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Antologías didácticas

Preferencia de norma: a propósito de la derivación en el aprendizaje del vocabulario (1 de 5)*

Mariano Franco Figueroa

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La metodología de la enseñanza de la lengua española estándar como segunda lengua, no puede omitir el análisis de sus variedades diatópicas, especialmente del español de América, con múltiples y contradictorias respuestas, especialmente en los conceptos de unidad y homogeneidad dentro del vasto continente en el que se asienta1. La cercanía e identidad a ambos lados del Atlántico es evidente, pero hay que distinguir la variedad diatópica y social real, es decir, el habla. El proceso de planificación lingüística americana desemboca en una regulación de la enseñanza a partir de la estandarización de una forma de habla. Se selecciona el diasistema más acorde con las necesidades prácticas de los individuos, sus niveles fónicos y gramaticales; se estandariza la ortografía; y todo se extiende en obras gramaticales y lexicográficas. Razones históricas justifican el prestigio normativo que aflora en las obras de Bello y Cuervo, por citar dos de los pilares del purismo castellano ante las novedades americanas, pero las actitudes conflictivas responden a veces a un desconocimiento de las normas respectivas, porque lo importante es conseguir la unidad y el enriquecimiento de la lengua, con la libertad para comunicarse en cualquier situación y con la exigencia de conocer el uso prestigiado de su sistema. Así, insistiremos en que la enseñanza del español como segunda lengua exige tanto el conocimiento de la norma de prestigio o ejemplar en uso, como el de las variedades, incluidas las regionales.

Nuestra propuesta metodológica parte de la complementariedad de los conceptos de español de América y español de España, con el reconocimiento de la identidad lingüística hispanoamericana, con diversidad de normas compatibles con la unidad del sistema. Ello conlleva una crítica tanto de modelos gramaticales puristas como obras lexicográficas selectivas2, pues hemos de poner especial atención en las diferencias del español en el dominio hispanoamericano3, el mayoritario.

1.

La heterogeneidad del sistema presenta, asimismo, una normalización del propio sistema, avalada por la variedad estándar, que impone la historia y cohesiona a la comunidad idiomática, con la escritura y los registros más formales. Una lengua estándar se acepta en una comunidad de hablantes no solo por criterios funcionales o de estructuración propia del sistema lingüístico, sino también por la conciencia de los usuarios, es decir, por la aceptación de la norma y su lealtad. En los niveles de actuación de un individuo, separamos el nivel de eficacia (para que el oyente lo entienda), y el nivel de corrección (distinción entre lo puro y lo incorrecto), en el que podemos mantener las discrepancias más duras. Mantener que una forma lingüística es correcta o incorrecta, porque está de acuerdo o no con otra forma tomada como correcta o normativa, es algo tautológico. Se adoptará una forma homogénea y obligatoria, no por autoridad de gramáticos o de escritores, sino por necesidad de comunicación social, de utilidad pública.

Al fijar un criterio de corrección, se persigue la funcionalidad comunicativa, sin olvidar la historia y la tradición idiomática4. De todas las formas válidas para comunicarnos, unas tienen justificación lingüística y otras se explican por una ignorancia misma del propio sistema. Las diferencias léxicas de un hablante pueden provocar el rechazo por razones estratigráficas o geográficas, aunque se trate de variantes del sistema con actualidad y función comunicativa para sus usuarios. Así, botica o aeroplano en lugar de farmacia y avión, se tachan de arcaísmos. Molestoso (molesto) o pegativo (pegajoso), aparecerían como desviaciones del sistema5.

Si los usos y preferencias léxicas son diferenciadores, hay que enseñar la norma y el margen de variación a que está sujeta (Sterck, 2000: 302). Decía Alvar (1982: 23 y 24) que existe una constricción impuesta por el código, pero también una evasión gracias a él, porque el acto de libertad lingüística exige comprender y hacerse comprender con él. Es esta libertad la que se observa en los textos literarios, peninsulares o americanos6. En algunas obras hispanoamericanas aparecen glosarios para entender el texto: ¿Por qué en un diccionario del español general aparece un término con la circunscripción salmantina o murciana, y se omiten voces venezolanas o colombianas? Se trata de un centralismo inconsciente7, que olvida las variedades que han ensanchado las fronteras de la lengua8. Por tanto, junto a la forma coinética o generalizada, es necesario enseñar las variedades, no meramente localistas, de ambos lados del Atlántico.

Las tendencias formativas de la norma dialectal americana manifiestan la perspectiva más innovadora y más extendida del sistema de la lengua española, pero en los manuales para extranjeros no se muestra una especial atención, ni teórica ni práctica, a los sufijos americanos y a su valor productivo. En la Gramática de español lengua extranjera (1999), de la editorial Edelsa, se alude al uso regional de los diminutivos, sin referencias a los usos de Andalucía, Extremadura y América. En el Curso intensivo de español (1993) de SGEL, solo se trata la sufijación apreciativa, con aumentativos, diminutivos y despectivos, sin aludir a los usos regionales. Los textos de Español 2000, (1991) de SGEL, en su niveles medio y superior, tratan la composición y la derivación como procedimientos de creación léxica, sin precisar las diferencias del sistema, y sin variantes americanas. En Método de español para extranjeros (1996), niveles intermedio y superior, se presentan expresiones fijas americanas9, pero no se tratan los procesos de derivación y sus usos en el Nuevo Continente, a pesar de que se utilizan textos literarios americanos e incluso cómics, como los de Mafalda. Curiosamente, en las actividades se diferencian las pronunciaciones americanas y no se tratan los usos léxicos10.

