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Jueves, 26 de septiembre de 2013

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Literatura

El ajedrez y la literatura (18). Jaques y mates (morales)

Por Fernando Gómez Redondo

No es el ajedrez sólo un pasatiempo cortesano. El bien y el mal se enfrentan en ocasiones sobre los tableros alegóricos que se construyen con los versos de la poesía de cancionero. Se trata de definir un ocio activo, enhebrado en los «deportes» curiales que se describen con prolijidad en el proemio del Cancionero de Baena:

E aun allende de todo esto, los reyes e prínçipes e grandes señores usaron e usan ver e oír e tomar por otra manera otros muchos comportes e plazeres e gasajados, así como ver justar e tornear e correr puntas e jugar cañas e lidiar toros, en ver correr e saltar saltos peligrosos, e en ver jugar esgrima de espadas e dagas e lança e en jugar a la vallesta, a la frecha e a la pelota, e en ver jugar otros juegos de mano e de trepares e otrosí jugando otros juegos de tablas, de axedres e dados, con que se deportan los señores, e naipes e otras muchas e diversas maneras de juegos.

Este prólogo se redacta en torno a 1436 y define el espacio de la brillante corte que mantienen don Álvaro de Luna y Juan II; su compilador, el converso Juan Alfonso de Baena, buscaba el modo de integrar la actividad de la poesía en el marco general de una alegría que recupera buena parte de las imágenes de la cortesía que definiera Alfonso X; de ahí el valor que se concede de nuevo a la práctica del ajedrez, que puede ser negativa si el cortesano se aplica a ella en exceso, como al parecer le ocurría a Alfonso Álvarez de Villasandino cuando recordaba los «pecados» de su juventud:

Si con embidia mortal
ay algunos escolares,
¡que quiebren por los ijares!
Non me pueden dezir ál,
salvo que por mis pecados
en los tiempos ya passados
axedrez, tablas e dados
me fezieron mucho mal
con porfía açidental.

Villasandino casi reproduce el título del manual alfonsí —Libros de axedrez, dados e tablas— a la hora de arrepentirse de los «tiempos» mal gastados con estos juegos curiales. Sin embargo, el mismo poeta, en un debate sostenido con Ferrant Manuel de Lando, asemeja la disputa a un enfrentamiento ajustado a los azares de estos juegos:

Si non, yo en tablas, vós en axedrez,
aína faremos el juego ser maña.

Con ayuda del vocabulario ajedrecístico se construye un imaginario moral, que ayuda a definir, en debates alegóricos, los males sobre los que se debe adquirir un preciso conocimiento; así obra Juan de Mena, en las Coplas contra los pecados mortales, en los argumentos con que la Razón se opone a la Avaricia:

Seguros del su combate
son las casas pobrezillas;
los palacios y las sillas
de los más ricos abate;
pónelos en tal combate
que no conoscen sosiego,
y quien tiene mejor juego
rescibe muy mayor mate.

Las riquezas sólo garantizan la perdición del alma en este eficaz «menosprecio del mundo», concebida esa realidad mundanal como un agresivo contrincante capacitado para dar «mate», es decir para llevar a su contrario al escaque final de su perdición. La imagen es común en los tratadistas morales; recurre a ella Fernán Pérez de Guzmán en sus Coplas de vicios e virtudes, a la hora de definir la virtud cardinal de la fortaleza:

El varón muy esforçado
que la fortuna combate,
oy un xaque, cras un mate,
como piedras al tablado;
firme está aunque mudado,
turbado, mas no vencido,
meneado e sacudido,
pero nuncua derribado.

Dar primero el jaque, asegurar después el mate, son los movimientos con que el diablo intenta apoderarse del alma del cristiano; así lo afirmaba el dominico Girolamo Savonarola en su Predica dell’arte del bien morir y en las mismas fechas en que este «incendiario» predicador sería ejecutado en Florencia, fray Alfonso de Fuentidueña, en el Título virginal de nuestra Señora (1499) proclama la victoria de los hijos de Dios sobre las potestades infernales con esa doble imagen, que proviene de la poesía moral: «dándoles oy xaques, otro día mates».

Sin salir de los poetas del entorno del Cancionero de Baena, aunque no fuera incluido en esta primera colectánea de la poesía vernácula, don Íñigo López de Mendoza, en su soneto X imagina al ejército castellano guiado por la más importante de las piezas del ajedrez, después del rey, en su segundo cuarteto:

Razón nos mueve e çierta Esperança
es el alferze de nuestra vandera;
e Justiçia, patrona e delantera
e nos conduze con grand ordenança.

Se apuntaba en la rúbrica del poema que el autor se hallaba enojado por la tardanza que impedía a los de su bando atajar los «delictos de Castilla». Y es que la guerra se mueve también en el alegórico espacio en el que se acotan estos juegos; recuérdese una de las imágenes más felices de las Coplas a la muerte de su padre, con la que demostraba la lealtad con la que el maestre don Rodrigo se había comportado siempre:

Después que puso la vida
tantas vezes por su ley
al tablero,
después de tan bien servida
la corona de su rey
verdadero…

Aun tratándose de una frase proverbial —‘aventurar la vida, fiarla al azar de las circunstancias que puedan sobrevenir’—, la asociación que establece Jorge Manrique es precisa: en ese «tablero» —o escenario de la guerra— el maestre de Santiago ha defendido al «rey verdadero» al que servía, impidiendo que sus enemigos le dieran mate; y esta asociación se establece en la copla XXXIII, justo cuando la muerte va a llamar a la puerta de este aguerrido magnate confortándolo en el trance supremo de abandonar «el mundo engañoso / y su halago». A la memoria de Jorge Manrique, ya en el reinado de los Católicos, tenía que acudir ese juego de referencias simbólicas que el ajedrez disponía para describir estos alegóricos combates entre el bien y el mal. A su resguardo, fray Íñigo de Mendoza contrapone las fiestas cortesanas con la vida religiosa en sus Coplas de «Vita Christi», tan llenas de aceradas denuncias contra la corrupción que se había adueñado de la curia de Enrique IV:

En galas y en conbidar
que se gasten diez mil cuentos:
pues al tiempo del justar
vía sastres a cortar
y rastren los paramentos,
y las doblas a montones
que bailen por los tableros,
mas las sanctas religiones
que pasen tres mil passiones
a falta de limosneros.

Con razón, en la Crónica anónima de Enrique IV se usa el símil del ajedrez para convencer a este monarca de que debía combatir contra su hermanastro Alfonso, proclamado rey tras la farsa de Ávila en junio de 1465:

[…] e traían enxemplo del juego del axedrez donde un rey mata a otro, ni creían otra cosa pudiese bastar para dar fin a la guerra, ni aprovechava la sublimaçión del rey moço, si solamente con el nonbre de rey se contentavan.

No podía caber mejor definición del propósito del ajedrez —«un rey mata a otro»— aplicada al curso de una guerra en la que se desangra ese reinado. Para eso servían las imágenes morales del ajedrez: para reflexionar sobre los vicios y pecados del mundo.

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