Centro Virtual Cervantes
Rinconete > Literatura
Martes, 24 de septiembre de 2013

Rinconete

Buscar en Rinconete

Literatura

Literatura drogada en español (3). Valle-Inclán

Por Marta Herrero Gil

Valle-Inclán era más un asceta que un adicto. Soñaba con convertirse en faquir. Buscaba el dolor para palpar lo real, apenas ingería alimentos sólidos, era capaz de beber café ardiendo, rechazaba la anestesia en las operaciones quirúrgicas. Y fumaba hachís. No por evasión, sino por búsqueda. No por, como dijera Baudelaire, querer alcanzar sin esfuerzo las bellas experiencias de los místicos, sino porque el hachís se le había puesto delante, sin más. No por moral ni contramoral. Él era un excéntrico en camino hacia el centro. De sí. Del ser. Y el cannabis, que probó inicialmente por consejo médico, se volvió eventual escudero.

Las obras de Valle aparecen salpicadas por la sustancia. Especialmente interesantes son, en relación al hachís, la conferencia Los excitantes en la literatura. Peligros y ventajas, que pronunció en Buenos Aires en 1910, La lámpara maravillosa. Ejercicios espirituales, y La pipa de kif.

El gallego se ponía a fumar y la eternidad se le presentaba delante. No es que el pasado y el futuro se plegaran en el presente, sino que entraba en contacto con su infancia y, más allá, con «una memoria lejana anterior de las cosas y las personas», dijo en Buenos Aires. Era capaz entonces de verse a sí mismo integrado en la unidad y centro perfecto en el que convergían (bella intuición humanista) «las nociones acabadas y perfectas de todas las cosas que le rodeaban; el supremo bien, la suprema felicidad claramente distinguida, estaban en su espíritu hecho preclaro». El escritor sabía, como todo ser humano moderno, que vivía desligado de esa unidad, pero podía comprender que hay otra vida, que una realidad hondísima late debajo de lo circunstancial, que es posible la felicidad verdadera y que en uno mismo se enlazan la sombra del árbol, el vuelo del pájaro y la peña del monte. «Era otra vida la que me decía su anuncio en aquel dulce desmayo del corazón y aquel terror de la carne», escribió en La lámpara maravillosa. Otra vida.

Hay quienes dicen que una visión de sus seres queridos muertos le hizo a Valle dejar el hachís para siempre. Otros desmienten el mito, insisten en que el escritor no era un adicto y podía ir y venir de la droga sin volverse su esclavo. En sus textos drogados no hay expresión de un mundo psíquico atormentado, como en los de muchos de sus contemporáneos, sino apertura hacia las realidades supremas. Sin embargo, en algún momento el autor nos deja ver que si la experiencia extática, el vuelo de la droga, no se acompaña de un enraizamiento de lo demás que es la vida (error en el que cae con facilidad el aficionado al hachís) puede acabar convocando al delirio y la frustración. Así lo dice él mismo en La media noche. Visión estelar de un momento de guerra:

Yo, torpe y vano de mí, quise ser centro y tener de la guerra una visión astral, fuera de geometría y cronología, como si el alma, desencarnada ya, mirase a la tierra desde su estrella. He fracasado en el empeño, mi droga índica en esta ocasión me negó su efluvio maravilloso. Estas páginas que ahora salen a la luz no son más que el balbuceo del ideal soñado.

En «La tienda del herbolario», última composición del poemario La pipa de kif, Valle-Inclán canta, entre otras sustancias, a la marihuana. Al final del final del último verso pone una &. El viaje drogado ha horadado las fronteras del silencio. El autor se sumerge en la inconsciencia y solo puede ya poner una &. Reconocimiento de que algo se añade cuando se acaban las palabras. Misión cumplida del poeta: penetrar y dejar huellas de la significación única de todas las cosas. O, y esto lo dijo él, «abeja cargada de miel».

Ver todos los artículos de «Literatura drogada en español»

Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es