cerrajera.
En esta entrevista nos cuenta cómo le resultó el primer contacto
con el español y con España. Nos habla también de Sudán, su
tierra, a la que retrata a través de sus canciones.
En la entrevista, Rasha contesta a las preguntas que aparecen en cada uno de los recuadros. Si quieres conocer sus respuestas pincha sobre ellos.
—Rasha, antes de venir, ¿qué sabías de España?
—Apenas nada; tenía a mi hermano viviendo aquí, conocía la música de Julio Iglesias, no por mi hermano claro, no es su tipo de música... Conocía la música de Isabel Pantoja y otras cosas latinas en general. Del idioma nada de nada. Luego tenía algunas fantasías que me hacía yo misma con fotos, historias... pero cuando llegué nada era como me lo imaginaba. En realidad, saber, no sabía nada.
—¿Cómo eran esas fantasías?, ¿cómo te imaginabas España?
—Pues... con muchos espacios abiertos en las ciudades, muchas imágenes que podrían recordar a la época árabe quizás. También tenía la fantasía del andaluz y todo lo que era aquello. Por otro lado, estaba influenciada quizá por lo que nosotros estudiamos sobre la historia del mundo árabe y entre todo te montas un mundo que en verdad no existe en España.
—¿Qué cosas te llamaron la atención de España cuando llegaste?
—Curiosamente a mí no me sorprendieron muchas cosas porque estaba todo el tiempo muy ocupada en ver cómo se comportaba la gente. Enseguida me di cuenta de que me había acostumbrado al lugar físicamente sin hacer ningún esfuerzo. Me fijaba en la gente: cómo se comportaba, cómo se vestía, cómo estaban en la calle... y tampoco me encontraba con cosas demasiado sorprendentes en ese sentido. Vi cierta libertad en la calle a la que no estaba acostumbrada... Me sorprendió agradablemente la libertad de la gente también en sus casas. Salvo eso, yo creo que los seres humanos nos parecemos de tal manera que no lo queremos reconocer.
—¿Qué cosas, horarios, comidas, maneras de divertirse, te parecieron diferentes?
—Sí, claro, los horarios y las comidas eran diferentes, pero esas cosas no me parecieron importantes... Por ejemplo, aunque la comida española se hace de diferente manera, los ingredientes y los platos guisados son muy parecidos a la comida árabe salvo en las especias y otro tipo de toques... El cerdo es lo único que allí no había. Eso y que en Sudán se comen varios platos en una comida pero todos a la vez y se come en una bandeja redonda muy grande donde se ponen todos los platos, se come con la mano, bueno con los dedos más bien... y entonces te lavas las manos y tal, y a comer de todos los platos.
—¿Y alguna costumbre o fiesta española te llamó la atención especialmente?
—A mí me llaman la atención todas las fiestas, sobre todo las de origen religioso. Las formas y las tradiciones que se utilizan en esas fiestas son mucho más antiguas que la religión católica. A mí me admira de los pueblos esa adaptación que se hace entre la religión y la cultura del lugar... me parece puro folclore.
—¿Qué te parecimos los españoles?
—No quiero decir tópicos, decir que los españoles sois de corazón caliente y este tipo de cosas, porque eso no dice nada realmente, pero... yo creo que la costumbre del español de convivir durante toda la historia con muchos pueblos diferentes que han pasado por aquí es lo que le hace a un español diferente ¿no? Y esto se nota y es lo que me recuerda a mí a los árabes.
—Rasha, ¿eres árabe?
—Esa pregunta que te parece a ti tan simple no lo es tanto. Sabes que Sudán es una mezcla de la cultura árabe y de la cultura africana y de hecho es uno de los grandes problemas ahora, porque la cultura árabe se está imponiendo demasiado y hay una guerra entre el norte y el sur que es la más antigua de las guerras. Precisamente una de las razones principales de esta guerra es que la gente del norte está mezclada con árabes y la gente del sur no... Yo no soy ni árabe ni africana ni nada, yo soy... una persona.
—¿Crees que los españoles entendemos vuestra cultura?
—Depende de lo que quieras decir con entender. Hay de todo... conocer, conocer y saber datos geográficos y datos políticos y conocer lo que está ocurriendo... muy poca gente lo sabe, porque la mayoría incluso no sabe dónde queda Sudán en el mapa. Pero luego cuentan las intenciones y los esfuerzos. Yo veo eso en los españoles ahora mismo, en un tipo de españoles...
—Si a un español le hablas de Sudán, ¿ellos qué identifican?, ¿un producto gastronómico, una religión?
