Domingo Sánchez-Mesa Martínez
A veces los comprendo. La televisión ofrece de nosotros la imagen de un país que no es más que una flota incesante de pateras y una juventud desesperada que prefiere morir en alta mar a regresar a su país.
(Rachid Nini, Diario de un ilegal)
España es un país del Sur que se atrinchera contra el Sur.
(Juan Goytisolo y Sami Naïr, El peaje de la vida)
La vida humana transita entre el Apego y la Pérdida, la de los emigrantes y los náufragos son experiencias extremas en esa frontera.
(Manuel Rivas, La mano del emigrante)
La enseñanza del español a alumnos inmigrantes es una de las actividades docentes que fundamenta en los distintos niveles educativos (primaria, secundaria, educación de adultos) las posibilidades de éxito de la integración o articulación de las diferencias culturales que, de forma natural, trae consigo el fenómeno de la inmigración en los ámbitos escolares y académicos, y, más allá, en los distintos espacios de interacción social y profesional en nuestro país. La orientación metodológica de la enseñanza de una segunda, tercera o, ¿quién sabe?, tal vez cuarta lengua, a través de contenidos culturales ha venido demostrando sus frutos en los últimos años al tiempo que hay un consenso cada vez más generalizado sobre la necesidad de coordinar cada vez más y mejor el aula de lengua española con las de las otras materias fundamentales del currículo escolar1. Estas observaciones, que traigo aquí en calidad de modesto testigo de los esperanzadores desarrollos que están teniendo lugar en las aplicaciones prácticas de las últimas propuestas metodológicas en ELE, están relacionadas también con los esfuerzos profesionales e institucionales por dotar de planes curriculares específicos a los centros educativos con importantes porcentajes de alumnado inmigrante, de materiales didácticos, así como de recursos o plataformas de formación tanto para profesores como para cualquier otro tipo de mediadores culturales en los nuevos escenarios comunicativos generados por el aumento muy significativo de población extranjera en España.
En este contexto, nuestra aportación, tanto a la reflexión teórica y crítica, como a la práctica docente de la lengua española y las materias más específicamente culturales vinculadas a aquella (literatura, historia, sociedad, artes visuales), se produce desde el espacio disciplinar de la teoría literaria y la literatura comparada2. Esta última disciplina surge a principios del siglo xix asociada a momentos de fuerte intensificación de las relaciones culturales y políticas a nivel internacional y, no lo olvidemos, de fuertes movimientos migratorios como consecuencia sobre todo de las guerras napoleónicas. Según la definición clásica de Claudio Guillén, se trata del «conocimiento sistemático y el estudio crítico e histórico de la literatura en general, a lo largo y ancho de un espacio literario mundial» (2005: 11). Dentro de la literatura comparada hay, a su vez, una parcela de estudio denominada Imagología, entendida como el estudio de la representación de las imágenes de la alteridad, o de los otros, con especial atención al carácter ideológico y político que comportan estas imágenes3. Así pues, nuestro territorio de trabajo es una encrucijada entre la mirada propia de las Humanidades (estudios literarios), de las Ciencias Sociales, como la misma geografía humana, y también de los estudios visuales y fílmicos, pues en estos momentos considero que la perspectiva intermedia es igualmente necesaria para comprender el marchamo de las representaciones literarias de estos sujetos y experiencias relacionadas con la inmigración4. El cine sustituyó ya hace tiempo a la literatura como el más potente de los medios culturales de representación y creación de modelos identitarios, estereotipos y también de contramodelos o revisiones críticas de aquellos, por supuesto. No obstante, el tradicional recurso a los textos literarios dentro de la misma industria del cine, y las raíces inequívocamente literarias de buena parte de las imágenes que son reconstruidas, subvertidas o normalizadas en la gran pantalla, siguen hablándonos de la necesidad de revisar, críticamente, las operaciones discursivas que han cristalizado en los textos literarios en torno a la inmigración y los sujetos inmigrantes.
En suma, en el tipo de trabajo como el que aquí se presenta, no solamente se pretende ofrecer materiales o ideas que puedan ser puestas en práctica en las aulas de español de intensa interculturalidad, sino provocar el planteamiento de una reflexión —espero que rigurosa— sobre la complejidad que entraña el análisis de las imágenes de la inmigración, de los sujetos inmigrantes, en este caso en la literatura reciente en español5.
Hablar de inmigración y de literatura o de cine, o de la inmigración en relación con cualquier otro campo de creación artística, supone hacerlo sobre un tema que concita muchas, y a menudo urgentes, sensibilidades. Si bien nuestro objetivo no se restringe a un estudio sociológico sobre «la literatura de inmigración» (y luego veremos si este sintagma tiene algún sentido), lo esperable sería comenzar contextualizando el fenómeno migratorio, aportando datos sobre la situación actual, el vertiginoso desarrollo de los procesos migratorios hacia nuestro país y las transformaciones socioculturales y económicas que están operando en tan poco espacio de tiempo. Sabemos, eso sí, que la inmigración es algo más que cifras en tablas comparativas, y ahí están precisamente los discursos artísticos para tratar de singularizar esas experiencias a través tanto de personajes «de carne y hueso» como de relatos verosímiles de esa aventura, a menudo tan dura, que es la emigración / inmigración. Me limitaré aquí, sin embargo, a dejar constancia de que hablamos desde la privilegiada tribuna del bienestar de este extremo occidental, desde esta frontera, la antigua Al-Ándalus, entre «la tierra de promisión» en que se ha convertido Europa para cientos de miles de ciudadanos del sur, y varios continentes y subcontinentes que, lastrados por un complejo de contradicciones y deudas contraídas a lo largo de siglos de dominación, colonización y explotación sistemática, pugnan ahora no solo por el derecho a un futuro mejor, sino, en muchas ocasiones, por la simple supervivencia. Reconocemos, por tanto, que todas nuestras observaciones serán hechas desde la seguridad y el confort del escenario del «paraíso» de esta historia, un poco al modo del dilema moral planteado en un seminario de filosofía por la célebre parábola del náufrago: «¿cortaríamos la mano del compañero de balsa-patera que puede hacerla zozobrar en la desesperación del oleaje?» (Enzensberger 2002, 28).
