Jenaro Ortega Olivares
Entre los muchos y variados aspectos que muestra la comunicación lingüística interesa ahora destacar algunos, a nuestro entender, fundamentales. Desde la perspectiva del hablante, comunicar es utilizar cierta estrategia encaminada a la consecución de un propósito; el producto de esta utilización es el planteamiento de un problema. Desde la perspectiva del oyente, comunicar es aplicar ciertos mecanismos de interpretación para resolver este problema y responder en consecuencia: a partir del problema que plantea una emisión, se formulan hipótesis, se comprueban y, en caso de resultar la prueba con éxito, se capta el sentido de la expresión. Por otra parte, tanto el planteamiento del problema comunicativo como su resolución descansan en determinados «datos» contenidos en los siguientes aspectos del proceso: a) las formas lingüísticas utilizadas transportan los datos necesarios con que se ha formulado el sentido referido a aquello de que se habla, además de otros que actúan como pauta en la interpretación de la fuerza ilocutiva de la expresión (lo que permite diferenciar, por ejemplo, una pregunta de un aserto). Así, ¡Cierra la ventana! habla de cierto hecho («tú <– cerrar la ventana») para lo que ciertos elementos lingüísticos han sido elegidos y dispuestos en determinada estructura, e indica que la fuerza ilocutiva es, en principio, una petición u orden (cf. el uso de imperativo, la entonación, etc.). b) El contexto: entendido aquí en un sentido muy amplio, pues encubre todo lo que pudiera entrar en el ámbito de lo «consabido»; es decir, tanto lo que hablante y oyente de hecho comparten cognoscitivamente, cuanto lo que cualquiera de ellos pueda suponer compartido en este aspecto por el otro. Por tanto, cabe hablar de datos contextuales referidos a: la situación, entendiéndola como el momento concreto espacio-temporal en que tiene lugar la comunicación lingüística; el trasfondo de creencias compartidas, todo el universo de conocimientos a los que la expresión puede aludir; y la competencia comunicativa, conocimiento tanto del mecanismo con que utilizar y comprender las facetas gramaticales de la expresión, cuanto de las normas interactivas y textuales que delimitan el espacio de uso de una lengua. Los datos ofrecidos por las realidades enumeradas muestran su presencia, siempre activa y eficaz, en cada momento del desarrollo de la comunicación lingüística.
Aunque estos principios generales rigen todo proceso comunicativo, se conjugan con los imperativos que dicten las diversas situaciones comunicativas. Es decir, existen, en términos de conducta observable, diversos tipos de actividad comunicativa. Según esto, la comunicación oral y la escrita responden al mismo mecanismo, pero los productos de cada una muestran no pocas diferencias, debido a que las situaciones en que aparece la primera no coinciden con las requeridas por la segunda. Así, el modo en que la comunicación se realiza oralmente admite ulterior tipificación sobre la base de situaciones sociales estereotipadas más concretas. En efecto, las conductas comunicativas orales denominadas conversación, discurso (académico, político, etc.), sermón, mitin, debate, clase, etc., se reconocen y diferencian entre sí porque la situación en que normalmente acaecen impone al mecanismo comunicativo determinada directriz realizativa. Esta directriz imprime su impronta a la totalidad del proceso y lo ajusta a las exigencias de la situación. No hay inconveniente en pensar que tales directrices, dado que determinan realidades dinámicas, sean descriptibles en términos de principios y normas, y que, a fuerza de ser usadas en idénticas y similares circunstancias, forjen en cada caso esquemas de disposición global del «texto»; un ejemplo: los interlocutores tienen conciencia de que su conducta oral telefónica responde a ciertas «reglas»; la observación posterior de esta conducta evidencia que tales pautas responden a un «plan» o patrón, como el constituido por la siguiente secuencia: saludos, identificación, introducción del tema, discusión del tema, cierre, despedida, etc. Ni que decirse tiene, por otra parte, que la constitución de tales elementos, originados a partir de la aplicación de principios y máximas como los propuestos por Grice y otros, los define cada comunidad a su manera para el uso de su lengua.
La conversación no se reduce a un mero intercambio de información, ya que posibilita además de esto un proceso interactivo peculiar, la «negociación» del sentido, actividad ligada a la dialéctica de la participación. Veamos esto con un ejemplo. Si cierta persona pregunta a otra: ¿Se puede saber dónde has puesto mi libro?, el significado (el debido al estrato gramatical, abstracto y descontextualizado) de esta expresión ha de engarzarse de algún modo con las presuposiciones / implicaciones de que parte el hablante en el contexto y momento de la enunciación. Tales supuestos pueden describirse así: