PATRIMONIO HISTÓRICO
Por José Miguel Lorenzo Arribas
Peñalba de Santiago, provincia de León, tiene por parroquia a la homónima iglesia de Santiago, uno de los edificios más relevantes de la arquitectura cristiana altomedieval de la península ibérica. Además del templo, el propio paraje es testigo también de la intensa actividad eremítica que se concentró en El Bierzo, la comarca a la que pertenece, territorio enclavado en un conjunto de eremitorios rupestres de los que sobresale la llamada «cueva de San Genadio», monje y obispo de Astorga que habitara estas remotas y bellas tierras a principios del siglo x y fuera abad del monasterio primitivo del que tan solo subsiste la iglesia citada. Por si no fuera suficiente, una naturaleza agreste, montañosa y privilegiada acoge este regalo de la historia, donde comienza el llamado valle del Silencio.
Por excesivas, no podemos ni enumerar sumariamente las maravillosas singularidades del edificio. Baste recordar su ábside y contraábside (a este y oeste, enfrentados) cubiertos por altomedievales cúpulas gallonadas, sus arcos de herradura distribuidos por doquier, sus fantásticas inscripciones epigrafiadas (destacan la de la consagración del año 1105 y la del abad Esteban de 1132), su espadaña con escalera exterior, una delicia de la arquitectura popular construida en torno a 1700, o las joyas de orfebrería procedentes de la iglesia que andan ahora distribuidas por varios museos. El asunto es que hay lugares que lo tienen todo, y si alguna restauración del siglo xx vino a dar al traste con algún elemento que hoy lamentamos haber perdido, la más reciente, que ha sido ambiciosa, paciente y asistida de los preceptivos estudios previos, ha descubierto no solo distintos niveles de revocos polícromos y pinturas murales, sino un sinfín de grafitos dispuestos sobre el nivel de enlucido más antiguo del vetusto templo.
Vemos representadas en ellos letras sueltas, numerosas inscripciones, motivos geométricos, vegetales, zoomorfos, cuentas, cruces, cruces y más cruces, y hasta obispos dibujados. Se concentran en los muros, a una altura donde puede llegar con la mano una persona de pie, y sobre todo, claro, en el coro. A algunos benedictinos (hasta el siglo xii se mantuvo la comunidad) debieron hacérseles pesadas las muchas horas de lectio divina. Desde el punto de vista histórico, de especial trascendencia es la presencia de una inscripción de consagración incisa sobre el mortero de cal de que se compone el revoco, sita en la línea de imposta del ábside oriental. Con el revoco todavía fresco, se inscribieron líneas que marcan la caja de escritura y las propias letras, monumentalizadas con doble trazo. No se conserva completa, pero en su final viene a decir en román paladino (está en latín, lógicamente), que se realizó tal consagración «en tiempos del obispo de Astorga Salomón, siendo la era [hispánica] de 975», año 937 de nuestro calendario actual si se le restan los preceptivos treinta y ocho años que median entre ambos cómputos cronológicos. Nada menos que se confirma este dato, grafiteado un año después de la muerte de Genadio, primer abad, a quien le secundó precisamente Salomón.
Pero fijémonos en una inscripción textual maravillosa, cuya imagen se adjunta. Incisa en dos líneas en el muro norte del coro, su tenor es el siguiente (incorrectamente leído en la única transcripción disponible):
C[re]DO QVE RE[s]P[on]SIO hOmINEM SALVAT et AB
ETERNO INTERITV LIBERET
Un poco más abajo, a la derecha, leemos un nombre propio (mARtINVS), y el mismo antropónimo parece que se comenzó a inscribir cabe él, y se truncó. La inscripción, que aportamos aquí, es la copia de un pasaje de Smaragdo de Saint-Mihiel-sur-Meuse (ca. 760-ca. 840), abad benedictino de época carolingia, que inserta en sus comentarios a la I Epístola de San Pedro III.21, concretamente a la segunda parte de este versículo. La cita completa glosa la versión de la Vulgata: Sed conscientiae bonae interrogatio in Deum [‘sino que se pide a Dios una renovación interior’], a lo que Smaragdo responde:
Interrogatio enim sacerdotis est: Credis in Deum Patrem omnipotentem, et in Jesum Christum Filium ejus, et in Spiritum sanctum? Responsio autem bonae et simplicis conscientiae est: Credo, quae responsio hominem salvat, et ab aeterno interitu liberat.
(Migne, Patrología latina, tomo 102, 1865, § 264. La cursiva, nuestra, corresponde a la cita grafiteada. [‘La pregunta del sacerdote es: ¿Crees en Dios Padre omnipotente y en Jesucristo, su Hijo, y en el Espíritu Santo? La respuesta de renovación interior y humilde es: Creo, esta respuesta salva al hombre y le libera de la destrucción eterna’]).
Parece un recordatorio de lo que se habría de responder ante una sesión, llamémosla, de catecismo. Y se inscribió en el muro, sobre su revoco, por algún neófito, o un monje, necesitado quizá de apoyo mnemotécnico.
Si una inscripción epigrafiada en piedra grita su mensaje a quien pasa por delante, el humilde grafito susurra a quien lo quiere mirar. No eran tantos los candidatos a poderlo ver en un coro monástico, y menos a descifrarlo, pues estaba escrito y en latín. Pero hoy se multiplica este bisbiseo con el descubrimiento completo de los muchos grafitos que hay en la iglesia de Santiago de Peñalba de ídem, que suma un atractivo más a quienes se quieran perder por el valle del Silencio.