PATRIMONIO HISTÓRICO
Por José Miguel Lorenzo Arribas
Hace muchos años, oí decenas de veces una Marcha irlandesa en la versión que hiciera y grabara para guitarra Narciso Yepes (editada por Schott en 1982). Influyó en esa vuelta obsesiva a escucharla una y otra vez un dato inquietante que, entre paréntesis, se ofrecía en el título: «Siglo xi». El maestro de Lorca hacía de una sencilla melodía una pieza guitarrística. No aburría, a pesar de las repeticiones, por la efectista gradación de su intensidad. Eran tiempos de ampliación del repertorio guitarrístico y había que echar mano de lo que se pudiera. ¿Había música para guitarra tan antigua?, me preguntaba.
Los primeros compases, en el registro grave del instrumento, marcan el ritmo y el ambiente modal de la pieza, escrita en mi. El aire «medievalizante» lo consigue la versión de don Narciso mediante conocidos recursos: acordes de octava y de quinta, lo que en la teoría y práctica musical medievales eran las consonancias admitidas. Justo lo que la armonía tradicional prohibirá por disonante a partir del siglo xvii, cuando prescribirá terceras y sextas como intervalos correctos. Las frases musicales se van repitiendo con pocas variaciones, con tan solo diferencias en la dinámica (piano, forte), en la tonalidad base o bien transportada a otras tonalidades, con el pegadizo ritmo de la melodía campeando durante toda la pieza, que acaba en un sorprendente fade out, incluso en las versiones que hiciera en directo disponibles en YouTube.
Efectivamente, se trata de la tonada conocida como Brian Boru’s March, en honor de este antiguo rey de Irlanda que se enfrentó, por supuesto en notoria inferioridad de condiciones, a un ataque danés. Dicen que los gaiteros que acompañaban a los escasos soldados insulares amedrentaron de tal modo a los escandinavos con su estruendo, que estos, aterrorizados, replegaron filas pensando que se enfrentaban a una multitud de combatientes. A Yepes, según su alumno y biógrafo Francisco Herrera, le gustaba contar esta historia de la batalla de Clontarf, datada en 1014. Pero como era habitual en la estética afectada deudora del Romanticismo, se abusa de las posiciones altas para lograr contrastes tímbricos aun cuando se pueden tocar perfectamente las mismas notas cerca de la cejuela, tal y como hasta el siglo xix se habían tañido los instrumentos punteados. El resultado del maestro murciano, desde luego, es brillante, sacándole partido a esta sencilla pieza en sus casi tres minutos de interpretación vigorosa, en perpetuo crescendo, para terminar diminuendo, otros recursos anacrónicos en la estética medieval, y no digamos ya si hablamos del siglo xi.
En 1964 Yepes comenzó a emplear una guitarra de diez cuerdas (en vez de las seis habituales) que le caracterizó como intérprete, y que llegó a popularizar. El objetivo de esta elección era tanto ampliar la tesitura grave del instrumento para facilitar la interpretación de la música barroca como ganar en riqueza de armónicos, es decir, esos sonidos que se consiguen cuando las cuerdas vibran por simpatía, pero que no se producen pulsando cuerdas con los dedos. A alguna mente avisada en cordófonos históricos pudiera parecerle coherente que para tañer esta «música antigua» (Yepes también tocó alguna versión de las Cantigas de Santa María así como de danzas tardomedievales) se recurriese a un mayor número de cuerdas, pues así se acercaría el instrumento a otros históricos como la tiorba, el archilaúd o el laúd barroco. Pero sería una analogía equívoca. Los medievales laúdes, vihuelas, violas de mano… tenían pocas cuerdas, menos que la guitarra actual, y no tanta riqueza armónica.
La música, que apenas ha aparecido en esta serie rinconeteril, también puede ser románico-romántica, y ahí está este ejemplo para degustación de oyentes que amen estéticas mixtas.