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Didáctica del español como L2

Capítulo IV: La mediación intercultural: una nueva profesión para una sociedad diversa (1 de 2)

Genisa Prats San Román y Kira Bermúdez Anderson

1. Construyendo una competencia intercultural

Las investigaciones realizadas y la experiencia de años de trabajo conjunto en el ámbito de la inmigración y la interculturalidad con agentes sociales de servicios públicos y privados revelan el esfuerzo que algunos y algunas están haciendo por actualizar sus conocimientos y ponerse al día en perspectivas y propuestas metodológicas nuevas surgidas a nivel local y europeo. Es un proceso lento, pero hay que insistir en que los planes y programas requieren, cada vez más, agentes sociales formados en interculturalidad para que sus intervenciones con los colectivos culturalmente distintos —inmigrantes y también gitanos— sean realmente integradoras, contribuyan a una mejora de la convivencia social y sean, al mismo tiempo, viables política y económicamente.

Para una práctica profesional intercultural se requiere algo más que conocimientos teóricos sobre las culturas y las migraciones. Hace falta un trabajo a fondo sobre los procesos culturales, sociales, personales, a través de los cuales se construyen los etnocentrismos, prejuicios, estereotipos, preconcepciones, la imposición de valores y modelos de vida, pues estos marcan seriamente la intervención social y obstaculizan la relación con la población culturalmente diferente. ¿A qué se refiere, concretamente, esto que Margalit Cohen-Émerique1 denomina competencia intercultural? Se trata de desarrollar una capacidad de comunicación y comprensión intercultural, un enfoque que permite identificar, tomar plena conciencia y controlar los factores de fracaso o riesgo para una interacción intercultural y, por lo tanto, para una acción social adecuada con la población. Esta competencia o enfoque intercultural propone tres tareas o, más precisamente, tres procesos sobre uno mismo y sobre los otros, que se trata de poner en marcha en la comunicación y relación entre personas culturalmente diferentes (metodología de análisis de incidentes críticos2): la descentración, la aproximación al otro, y la negociación-mediación intercultural, cada uno con características específicas, pero todos ellos procesos que se vivencian interrelacionados y entretejidos.

La construcción de una competencia intercultural es una tarea que para los agentes sociales resulta muy difícil de afrontar solos sobre la marcha de su actividad cotidiana. Al hecho de no dominar la lengua del otro y así no poder acceder a una comunicación llena de matices en temas sensibles y delicados, se añade la frustración de no disponer de los enfoques y los instrumentos que abren una sutil comprensión del mundo del otro y de los límites que no deben traspasarse cuando se intenta dar apoyo en procesos de cambio de normas, valores y costumbres culturales. La mediación intercultural llevada a cabo por personas debidamente preparadas puede ser ese puente que propicie el acercamiento entre agentes sociales y usuarios de servicios de origen cultural distinto, y estimule intervenciones sociales realistas y realizables. Aportarán las pasarelas necesarias para que unos y otros puedan transitar, inicialmente para resolver en común dificultades básicas e inmediatas, y, a largo plazo, para que la relación en igualdad y respeto mutuo a la diferencia sea lo bastante autónoma como para evolucionar sin necesidad de mediaciones.

Miremos de cerca cómo las mediadoras y mediadores pueden ser un recurso práctico y cercano en la construcción de una competencia intercultural, aportando esos puentes en la comunicación y la relación para que puedan efectuarse en cada parte los procesos mencionados más arriba, es decir, en la descentración, la aproximación al otro y la negociación intercultural.

1.1. La confrontación con la diferencia como vía para la descentración

Cuando somos muy distintos en nuestra identidad cultural y social, cuando las actitudes y comportamientos de la otra persona o grupo nos resultan chocantes o extraños, hablamos de una situación de confrontación con la diferencia. Tomar distancia respecto de uno mismo o una misma en este tipo de situaciones para poder identificar los propios marcos de referencia y las propias representaciones del otro diferente y, así, relativizar nuestros puntos de vista es lo que llamamos proceso de descentración. Descentrarse de la propia verdad y apropiarse del paradigma de la relatividad cultural no significa tolerarlo todo ni perder la propia identidad y valores, sino que nos permite entender que, a priori, todas las culturas tienen igual valor a pesar de sus diferencias, que todas están adaptadas y se adaptan continuamente a contextos determinados y representan escenarios de lo humano. Así, descentrándose en la relación con el otro, la persona sigue siendo quien es sin imponer sus propios valores y modelos de vida.

Más allá de su función como intérprete lingüístico para asegurar la traducción y también la comprensión de la información que se transmite, explicitando el significado de los diferentes códigos de comunicación verbal y no verbal empleados, el/la mediador/a intercultural aporta también su capacidad para la interpretación o asesoramiento sociocultural. Esto para asegurar la contextualización y la comprensión de los principales rasgos culturales y sociales que inciden en la situación, tanto en lo que se refiere al origen de la mediación intercultural persona, grupo o colectivo minoritario y a sus procesos de cambio, como en la cultura y realidad social de los profesionales / servicios y a sus objetivos de trabajo. En este contexto, la persona mediadora intercultural puede esclarecer preconcepciones, prejuicios y estereotipos que surjan de ambas partes y que amenacen con obstaculizar el logro de un trabajo en común. La persona mediadora, con respeto y profesionalidad, podrá ayudar a las personas o grupos a descentrarse de sí mismos, esclareciendo y disipando malentendidos, incomprensiones, desconfianzas, imágenes negativas, interrogantes y dudas que se produzcan en la relación, y que son inherentes a la interacción intercultural. Esta colaboración de los mediadores y mediadoras favorece la modificación de ciertas actitudes en unos y otros que, aun siendo lenta en algunos casos, permitirá que cada cual tome conciencia de su propio sistema de valores y se dé cuenta de la facilidad con la que intenta imponer «sobre el otro» su visión de la condición humana y su desarrollo, su jerarquía de necesidades y prioridades. Entonces, la comunicación será más fluida, respondiendo al objetivo de trabajo prioritario de la mediación intercultural, que es la prevención de conflictos culturales facilitando el diálogo entre las partes. Esta función preventiva puede ejercerse tanto desde una óptica interpersonal (casos y situaciones concretas) como desde una óptica colectiva (proyectos e iniciativas comunitarias).

1.2. El interés por el otro como vía para el acercamiento a su realidad social y cultural

Cuando seamos capaces de descentrarnos, ya sea con la ayuda de un mediador o por nuestra propia experiencia, entonces podremos aproximarnos al otro, adentrándonos en su marco de referencia cultural y social. Se trata de ponerse en el lugar del otro, haciendo observaciones sobre el mundo partiendo de su punto de vista, y es a partir de ahí desde donde podemos organizar mejor nuestra comunicación intercultural. La información sobre la otra cultura a través de textos, cursos, prensa, conversaciones o viajes es útil, pero se trata de integrar una dimensión personal, una percepción interior que implica aprender a escuchar los silencios y las palabras, los gestos y los ritos de comunicación con un espíritu de descubrimiento de su sentido para la otra persona y no con ánimo de juzgar o buscar causas. El mediador o mediadora colabora para desarrollar esta capacidad de comunicación verbal y no verbal entre las personas y grupos, aportando las claves necesarias para que puedan abrirse a todo aquello que no es el contenido, colocando las observaciones en un contexto concreto, señalando los detalles más significativos y que son portadores de valores simbólicos, evitando interpretaciones fuera de la realidad y buscando aquello que subyace en el lenguaje de las personas, aquello que está latente, aquella dimensión implícita donde residen las representaciones sociales y los valores culturales interiorizados. Los/las mediadores/as, en su forma de relacionarse con cada una de las partes, despiertan ese interés por el otro y orientan en cuanto a cómo hacer preguntas directamente a las personas en torno a su propia versión de su realidad social y cultural, interrogando el sentido de las palabras y las imágenes que se desprenden de ellas y construyendo las pasarelas necesarias para que podamos sumergirnos en el mundo del otro, descubrir su universo e interiorizar sus códigos de referencia.

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Notas:

  • (1) Cohen-Emérique, Margalit. «Formación en una perspectiva intercultural», en El acercamiento intercultural, traducido y facilitado por la Federación Andalucía Acoge como material de formación interna. volver
  • (2) Cohen-Emerique, op.cit. volver
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