—No... la mayoría de la gente sabe algo del Nilo. Solo relacionan Sudán con el país más grande de África o con una clase de geografía de cuando eran pequeños, cosas así...
—¿Cómo definirías tu país?
—Mi país es una perfecta mezcla entre estas dos culturas, la árabe y la africana. Un sudanés es siempre de Sudán donde esté, no es fácil confundirlo con el resto de los africanos o el resto de los árabes. Ni físicamente ni a nivel de actitudes. El sudanés es, en general, una persona muy tranquila en sus cosas, en su mundo... Es una persona muy discreta, diría yo. El sudanés medio te puedo decir que es una persona culta, generosa, demasiado tímida. Todo esto que te estoy contando puede ser bueno o malo según la persona o las situaciones.
—¿Qué similitudes y diferencias encuentras entre la cultura española y la cultura sudanesa?
—Pues no sé qué decirte, en realidad algunas veces, hablando con una amiga mía, con Marga, hemos llegado a la conclusión de que socialmente Sudán se parece a la España de hace 30 años.
—¿Y alguna diferencia?
—Las estrellas.
—¿Qué tienen de diferente las estrellas de Sudán?
—Lo único diferente que tienen es que se ven muchísimo. En Sudán tenía la costumbre de mirar al cielo antes de dormir. No lo digo por romanticismo ni mucho menos, sino que así ha sido en mi vida durante 20 años. Y eso cuando te falta, lo notas. El primer año de estar en España esto era una obsesión para mí y llegué a colocar estrellitas en el techo de mi habitación. También es diferente el concepto de familia... En Sudán incluye a todo el mundo, no solo a tus padres y hermanos.
—Otros entrevistados nos han comentado que aquí es más frío, más reducido...
—No, yo no digo frío, es diferente simplemente. Ese tipo de juicios a mí no me gustan y corresponde al momento social que se está viviendo. Quién sabe dónde vamos a acabar nosotros los sudaneses.
—¿Hay algún objeto o producto de tu país que hayas intentado comprar en España y que aquí sea imposible?
—Hay muchas cosas. Por ejemplo, hay una especie de comino negro que no encuentro. Se usa para un tipo de queso, un queso prensado del que no he visto, ni he oído hablar en ninguna parte del mundo, ni en Grecia tampoco. También las formas de elaborar las cosas. Hay un tipo de pescado como las sardinas, que se cocina con sal y luego sirve para hacer una salsa que se llama ecija. Allí se usa mucho una verdura que se llama ocra, que es de color ocre, alargada, parecida a la judía. Se seca, se hace polvo y luego ese polvo lo echas en un caldo, en una salsa y le da un toque muy gelatinoso a la comida pero está riquísima.
—¿E instrumentos musicales?
—Probablemente lo más común ahí en Sudán es un tipo de lira que se llama la baba, en algunas zonas es de tres cuerdas, en otras zonas es de cuatro cuerdas. Luego hay una tradición en el sur y el suroeste de Sudán que se llama el guadá. El guadá es un grupo de gente que está tocando instrumentos de viento enormes, hechos con plantas de árboles, y los instrumentos son de varios tamaños y varios sonidos. Siempre se toca en grupo porque cada uno hace una nota.
—A tu llegada a España, ¿qué problemas encontraste?
—El idioma fue un trauma al principio, lo digo con exageración, porque mi idioma es el árabe y hablaba inglés, pero claro, no podía tomar el español por ninguno de esos dos lados. Al principio era como estar entendiendo el mundo a través de otra visión, porque el idioma, la forma de construir las frases, tiene que ver con la forma de pensar... y claro, no me entraba, no me entraba...
—Para aprender español, ¿fuiste a clase?
—Sí, claro; fui a un curso de tres meses, en una escuela oficial de los Padres Blancos y luego estudié otro curso en la Escuela Oficial de Idiomas y mi intención era seguir, de hecho quería estudiar Filología, pero lo dejé porque me gustaba más la música.
—¿Cuánto tiempo necesitaste para poderte manejar en español?
—Enseguida, después del primer curso ya podía. Hice el segundo curso porque quería hablar correctamente.
—¿Qué te resultó más fácil del español?
—La lectura y la escritura. Se lee tal como está escrito y al revés.
—¿Y lo más difícil?
—Ya cuando avanzas un poquito más en la gramática, pero es que ahora ni me acuerdo de los términos gramaticales para decírtelo. Yo ya no me concentro tanto, yo hablo simplemente, es que yo sueño en español ahora. El día que lo descubrí me creí morir, de verdad.
