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Martes, 14 de septiembre de 1999

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ARTE / Claroscuro

Cristo crucificado

Por Marta Poza Yagüe

Según recoge la tradición, el rey Felipe IV, durante una visita al madrileño monasterio de San Plácido, quedó prendado por la belleza de una de sus religiosas. Urdió el rey una complicada trama para asaltarla en su celda. Descubierto en su sacrílego intento, y tal vez para expiar su culpa, el monarca encargó personalmente este lienzo a Velázquez, quien debió ejecutarlo entre 1628 y 1632. Una vez terminado, quedó expuesto en la sacristía del cenobio.

El cuadro es una obra maestra de la imaginería religiosa velazqueña. Más que un Cristo muerto, su serena presencia nos recuerda la de un personaje dormido. Es un cuerpo joven de proporciones perfectas, en el que la práctica ausencia de sangre elimina la sensación de dramatismo. Los músculos en reposo, la cabeza caída sobre el pecho, el rostro parcialmente oculto por la melena y los ojos cerrados contribuyen a dotar a la obra de la citada sensación de paz.

Con un fondo neutro y levemente iluminado por una tenue luz que llega desde el lado izquierdo y por la aureola tras la cabeza, dos detalles iconográficos llaman la atención. El primero es la presencia de un rótulo completo, en hebreo, latín y griego en vez del tradicional INRI. El segundo, los cuatro clavos que sujetan la figura a la cruz; dos en los brazos y uno por cada pie, siguiendo de este modo los consejos dados por su suegro y también pintor Francisco Pacheco, en su tratado El Arte de la Pintura.

Su belleza ha inspirado a numerosos poetas. Entre las diferentes composiciones hemos elegido los siguientes versos:

¿En qué piensas, Tú, muerto, Cristo mío?
¿Por qué ese velo de cerrada noche
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno cae sobre tu frente?
Miras dentro de Ti, donde está el reino
de Dios; dentro de Ti, donde alborea
el sol eterno de las almas vivas.
Blanco tu cuerpo está como el espejo
del padre de la luz, del sol vivífico,
blanco tu cuerpo, al modo de la luna,
que, muerta, ronda en torno de su madre,
nuestra cansada vagabunda Tierra;
blanco tu cuerpo está como la hostia
del cielo de la noche soberana,
de ese cielo tan negro como el velo
de tu abundosa cabellera negra de nazareno.

(Miguel de Unamuno, El Cristo de Velázquez, 1920)

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