José Ramón Gómez Molina1
En la actualidad el objeto de enseñanza-aprendizaje de cualquier lengua, ya sea L1, L2 o LE, atiende al desarrollo de la competencia comunicativa, habilidad para utilizar el sistema lingüístico de manera efectiva y apropiada. El desarrollo de los diversos componentes de esta competencia pluridimensional, aunque diferente según autores2, coincide en señalar que esa habilidad refleja cómo un hablante —como ser comunicativo que es— no solo posee un conocimiento de la lengua sino también una capacidad para utilizar o ejecutar dicho conocimiento cuando participa en una comunicación real.
El dominio léxico de una lengua puede observarse en los cuatro componentes3: corresponde en mayor medida a la competencia gramatical (Lexicología, Morfología y Semántica, relaciones entre los signos y sus referentes, formación de palabras, elección de palabras para expresar significados específicos…):
pero también se refleja en la competencia sociolingüística (conocimiento de las reglas socioculturales de uso, adecuación de la forma al contexto sociolingüístico, interpretar los enunciados por su significado social, interpretar el lenguaje figurado…):
en la competencia discursiva (combinación de significados para lograr un texto trabado hablado o escrito en diferentes géneros). La unidad del texto se logra por medio de la cohesión en la forma —modos de marcar explícitamente relaciones semánticas: referencia, deixis, puntuación…— y la coherencia en el significado —estructura conceptual global, relaciones entre los diferentes significados literales y connotativos; propósitos y actitudes, en un texto—5:
y en la competencia estratégica(estrategias verbales y no verbales para compensar las deficiencias en la comunicación real debidas a limitaciones o a incapacidades momentáneas —gramaticales, sociolingüísticas, discursivas—, y también para aumentar o realzar el efecto retórico de los enunciados):