Maite Hernández y Félix Villalba
Los movimientos migratorios se han producido a lo largo de toda la historia de la humanidad. Se podría afirmar que hemos evolucionado en movimiento, desplazándonos de un lugar a otro.
En la actualidad se siguen produciendo migraciones en todas direcciones y por motivaciones diversas. Lo que sí se comparte en términos generales es la inquietud que crea el inmigrante, especialmente cuando procede, o se supone que procede, de un lugar menos desarrollado que el nuestro.
En España la llegada de inmigrantes se ha producido de una manera secuenciada a lo largo de casi veinte años, aunque el sentimiento colectivo sea otro.
Son muy pocas cosas las que sabemos de los trabajadores inmigrantes y sus familias, sin embargo se insiste en la necesidad que tienen de integrarse y en la obligación de los poderes públicos de facilitar dicha integración1.
Al margen de otras consideraciones sobre esta pretensión, nosotros entendemos que la lengua, como instrumento de interacción y relación social, desempeña un papel central en dicho proceso de integración. Nuestro interés se centra en conocer todo lo relacionado con la enseñanza/aprendizaje de una nueva lengua cuando se está en contacto directo con ella por vivir en la misma comunidad de habla.
Sin embargo, antes que nada, hay que resolver cierto problema terminológico que surge a la hora de calificar esta práctica educativa. Si hablamos de enseñanza de lenguas a inmigrantes inmediatamente tenemos que aclarar múltiples detalles sobre los estudiantes: quiénes son, qué son y qué no son… Y esto es así porque el de inmigrante es uno de esos conceptos que activa un amplio conjunto de estereotipos sociales. Ideas negativas que tienen que ver con la consideración del inmigrante como miembro de un colectivo desfavorecido y generalmente marginal. De este modo, resulta difícil entender la especificidad de este tipo de enseñanza, pues se tenderá a conceder más importancia a los componentes socioeconómicos y culturales que a los cognitivos y lingüísticos.
La utilización de conceptos tales como grupos minoritarios, que se hace en el mundo anglosajón, no resuelve tampoco el problema. Lo mismo ocurre cuando se emplean otros, como el de estudiantes con conocimientos limitados del idioma (LPE, Limited English Proficiency) que, pese a estar más centrados en los aspectos lingüísticos, resultan poco recomendables, pues se construyen señalando las carencias del estudiante2.
Entendemos que puede resultar mucho más útil hablar de enseñanza/aprendizaje de segundas lenguas (L2) ya que este concepto: