La historia de María Gonzalves es la historia de muchos jóvenes del interior del estado de Bahía, en Brasil. Su padre es carpintero y albañil, y su madre labradora y ama de casa. Ella nació en un pequeño poblado en el límite del sertón (región semiárida del interior del nordeste de Brasil) y creció en otro poblado muy similar al primero. Un poblado que la propia María recuerda: «De Bananal nos mudamos para Fazenda Nova, un pueblo pequeño, en el que casi todos somos familia. Fue fundado por mi bisabuelo, que llegó del sertón de Bahía cuando allí todavía no vivía nadie. Él buscaba tierra para trabajar y se instaló allí. La primera casa que se construyó en Fazenda Nova es la que hoy en día ocupan mis tías. Es un pueblo de más o menos 75 habitantes. La gente vive del trabajo del campo, en teoría, pero eso no da para mucho. Se planta mandioca, maíz y judías, maracuyina y tomates. También hay personas que son empleados del ayuntamiento, unas diez. Y luego, todos los años, durante la época de la recogida del café, entre mayo y septiembre, llegan camiones que van a buscar gente para trabajar».
«En Fazenda Nova no hay ningún lujo. Ni luz ni agua corriente había hasta hace bien poco». En la escuela, solo se podía estudiar hasta cuarto de primaria. Aunque Lagedo de Tabocal, una población mayor que ahora es cabeza de municipio, estaba relativamente cerca, no existía ningún tipo de transporte público o escolar, por lo que María, pese a ser una chica inquieta y con ganas de descubrir el mundo a través de los libros, pasó muchos años asistiendo a las mismas clases de cuarto, e incluso dejó de ir a la escuela. La situación mejoró algo cuando la comunidad, apoyada por un sacerdote español, se organizó para reivindicar un transporte para los escolares. El ayuntamiento cedió y María pudo continuar con sus estudios hasta terminar la escuela primaria. Después no pudo seguir porque su familia carecía de recursos para enviarla a una escuela de secundaria. No obstante, ella siguió vinculada a la escuela de su pueblo y participó como profesora en programas de alfabetización de adultos.
Su vida transcurría sin muchas cosas que hacer y con pocas posibilidades y perspectivas, como ocurre en muchos poblados del sertón, en los que se practica una economía de subsistencia y en donde no hay ningún tipo de servicio ni de posibilidad de ocio. Pero un día María conoció a Fernando, un misionero laico español que colaboraba en un proyecto de apoyo a la infancia desfavorecida en la parroquia de la vecina ciudad de Maracás. La vida se aceleró entonces. Comenzaron a salir en junio de 1997. Seis meses después, ya estaban preparando la boda. María visitó España en junio de 1998 para conocer a la familia y la tierra de Fernando. Se casaron a finales de ese verano (que en Brasil era finales de invierno) y se fueron a vivir a Maracás. En enero de 2000 llegaron a España. Al principio se acomodaron en casa de la madre de Fernando. Pasados unos meses pudieron independizarse. Ella comenzó a estudiar peluquería en una escuela para adultos y a cuidar de un niño. Él ya había reemprendido su labor de terapeuta de toxicómanos.
Casi año y medio después de su llegada a España, María comenzó a sentirse a gusto, aunque no puede evitar la saudade, especialmente en fechas tan señaladas como las de São João, que para un nordestino constituye la mayor fiesta del año. «Para nosotros, son días muy parecidos a la Navidad de ustedes, porque allí es invierno y es cuando la gente que está fuera vuelve a casa a visitar a la familia, y además todas las escuelas y parroquias preparan bailes de cuadrillas de forró, que es un baile típico del nordeste y hay verbenas en la calle que duran toda la noche».