
Diccionario de términos clave de ELE
El conjunto de factores personales que influyen en el aprendizaje de una lengua se ha clasificado tradicionalmente en dos variables: la cognitiva y la afectiva. La variable afectiva abarca todos aquellos fenómenos que se relacionan con los sentimientos, las vivencias y las emociones del aprendiente, como, por ejemplo, la actitud, el estado de ánimo, la motivación, la empatía, la autoimagen o la ansiedad.
A lo largo del tiempo, la investigación en psicología del aprendizaje ha prestado una atención diferente a cada una de las dos variables. Inicialmente despertó mayor interés la variable cognitiva, pero, con el paso de los años, la afectiva ha ido adquiriendo una importancia progresiva, hasta el punto de que hay autores que le conceden un papel primordial en el desarrollo del aprendizaje.
Una de las primeras teorías que tienen en cuenta la influencia de la variable afectiva sobre los procesos de adquisición de segundas lenguas es la hipótesis del filtro afectivo, de S. Krashen. Otras investigaciones que han atendido a esta variable son las que analizan las características del buen aprendiente de lenguas, incluyendo el componente socioafectivo de la personalidad y el estudio sobre el comportamiento discente de estas personas. Se reconoce así la influencia que la emotividad y la afectividad ejercen sobre los procesos de adquisición. Por otra parte, la orientación humanista de la psicología, desarrollada a partir de los años 60 del siglo XX por E. Erikson y A. Maslow, también se ha aplicado en el estudio del aprendizaje de lenguas.
Es en el terreno de la didáctica donde mayor repercusión han tenido las ideas acerca del componente afectivo del aprendizaje. Se da el nombre de enfoques humanísticos a un conjunto de propuestas educativas, aparecidas en los años 70 del siglo XX, que se caracterizan por el gran interés que manifiestan por la integración de la afectividad en la enseñanza; entre ellos cabe destacar la Sugestopedia (Lozanov, 1979), la Respuesta física total (Asher, 1977), el Aprendizaje de la lengua en comunidad (Curran, 1976), el Método silencioso (Gattegno, 1972) o el Enfoque natural (Krashen y Terrell, 1983). La implantación de cada una de estas propuestas ha sido muy diversa y normalmente se ha restringido a determinados círculos profesionales, sin encontrar un gran eco en los contextos institucionales; no obstante, en su conjunto han influido indirectamente en las prácticas didácticas, como pone de manifiesto la creciente importancia que se concede universalmente a los componentes vivenciales del aprendizaje (Legutke y Thomas 1991, Stevick 1980).
El objetivo último de estas nuevas tendencias educativas consiste en superar la dicotomía entre lo racional y lo emotivo para convertir el aprendizaje en una experiencia plena de significado, que considere la globalidad de la persona. Como señala J. Arnold (2000: 19), «la dimensión afectiva de la enseñanza no se opone a la cognitiva. Cuando ambas se utilizan juntas, el proceso de aprendizaje se puede construir con unas bases más firmes. Ni los aspectos cognitivos ni los afectivos tienen la última palabra y, en realidad, ninguno de los dos puede separarse del otro». El desarrollo de la afectividad en el aula tiene que ver con la implicación total del alumno respecto de su proceso de aprendizaje. Esta implicación se consigue mediante diversos procedimientos, encaminados a fomentar, entre otras cosas:
Materiales curriculares; Actividad de aprendizaje; Estrategias socioafectivas.