Aurelio Ríos Rojas
En nuestras mentes ha persistido una imagen del Otro en mayor o menor grado que puede dificultar la comunicación intercultural. Es una realidad que en la sociedad actual la inmigración ha irrumpido en nuestro entorno físicamente y es obligado teorizar sobre la comunicación intercultural y la adquisición de esta competencia. Mientras el Otro se mantuvo en un mundo mítico (de cine) y comunicar con él no era algo cuestionable, su llegada a nuestra cotidianeidad ha hecho que esta comunicación tome vigencia. A lo largo de la visión histórica occidental, el denominador común para referirse al otro ha sido el término de «salvaje»; ya desde la Antigüedad se acuñaron dos términos que se contraponían entre la noción de civilización y la de cultura. Así, Grecia llamó a aquellos que no compartían su concepción del mundo «bárbaros». Por su parte, Roma acuñó la dualidad selvaticus (habitante de los bosques que estaba privado del acceso al «refinamiento y la cultura, a la civilización») vs. civitas. Ambos presentan una visión de la otredad respecto a la cultura propia como alteridad negativa. Durante la Edad Media la diversidad se forjó sobre la idea de religión; para el cristianismo el Otro es el no cristiano, el infiel o el pagano, un ser sin cultura. En el s. xv surgirá en Francia el concepto «primitivo» (que engendra un sentimiento de desprecio, aversión, rechazo), que se expandirá por Europa hasta llegar a ser la forma exclusiva de referirse al otro debido al interés etnográfico anglosajón y a los descubrimientos del s. xvi. Al mismo tiempo surge el concepto antagónico de «buen salvaje», que engendra un sentimiento paternalista en el que la diversidad desemboca en la imbecilidad, y el Otro originará en esta época fascinación por lo extraordinario, anormal, monstruoso, pero también por lo añorado (con connotaciones de exotismo, paraíso, sexualidad…). El Positivismo dividirá a la humanidad en razas jerarquizadas con la «blanca» a la cabeza y sus valores como medida de posición relativa hacia la alteridad; el imaginario dieciochesco otorgará al salvaje estereotipos como: desnudo, feo, sucio, inmoral, inferior, bestial, idólatra, desmesurado… es decir, una imagen monolítica del Otro sin tener en cuenta la cuestión de género, las diferencias culturales, los modelos de aprendizaje.
Será el s. xix el que acerque al salvaje a nuestra realidad pues uno de los elementos definitorios de la modernidad será la construcción cultural de la diferencia gracias a la antropología, pero el salvaje continuará homogeneizado (mentalidad pre-lógica, creencia en la magia, negados al cambio de costumbres, promiscuos). En cambio el «buen salvaje» adquirirá gran protagonismo en el Romanticismo como huída a la realidad occidental.
A partir de 1930 aparecen nuevos calificativos ante lo considerado «políticamente correcto» como pueblos sin escritura, sin historia. En la década de los 60 aparecerá con fuerza en Occidente el término «subdesarrollado» en el vocabulario de la Organizaciones Internacionales y Ciencias Sociales para calificar a las culturas y sus individuos considerados antes salvajes, pero será la globalización y el desarrollo de las comunicaciones los que nos acerquen a la realidad y permitan que se mantenga una relación personalizada con el Otro. «Inmigrante» se consolida como nuevo cuño y mantiene muchas de las acepciones anteriores (como se puede observar en productos musicales, bares de copas, restaurantes, publicidad… que usan al Otro como imagen de marketing) pero se le continúa calificando de «perezoso», despreciamos su economía, ridiculizamos su tecnología, valores, higiene… que continúa formando parte de nuestro discurso y sobre todo continuamos homogeneizándolos (Estrada Díaz, 1997: 11-77; Teasley, 2004: 231-256).
En lo que nos concierne, la realidad de la sociedad española, entre otras, nos obliga a ver al inmigrante como a una persona que por razones políticas, religiosas, sociales, económicas o de otra índole se ve obligada a desplazarse de su lugar de origen y enfrentarse a un nuevo universo cultural para el que no está programado.
Es fácil caer en la tentación de verlos como personas de escasos recursos personales e intelectuales, pero, quizás, deberíamos tener en cuenta que cuando hablamos de inmigrantes adultos, nos referimos, de una manera u otra, a personas cargadas de experiencia, configuradas por su lengua y cultura, portadoras de muchos conocimientos y saberes, hablantes de una o más lenguas, capaces de resolver cualquier conflicto siempre que tengan las claves del mundo… son personas a las que, por tanto, solo podemos definir con un conjunto de afirmaciones: gente que sabe, gente que hace, gente que siente, gente que resuelve, gente que piensa, gente que…, que… y que, además comunica en otra u otras lenguas. Y esto último es una clave fundamental: ya están formados como hablantes, tienen adquiridos todos los mecanismos conversacionales, el conocimiento de lo que es comunicar. Lo único, que lo hacen con códigos distintos a los nuestros.
(Miquel, 2003: 2)
En definitiva las personas inmigradas son personas portadoras de una experiencia, de unos conocimientos que están configurados por su lengua y su cultura.
Este polémico concepto se ha utilizado en muchos foros para identificar formas de entender las relaciones entre diversos grupos culturales y étnicos, subrayando la importancia de la comunicación, de las conexiones entre las diferentes culturas, y relacionándose con el mantenimiento de las múltiples identidades sociales, ya que cualquier cultura cuenta con elementos positivos que se pueden tener en consideración y son incorporables a otros bagajes culturales.
La interculturalidad plantea una mirada menos universal y etnocéntrica, una nueva perspectiva menos moral y más real donde poder ver a las culturas como fenómenos históricos y diversos más que como entidades compactas; no es suficiente vivir sino convivir y para ello es imprescindible aproximarse de otra forma a las otras culturas y visiones del mundo.
(Beltrán Antolín, 2003: 17-57)
Multiculturalidad e interculturalidad son vocablos ambiguos que suelen usarse como sinónimos. Una diferencia general entre ambos es que el multiculturalismo tiende a mantener las culturas separadas y aisladas, mientras que la interculturalidad pone su interés en la interrelación, el dinamismo, el cambio.
La Multiculturalidad como teoría se desarrolló en EE. UU. y Canadá en los 60 gracias a los movimientos de derechos civiles por parte de las minorías que cuestionaban las anteriores políticas «asimilacionistas». El multiculturalismo supone el reconocimiento de la diversidad cultural y se asocia a las crisis del Estado Nación. En la lengua se refleja en la preocupación por el uso de las palabras (lo políticamente correcto) para evitar prejuicios.
Las limitaciones del multiculturalismo han dado paso a un nuevo paradigma, la interculturalidad, que propugna la igualdad entre todos los grupos que construyen una cultura, una sociedad. El intercambio se reduce a una base de «igualdad de oportunidades». Intenta revalorizar el relativismo cultural y su objetivo es la comunicación, la comprensión de los otros sin que les impongan nuestros valores ni identificarnos con los suyos, es decir, tener en cuenta el contexto y no admitir un único juicio de valor. Interpretar el mundo es relativizar nuestro punto de vista y conocernos mejor a nosotros mismos. La sociedad tiene que abrirse para ser pluralista.
La interculturalidad en un contexto de enseñanza de idiomas debe contribuir a la efectividad comunicativa (de ahí la importancia de las premisas interculturales en la enseñanza del español como L2 o LE), al intercambio de experiencias, a la convivencia en una sociedad plural y a la inclusión de colectivos de inmigrantes en la nueva sociedad1.