Soledad Varela Ortega
En las gramáticas pedagógicas fieles al enfoque comunicativo de enseñanza de lenguas, poco espacio se dedica a los aspectos formales o morfológicos de las palabras, fuera de la flexión, esto es, de su conjugación y declinación. A su vez, estas, aunque no se introduzcan secuencialmente según criterios de regularidad y dependencia —como en aproximaciones metodológicas anteriores— se siguen presentando a través de modelos, en los casos de las formas regulares, o a través de simples listados, en los de las irregulares.
De hecho, los criterios morfofonológicos o historicistas que servían para agrupar las palabras en (sub)clases formales flexivas1, tan justamente denostados en la metodología moderna, junto a una visión uniforme de las distintas modificaciones formales que pueden sufrir las palabras, han restado valor a otras consideraciones más abarcadoras y profundas del aprovechamiento morfológico para la adquisición del léxico derivado y compuesto2. La enseñanza de las palabras, tanto de las simples como de las complejas, se basa prioritariamente hoy en aspectos semánticos y así el recurso generalmente utilizado en las orientaciones pedagógicas más modernas es el de enseñar el vocabulario en contexto, por bloques temáticos o por campos nocionales. Es decir, lo que prima es «el significado y el potencial comunicativo de las unidades léxicas en función de los contextos y situaciones comunicativas en las que son utilizadas» (Salazar, 1994: 173).
En los manuales de enseñanza de segundas lenguas que siguen la metodología comunicativa3, las palabras son debidamente contextualizadas al insertarse en contextos lingüísticamente significativos que a su vez reciben validez dentro de una situación concreta. Tales contextos se construyen sobre una base no gramatical sino pragmática, según los objetivos comunicativos que se persigan en cada caso. Esta perspectiva es la que va a hacer que la atención a la morfología, más en concreto, a la gramática interna de las palabras, como recurso para la adquisición del léxico complejo por parte de los aprendientes de L2, no vaya a ser considerada dentro de la enseñanza comunicativa.
Por poner un ejemplo: en un tema sobre las maneras de agradecer o de mostrar desagrado en español, un manual de enseñanza que siga una programación nocional-funcional podrá utilizar, según el nivel de formalidad, exponentes léxico-gramaticales del tipo de los que aparecen en (1) y (2), respectivamente:
Si, por el contrario, tratáramos de sacar provecho de las sinergias que nos proporciona la morfología (ya sea flexiva o derivativa) como medio de establecer relaciones entre las palabras, podría pensarse en otros exponentes lingüísticos, igualmente apropiados al contexto y discriminados también por niveles de formalidad, del tipo de los que incluyo en (1’) y (2’), respectivamente:
A modo de inciso, querría hacer reparar en el hecho de que si bien tanto en los ejemplos de (1) como en los de (2) la sintaxis está supeditada a la expresión léxica que se utilice en cada caso, en (1’) y (2’) podríamos pensar en series de palabras, con iguales características morfemáticas a las elegidas, que encajarían en los mismos contextos sintácticos que estas. Esto es así porque, como sabemos, las palabras con una misma morfología se proyectan en la sintaxis con una notable uniformidad.
Aparte de los fundamentos —funcionales o formales— que puedan determinar la presentación del léxico en contexto, quisiera referirme brevemente a una cuestión previa, ampliamente debatida, que concierne a la selección del vocabulario y su gradación. Distintos metodólogos han resaltado, dentro de enfoques muy diversos, que las palabras que se introduzcan en la enseñanza de la L2 deben ser elegidas teniendo en cuenta la frecuencia estadística4, la universalidad (en nuestro ámbito, palabras utilizadas en todos los países hispanos), la eficacia (palabras apropiadas a muchos contextos) y la productividad (palabras que pueden dar lugar a otras). Es este último criterio el que consideramos que prima claramente las «palabras con morfología».
La tercera cuestión general sobre el léxico a la que querría hacer referencia para centrar este trabajo es aún más básica o fundamental; trata de qué es «conocer una palabra».
En el muy citado estudio de Richards de1985 hay un capítulo dedicado a la enseñanza del léxico en L2 (op. cit., págs. 176-188) en el que se plantea de manera bastante completa, a mi entender, en qué consiste la habilidad meta, esto es, qué se entiende por «conocer una palabra» y se destacan los siguientes aspectos básicos que presento a continuación en una adaptación libre, y extendida, así como en otro orden: