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Lunes, 30 de septiembre de 2013

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Literatura

De exilios y destierros (2)

Por Margarita Garbisu Buesa

Terminé el rinconete anterior refiriéndome al concepto de transtierro y apuntando que no han sido muchos los que, como José Gaos, lo pudieron aplicar a su persona; porque el exiliado se puede hacer a su nueva tierra, pero no por ello deja de ser siempre consciente de su situación, de sentir su condición de expatriado. Hay dos rasgos que definen a aquellos que viven el exilio: el desarraigo y la otredad, como explica José Ángel Ascunce; desarraigo porque al expulsado le quitan su raíz y su entorno, le obligan a habitar en otro medio y le convierten en perpetuo extranjero; y otredad, porque el exiliado tiene que vivir una vida que, en principio, no le corresponde, y, sin él pedirlo, le han arrancado la que en verdad era suya. En estrecha vinculación con ambos se hallarían la nostalgia, la soledad y el anhelo del retorno.

México fue el lugar que cobijó a Gaos y a muchos intelectuales de la Edad de Plata tras la Guerra Civil; Argentina igualmente, con nombres ilustres como Manuel de Falla o Rafael Alberti; ambos, países hispanoparlantes. Sin embargo, no fueron pocos los que se refugiaron en Estados Unidos, Inglaterra o Francia, con lo que al cambio de vida se añadía el cambio de lengua. Y ahí estaba la primera nostalgia, la nostalgia del idioma: «Me hablas de las buenas conversaciones españolas —¡cuánto os envidio!—», le decía Jorge Guillén, en carta desde Massachussetts, a Pedro Salinas, quien se había encontrado con viejos amigos. En esta correspondencia se pueden rastrear muchas alusiones a la condición de exiliado; si bien Guillén se encontró a gusto en Estados Unidos, adonde se trasladó en 1938, la nostalgia le pesó con fuerza en los primeros años americanos: nostalgia del idioma, de la familia, de los amigos y, sobre todo, de la cotidianeidad de su anterior vida. Sirva la siguiente cita para mostrar ese conglomerado de sentimientos:

A mí me interesa cada día más exclusivamente vivir con los míos y trabajar en lo mío. Los míos: es el grupo familiar y unos cuantos amigos. ¡Y aquí no están! (El uno, en Puerto Rico, el otro en Jamaica o Cuba, los otros, en Francia y España…) […] Este estado de espíritu se agrava aquí, en el extranjero, donde la soledad fatal es aún mayor, y la sociedad superficial es aún más superficial —para el extranjero. Conclusión: me canso de ser extranjero.

Para paliar la añoranza, Guillén decidió regresar a España esporádicamente; él pudo hacerlo, no así otros. Su primera visita fue en 1949, y el reencuentro con su tierra enseguida se convirtió en continuidad: «A las veinticuatro horas de estar en España desapareció la única novedad: el placer de oír hablar a todos la lengua común», le decía a Salinas en una carta que daba fe del reencuentro. Sin embargo, para otros exiliados que asimismo tornaron, la adaptación no siempre se presentó fácil pues se encontraron con una España distinta a la arrebatada; así le ocurrió a Ernestina de Champourcin a su vuelta a Madrid también desde México; su marido, el poeta Juan José Domenchina fue de los que nunca regresaron.

Como él, muchos fallecieron en el exilio sin ver de nuevo una España democrática: Falla, Machado, Cernuda, tantos otros. Muerto ya Franco, volvieron casi todos los que quedaban, en silencio o en olor de multitudes, como Rafael Alberti: «Se ve, se siente, Alberti está presente» gritaba la gente, en 1977, en caluroso recibimiento. Hasta 1984 no llegó María Zambrano, quien concibió el exilio como parte de su propio yo. Y es que ¿es el retorno fin y conclusión del exilio o el exiliado lo es de por vida? Ella así lo entendió, pero otros en principio pretendieron desprenderse de tal condición. José Bergamín, angustiado por el desamparo y la soledad, quiso regresar; una vez en España, en su primer retorno de 1958, le escribía a Zambrano lo siguiente: «Es preferible ser un enterrado vivo que un desterrado muerto».

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