Como señaló no hace mucho el director del Institut de Estudis Catalans y Premio Nacional de Sociología y Ciencia Política 2006, Salvador Giner, España es un país que en un lapso de tiempo muy corto ha pasado de ser una sociedad semirural, atrasada y emisora de emigrantes, a ser la octava potencia económica mundial y un modelo de transición y desarrollo democrático. Sin embargo, esa transición (que en España se ha producido en unos 30 años, mientras que en el norte de Europa tardó 120) no ha llevado aparejado un cambio correlativo de tipo «étnico-cultural»6. En este contexto, las identidades colectivas del estado español, incluida la española, se han radicalizado en los últimos años, en buena medida como consecuencia de un fenómeno de compresión que los estados nación están sufriendo a medida que el proceso de globalización se afianza y resulta más aparentemente ineluctable.
Hay, por otro lado, una crisis muy fuerte en el sistema educativo español, de la que forman parte las nuevas necesidades generadas por la escolarización de los alumnos inmigrantes (8,4% del total de alumnos matriculados en las enseñanzas del régimen general educativo) y el desequilibrio proporcional de su presencia en los centros públicos (10,2% de los 591.000 alumnos extranjeros en el curso 2006-2007) respecto de los centros concertados o privados (el 4,6%). Las preguntas están en el aire: ¿cómo asegurar, si no es con los recursos suficientes y la planificación adecuada, que las proporciones de alumnos nativos e inmigrantes en los centros educativos sea la adecuada para que se produzca una efectiva integración? y mirando un poco más allá, ¿cómo vamos a educar eficazmente para la ciudadanía y el civismo intercultural e interracial en un contexto de creciente grado de violencia (a todos los niveles) juvenil y con tal nivel de desorientación en las familias? No hace falta dejarse llevar por el catastrofismo para percatarse de que hay una crisis de valores muy acusada. Toda una generación de adolescentes y jóvenes que se han criado solos; tenemos un sistema de enseñanza secundaria bastante abandonado por la clase política y una falta de criterios y planificaciones generales de integración educativa que saltan a los medios una y otra vez, como por ejemplo, en el caso, que no podía tardar en producirse, del uso del velo o hiyab en la escuela pública. Según el informe del Colectivo Ioé (Intervención Sociológica) «Ciudadanos o intrusos. La opinión pública española ante los inmigrantes» (Ioé 2005), los discursos sobre lo extranjero son variados, inestables y asimétricos, en función de la posición social o grado de instrucción de los sujetos. Así, mientras que la posición que se ha constituido como políticamente correcta e incorporado al discurso institucional es la de permitir la entrada solo de aquellos inmigrantes que tengan contrato de trabajo —propuesta a todas luces inviable— la opinión pública, además de la experiencia directa, se alimenta sobre todo a partir el discurso que proyectan los medios de comunicación. Al igual que sucede con el machismo, un problema social como el racismo o la xenofobia sigue siendo percibido entre un alto porcentaje de la población como un problema no propio sino que afecta a «otros».
Los autores del mencionado informe, tomando como ejemplo los sucesos de El Ejido en 2000, constatan la generación de dos discursos hacia los nativos, uno exculpatorio y otro inculpatorio: «Aparecen así dos versiones de la solidaridad social: la que lo hace a través del sentimiento del miedo, que exonera al habitante autóctono de responsabilidad y lo constituye bajo la figura del héroe victimado; y la que lo hace a través del sentimiento del odio, que culpabiliza al autóctono y victimiza al recién llegado. Ambos elementos, el miedo y el odio, constituyen una tensa relación de implicación entre la solidaridad social que alimentan la clasificación social sobre la que se basan». Nos encontramos, por tanto, así, ante la estructura simbólica binaria de la solidaridad, siendo en ambos discursos imposible la representación de lo positivo si no se hace mediante la representación de lo amenazante.
Si consideramos los sondeos de opinión por un momento, comprobaremos que en el barómetro de opinión del CIS de julio de 2007, la inmigración ocupaba el cuarto lugar entre las preocupaciones de los españoles, (11,6%) detrás del paro (14,1%) y la vivienda (14,4%) y bastante lejos del terrorismo (23,4%). Siete meses antes, y tras la llegada masiva de inmigrantes por mar a Canarias, ese verano, en diciembre de 2006 la inmigración preocupaba a un porcentaje mayor de los españoles (17,3%), ocupando el segundo lugar entre los problemas más urgentes, por debajo entonces (y durante la tregua de ETA) del paro (18,3%). Hace casi un año un 63% de la gente creía que el problema iría a peor.