—¿Cuánto tiempo pasó hasta que soñaste en español?
—Pues yo creo que dos años o dos años y medio.
—¿Cómo te sentiste con el sueño?
—Me sentí rarísima porque además el sueño tenía lugar en Sudán y en él estaba mi madre hablándome en español. Yo me desperté y me acordé del sueño y de repente me fijé en ese detalle, y pensé: «¡Pero si es que mi madre no habla español, por Dios!».
—¿Recuerdas alguna anécdota porque confundieras alguna palabra?
—Sí, una vez yo salía del ascensor y me encontré con un vecino, creo que llevaba un mes nada más, sabía decir «hola, buenas tardes, buenos días». Ese vecino me dijo: «¿Qué pasa?» Y yo le dije: «Nada, no pasa nada». Me dijo «qué pasa» como saludo y yo no lo entendí.
—¿Te has visto en alguna situación embarazosa por no conocer un aspecto sociocultural?
—La situación más embarazosa para mí fue en una boda. Antes ya había entrado en alguna iglesia pero no en el momento en el que se celebraba una boda y era un lío porque tenía que estar mirando todo el rato lo que hacía la gente para hacer lo mismo y... poco más.
También en España es importante saber lo de «quién da la vez», «quién es la última», si no lo sabes la gente te mira mal, como si te fueras a colar...
—¿Qué te parece el español?
—A mí me parece una lengua muy rica. No hablo ya del sonido del español, para mí como músico, concretamente como músico, no consigo cantar en español, no me suena. Pero luego como idioma, para expresarse, para usarlo, creo que es un idioma muy rico, muy rico.
—¿En qué lengua cantas?
—Yo canto en sudanés básicamente, canto también en inglés un poco. En el último disco he cantado un tema en castellano.
—En general, ¿fue fácil o difícil al principio estar aquí en España?
—Fácil no ha sido la verdad, pero yo tampoco diría que difícil —en un sentido tan dramático como se puede imaginar alguna gente—. Sí, ha habido de todo un poco, pero yo creo que lo más difícil es el mismo proceso de adaptación de cada uno, independientemente de que las leyes sean fáciles o no, la gente te acoja o no, eso te complica más las cosas, pero ya son complicadas de hecho.
En mi caso, la verdad es que desde el punto de vista social fue lo más fácil y no sé por qué. Una amiga mía, Marga, tiene una teoría al respecto. Dice que el español crea su propio reino y donde él está, ese es su reino, da igual lo grande o pequeño que ese reino sea. Yo de verdad que me creo eso [...] Con esa regla también a lo mejor existe un nivel más alto de tolerancia, por eso mismo, porque si no quieres que te moleste nadie, tú no molestas a nadie, ¿no?
Yo me he encontrado con gente racista en España, pero es que son excepciones. Esta es mi experiencia y lo digo y siempre lo he dicho. En general la gente es muy abierta y muy receptiva y yo creo que gran parte del tema del racismo que hay en España viene de la poca costumbre que tiene la gente de tener a gente diferente al lado. Es que la inmigración en España... ¿cuándo ha empezado? Puedes decir que hace diez años como mucho.
—¿En este sentido, has notado cambios en la actitud de la gente en los diez años que llevas aquí?
—Sí, total. Yo, incluso, diría que ha habido una ida y vuelta. Al principio había un sentimiento de curiosidad en todo el mundo, sobre todo porque eras exótico. Luego ha habido una sensación de que todo es más normal, ya hay mucha más gente como tú y está el país lleno, y empieza a salir el tema del racismo, grupos racistas y grupos contra el racismo, y movidas de ese tipo, ¿no?
—¿Sentiste en algún momento que la situación emocional que experimentabas al llegar a España podía influir en cómo aprendías español?
—Eso ya es psicológico. Al principio tienes un período de depresión que no te lo quita nadie, me gustaría que se hiciera un estudio al respecto. Creo que el emigrante se puede volver loco en un momento dado de su estancia individual. Y la depresión es una cosa muy dura de llevar y yo entiendo que te puede pasar. Pero hablando de otro aspecto de la historia, en cuanto a si España facilita o no que la gente aprenda, yo creo que sí. No digo España como país, pero si estás en España, sí puedes aprender español y eso lo quiero decir a toda la gente también para animar. No hace falta que vayas a un sitio donde tienes que pagar y donde tengas que tener el permiso de residencia. Hay muchas asociaciones que ayudan a los emigrantes en esos primeros contactos.
—Rasha, ¿te sientes integrada en España?
—Yo sí, a ver si se sienten los españoles integrados conmigo (risas).