Félix Villalba Martínez y M.ª Teresa Hernández García
La soledad en la que vivía Robinson Crusoe pareció acabar el día en que encontró a otro ser humano en su isla. No podía creer que al fin se cumpliesen sus sueños, tener a alguien con quien compartir sus penurias, con quien hablar. Y aunque desde el primer momento quedó claro que no iba a resultar fácil entenderse, pues no hablaban la misma lengua, siguió sintiéndose agradecido ante este hallazgo. Robinson, como buen náufrago y hombre civilizado, se dispuso a solventar esta pequeña dificultad haciendo que el recién llegado aprendiese su idioma: «…le hice saber que su nombre era Viernes, que era el día en que le salvé la vida (…) también le enseñé a decir Amo, y entonces le hice saber que este era mi nombre» (1974:139).
De esta forma y, poco a poco, Viernes se convirtió en ese compañero anhelado con el que trabajar, discutir o afrontar el futuro. Ahora bien, ¿cómo consiguió Robinson enseñar su idioma a alguien que no sabía ni leer ni escribir? Pues, evidentemente, con mucha paciencia y, sobre todo, hablando. Tenía todo el tiempo del mundo y sabía lo que quería: comunicarse.
Nosotros, cuando nos encontramos con estudiantes que, como Viernes, desconocen los rudimentos básicos de la lectoescritura, lo primero que hacemos, tras caracterizarlos (iletrados, ágrafos latinos, analfabetos…), es abordar su inmediata alfabetización. Entendemos que el aprendizaje de la nueva lengua es una actividad problemática para el aprendiz, dado que resaltamos todo aquello que consideramos como carencias. No asumimos, así, que el problema es más bien nuestro, en la medida en que no sabemos cómo se puede enseñar una LE sin el apoyo de la lectura y la escritura.
En las siguientes páginas queremos plantear un primer acercamiento a esta situación, haciendo especial incidencia en la relación que existe entre alfabetización y enseñanza/aprendizaje del español.
¿Qué se entiende por alfabetización? ¿Para qué la alfabetización? ¿Cómo alfabetizar? ¿Cómo se lee? ¿Cómo relacionar la enseñanza oral del español y la alfabetización? Todos estos serán algunos de los interrogantes a los que intentaremos dar respuesta.
¿Qué entendemos por analfabetismo? ¿Es solo el desconocimiento de la lectura, la escritura y el cálculo, o es algo más? ¿Qué se pretende con la alfabetización? Estas han sido las cuestiones centrales de un amplio debate que ha tenido lugar en distintos encuentros internacionales a lo largo de los últimos cincuenta años. Así, han ido apareciendo términos como: analfabetismo total, funcional, alfabetización para el trabajo, cultural, liberalizadora o concientizadora, desalfabetización…, que ponen de manifiesto lo complejo de la situación. Será útil definir con precisión el concepto de analfabetismo si queremos entender el para qué y el cómo de la alfabetización.
Ya en el propio término podemos establecer dos consideraciones previas. En primer lugar, el analfabetismo es un concepto dinámico y relativo que sirve para definir una situación en un momento determinado y, por lo tanto, sujeta a cambios. Pero también se puede establecer con relación a conocimientos, formas y medios de expresión… Así hablamos de analfabetismo informático, mecánico, escritor1… Aunque en realidad es uno de esos conceptos globales en el que todo cabe e, incluso, sin darnos cuenta, hasta nosotros mismos, que podríamos ser considerados analfabetos si tenemos que leer informaciones en otras grafías (kanji, kana, cirílico…) o en otras lenguas que desconocemos. En ambos casos, aunque pudiésemos identificar letras, incluso leerlas, no entenderíamos su significado.
En segundo lugar, hablar de analfabetismo supone ya una cierta valoración negativa que Viñao (1990:34) se ocupa de aclarar: «Calificar a alguien de analfabeto es definirlo por lo que carece, por aquello que no tiene. Es hacerlo de una manera negativa. Nunca sabré cómo es. Y al incapacitarme para saberlo, desde la negación del otro, correré al menos tres peligros:
Actualmente se prefiere hablar de alfabetización en lugar de analfabetismo, o lo que es lo mismo, se incide más en las soluciones y en el proceso en sí, que en la descripción de una situación determinada. Sin embargo, y como ocurre en otros casos, ambos términos se suelen usar indistintamente.
Hablar de alfabetización como actividad nos obliga a precisar sus objetivos en función de las características y necesidades de los participantes. Si pensamos en el analfabeto como la persona que no sabe ni leer ni escribir, o si definimos la alfabetización como la enseñanza de los rudimentos básicos de lectura y escritura, estaremos siendo muy parciales e imprecisos. No estamos definiendo lo que entendemos por saber leer y escribir, ni cuál es el grado de eficacia que nos permite considerar adquiridos tales saberes. Del mismo modo, no explicamos cómo se han de utilizar esos recursos; ni qué tipo de textos se van a leer o escribir.