Literatura
Por Margarita Garbisu Buesa
En el colegio nos hablaban del destierro de Unamuno en Fuerteventura o del de Napoléon en la Isla de Elba; al estudiar la Guerra Civil, era el exilio de intelectuales, artistas y gente común el que entraba en nuestras mentes y corazones; de ahí a la emigración de españoles a Alemania y otras partes del mundo en los años cincuenta y sesenta. Destierro, exilio, emigración, conceptos a los que se unen otros como transtierro, exilio interior o diáspora. Todos denotan el abandono del lugar propio, pero cada cual cuenta con matices que lo distinguen del anterior.
Existen en nuestro país especialistas y grupos de estudiosos que centran en este tema su principal línea de investigación: reflexionar sobre el exilio en general y los exilios particulares, y delimitar el concepto y los rasgos que definen el fenómeno de la expatriación. No es mi intención profundizar ahora en ello, pero sí apuntar una breve reflexión al respecto, una reflexión rápida que bien podría surgir en la mente de cualquier lector. Porque cada uno de los términos viene ligado a una idea concreta; así, a bote pronto, la emigración, a una necesidad económica, y el destierro y el exilio, a un compromiso político. En el primer caso, el emigrante marcha a un lugar ajeno para encontrar un trabajo y una vida mejor, normalmente por voluntad propia aunque obligado, en mayor o menor o medida, por las circunstancias; en el segundo, el abandono es casi siempre forzado, por desacuerdo con el régimen político y a sabiendas de que la permanencia en el lugar de origen puede significar un peligro para la vida.
Sea cual sea la circunstancia, el hecho es que todos salen de su patria, con lo que ello connota, una carga de sentimientos encontrados perpetuos. Porque el expatriado se va sin saber si volverá; se va y abandona su tierra, su familia, sus amigos, su cultura y a menudo su lengua; y parte con pena, para adaptarse mejor o peor a su lugar de destino. En este sentido, el profesor José Ángel Ascunce distingue entre «vivir el exilio» y «vivir en el exilio» y explica que uno puede «vivir en el exilio» sin «vivir el exilio», y también podría ser a la inversa; parece un galimatías pero no lo es, pues una simple preposición marca una clara diferencia léxica entre las dos expresiones.
En relación con «vivir en el exilio» se halla el concepto de «transtierro», acuñado por el filósofo José Gaos. Como tantos otros intelectuales, con el estallido de la Guerra Civil Gaos se trasladó a México en 1938. En el entorno de la Casa de España, después Colegio de México, y de la Universidad Nacional continuó desarrollando su trayectoria académica e intelectual, y enseguida se dio cuenta de que en ese país era feliz y de que el cambio no era tal sino continuidad; de ahí que no se sintiera ni desterrado ni exiliado, solamente «transterrado». En palabras propias:
El factor fundamental fue aquí, sin duda, el no haberme sentido en México en ningún momento, desde el de arribo hasta este mismo, propiamente desterrado. Desde aquel primer momento tuve la impresión de no haber dejado la tierra patria por una tierra extranjera, sino más bien de haberme trasladado de una tierra de la patria a otra. […] Y en una comida que nos dieron los profesores de Filosofía y Letras a los compañeros españoles incorporados a la Universidad Nacional, obligado a hablar, y queriendo expresar, como no me sentía en México desterrado, sino… Se me vino a las mientes y a la voz la palabra transterrado.
Desde entonces quedó el concepto para definir a aquellos que experimentaron sentimientos similares.
Que, a decir verdad, se trató de una minoría, porque fueron más los que vivieron el exilio, el dolor del exilio, que los que se trasladaron en cuerpo, alma y corazón a su lugar de refugio. Gaos se nacionalizó mexicano y en México murió, en su nueva patria.