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  • (*) En MartíN, M. A. et al. (eds.) ¿Qué español enseñar? Norma y variación lingüísticas en la enseñanza del español a extranjeros. Actas del XI Congreso Internacional de ASELE, (Zaragoza, septiembre de 2000), 2001. Zaragoza: Universidad de Zaragoza, págs. 327-338. volver
  • (1) La propia denominación del dialecto plantea una vieja oposición, «español de América» frente a «español en América». Si se prefiere español en América, las palabras de Montes Giraldo (1992: 338) destacan la modalidad innovadora del otro lado del Atlántico: «Pero como el español de América no es un simple trasplante de algo ajeno, sino entidad que ha crecido con las savias del nuevo continente, decimos y diremos español de América, para relievar su definitiva originalidad americana.» volver
  • (2) Haensch (1998) insiste en la dificultad de aunar los métodos integrales del vocabulario común y los contrastivos o diferenciales. La propia Real Academia deja de lado términos de filiación americanista y da entrada a palabras de clara circunscripción menor, y evidencia esta discrepancia con la publicación, desde 1927, del Diccionario manual e ilustrado de la lengua española, cuya última edición, de 1989, recoge un mayor número de americanismos. volver
  • (3) Como decía Ángel López (1985: 111): «Se quiera o no, el cetro de la koiné centropeninsular del español se ha desplazado irremediablemente a la orilla americana —parafraseando a D. Alonso, ahora son ellos los amos de la lengua—,
    y su vitalidad europea es fundamentalmente periférica, porque es en la periferia peninsular donde se concentra la mayoría de la población. Es allí donde la koiné avanza, retrocede o se pliega en difíciles formas de convivencia.» volver
  • (4) Para Montes Giraldo (1992: 341), «la norma es tradición, lo que quiere decir historia, y son las normas las que constituyen los idiomas». volver
  • (5) Sorprende que, en ciertos diccionarios monolingües, se diga que se excluyen las voces arcaicas, los dialectalismos y las poco frecuentes. Es difícil sostener que la voz usada por una comunidad sea anticuada para ellos o que el criterio dialectal se establezca a partir de la elección de una norma estándar no avalada por la mayoría de usuarios. Quizás los criterios de frecuencia y el de cantidad sean los más razonables. Por ejemplificar, la voz riesgoso es una forma no estándar, según el Método de español para extranjeros. Nivel superior (pág. 243), de Edinumen, pero es un americanismo general recogido por Neves (1975), como sinónimo de arriesgado aventurado. volver
  • (6) Hemos de encender las peculiaridades léxicas que aparecen en textos como los de Manuel Puig (1980), en Boquitas pintadas, con contextos como los siguientes: «Y ahora tengo que aguantar al cargoso de Massa (…) De vuelta me hago las compras, todo en la feria porque es mucho más barato, pero mucho más cansador (…) Yo cocino y si me doy tiempo liquido el planchado también a la mañana (…) Una puestera de la feria, la de la fruta, una viejita (…) Si Juan Carlos después de noviar conmigo se iba a lo de la viuda era porque conmigo se portaba a lo caballero (…) Algún enredo de polleras puede ser la causa (…) Me dio un viraje raro el balero y me fui a verlo (…) En el Hostal se oye un poco de tos en el comedor, pero por suerte hay altoparlantes con discos o la radio, mientras comemos». O los de Soler-Espiauba (1997): «Un taxi, no —explica el niño—, está muy peligroso el tema y podemos tener un carreterazo, mejor un colectivo para turistas, yo sé dónde agarrarlo, lueguito le deja junto a su hotel, patrón». volver
  • (7) La docencia fija más el criterio de corrección en el ámbito de la escritura que en el de la lengua oral, y pocas veces repara en el hecho de que unas variedades dialectales, como por ejemplo el yeísmo, la aspiración de -s, son las que triunfan mayoritariamente en el uso. Olvida que, dentro de una variedad regional, hay preferencia de norma: la norma sevillana, en Andalucía; o el uso cheso frente a la modalidad ansotana. volver
  • (8) Kany (1969), al hablar de derivaciones, emplea la marca de «normal» como forma estándar, académica, culta, ideal. Frente a variedades americanas, con el sufijo –ada, tilda de normal la expresión echar una mirada, pero, al ejemplificar la nueva creación, a partir del verbo atracar, atracada, señala entre paréntesis la forma normal atracón. Neves (1975) registra la voz en segunda acepción en México, Guatemala, Cuba y Puerto Rico, es decir, fuera de los límites de un país. Además, atracada es americanismo general con el sentido de ‘pelea, riña, disputa’. volver
  • (9) Por ejemplo, poner pie en polvorosa, que en Méjico y Colombia se dice tomar el polvo, en Colombia, emplumárselas, o en Venezuela, salir fletado (pág. 79), aunque no siempre con circunscripciones completas, como tener ganas, «provocarle a uno», que se oye no solo en Colombia. volver
  • (10) Gutiérrez Cuadrado (1999: 94) precisa, en lo que a nuestro propósito corresponde, que «En un dominio tan extenso como el del español, no es difícil ejemplificar cómo ciertos sinónimos solo pueden usarse según el lugar geográfico donde se esté hablando; palabras propias de la península o de América, como falda y pollera, chaqueta o saco, manzana o cuadra, fontanero o gasfitero, por poner ejemplos bien conocidos, nos indican cómo es fundamental precisar la distribución geográfica de los sinónimos». volver
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