Claudia Fernández Silva
Partimos desde el marco teórico del modelo chomskyano (1981, 1989) que postula la existencia de una gramática universal (entendida como una capacidad para el lenguaje, privativa de la especie y genéticamente dada) donde —entre otros componentes— aparecería el lexicón más un sistema computacional que proyectaría en la estructura sintagmática toda la información de las entradas léxicas. Dichas entradas léxicas deberían especificar, a modo de restricciones o instrucciones —o sea, reglas—, cómo se proyecta en la sintaxis la información temática (la elección semántica de argumentos y predicados), es decir, cómo y con qué otros elementos se combinan los que constituyen este lexicón, que en principio llamaremos lexemas1.
En el modelo generativo-transformacional la formación de palabras complejas era responsabilidad de la sintaxis (la nominalización de un verbo, por ejemplo reunión, se explicaba como la aplicación a dicho verbo de unas reglas de transformación en la estructura-P para pasar después a la estructura-S). El lexicón era considerado un subcomponente autónomo que aparecía en la base de la gramática y estaba separado de las reglas de reescritura. En este subcomponente se especificaban las características propias de las piezas léxicas, tales como las propiedades fonéticas, la categoría gramatical, los rasgos inherentes y los rasgos contextuales2.
En un intento por mejorar el poder explicativo del modelo, se empezó a proponer el tratamiento léxico de los derivados nominales no ya como producto de transformaciones, sino directamente como parte constitutiva del lexicón (Baralo, 1995).
Es con la llamada «hipótesis lexicalista»—línea de investigación que propone la palabra como la unidad mínima e indivisible del análisis— cuando empiezan a cobrar mayor entidad los estudios específicos del plano morfológico y léxico (opacados por el estrellato de la sintaxis).
De acuerdo con estos trabajos, podríamos definir el componente morfoléxico diciendo que está constituido por elementos sustantivos, es decir, los formantes; y elementos relacionales, también conocidos como reglas.
En primer lugar, estos elementos sustantivos se postulan a modo de una lista finita de morfemas —diccionario base— que estaría compuesta de palabras simples, afijos, radicales y, posiblemente, temas (lo que sería el input de las reglas de formación de palabras).
En segundo lugar, se postula un subcomponente donde estarían almacenadas las reglas de formación de palabras —el componente morfológico, estrictamente hablando—. Las RRFPP serían elementos relacionales o reglas generativas por medio de las cuales se construyen las palabras formalmente complejas.
Por último, un conjunto infinito de palabras, generadas por la aplicación de las RRFPP a los elementos sustantivos del diccionario base (lo que sería el output de las reglas de formación de palabras).
Este conjunto infinito de palabras de una lengua X es una postulación de las posibilidades de producción —y, por ende, de recepción— que tiene un hablante nativo gracias al conocimiento intuitivo que proporcionan las RRFPP.
La creación de palabras nuevas —inexistentes— es una práctica propia del hombre (no olvidemos que somos homo sapiens y, también, homo ludens). Es evidente que la posibilidad de la creación está determinada, además, por el conocimiento del contexto entendido como sistema de creencias y saberes sobre el mundo). Como ejemplos es suficiente recordar la poesía (Trilce) y el humor («Aseleros del mundo uníos»).
Aunque parezca reiterativo, afirmamos, una vez más, que la adquisición es un proceso de construcción creativa.
Inevitablemente, tenemos que seguir recurriendo a las teorías lingüísticas y psicolingüísticas que nos aportan los datos necesarios para entender el misterioso proceso de la adquisición de una lengua. Una vez establecidas las similitudes entre los sistemas lingüísticos nativos y no-nativos (dicho de otro modo, una vez que a los sistemas lingüísticos no-nativos se les otorga el estatus de «lengua» con las mismas propiedades que los sistemas nativos), estamos en condiciones de comparar los procesos de adquisición de una L1 y una L2. Esperamos que los datos aportados por las investigaciones en LM arrojen luz sobre la adquisición de una L2.
Entonces, acordamos acerca de la existencia de unos principios universales (GU) que guían el proceso de aprendizaje. Dicho proceso involucra la interacción entre esos mecanismos de aprendizaje y el entorno (que cobra una singular importancia en la adquisición de una L2).
«Es evidente que mucho de lo que conocemos sobre las palabras de nuestra lengua tiene el carácter de estipulaciones individuales (su forma, su pronunciación, su significado). Pero, además, el conocimiento léxico de un hablante incluye un sistema de reglas, que son los medios de relacionar las palabras unas con otras, en la medida en que estas relaciones son sistemáticas (al menos parcialmente)» (Baralo, 1995).
Por eso, tenemos que aceptar la hipótesis de que el aprendizaje de una regla morfológica depende del descubrimiento de, al menos, un pequeño conjunto de palabras que se someten a un análisis morfológico. Suponemos que, en el proceso de adquisición, el niño realiza este tipo de análisis de las muestras de lengua a las que está expuesto y extrae reglas.
¿Cuáles son los procesos cognitivos que subyacen a este conocimiento? Aunque pudiera persistir alguna duda sobre la fuerza de las analogías que el niño puede establecer a partir de un número de casos memorizados, nos inclinamos a pensar que este proceso cognitivo está basado en hipótesis creadoras a partir de reglas que facilitan y constriñen la adquisición de esa competencia.
Parece haber certeza en las hipótesis que afirman que estas creaciones innovadoras no se deben a la analogía sino a la adquisición de las RRFPP.
Si comparamos las idiosincrasias léxicas que produce un no-nativo con las construcciones innovadoras que hacen los niños en su LM, veremos que se ajustan a las mismas restricciones o reglas del lenguaje adulto. Para traer un ejemplo conocido —aunque morfoléxico—, *cabo, *sabo, *penso, etc., no son errores privativos de los niños, y reflejan un conocimiento —en este caso la flexión verbal (formación de presente indicativo)— y, también, que se ha hecho una operación con ese conocimiento: generalización aplicable a una raíz verbal X. A través de estos errores intentamos comprender cómo está funcionando la mente en el proceso de construcción de la gramática.