PATRIMONIO HISTÓRICO
Por José Miguel Lorenzo Arribas
En el claustro del famoso monasterio benedictino burgalés se concentran tantas maravillas tan celebradas que parece difícil descubrir cosas nuevas. La propia arquitectura, que presenta claustro bajo y claustro alto románicos en un único ejemplo peninsular conservado, acoge decenas de capiteles labrados, escenas pétreas en relieve, el artesonado gótico cuajado de pinturas, inscripciones funerarias, etc. Hasta un ciprés, ajeno al plan inicial, el más cantado de Europa, ha sido inmortalizado por su comunión con el conjunto. Bien, pues todavía hay más.
Múltiples grafitos históricos se apiñan en podios y columnas del cuadrilátero claustral. Estas huellas del pasado motivaron la exposición de la artista Tacita Dean (Canterbury, 1965) El garabato del fraile, organizada en 2010 por el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía en colaboración con la Cámara de Burgos, en el propio claustro del monasterio. Efectivamente, en el claustro bajo podemos detenernos en palabras rascuñadas de paleografía gótica, unas de trazo simple, de doble otras, representaciones de ángeles, alguna pequeñísima representación arquitectónica, signa tabellionis, consabidas aves, curiosos retratos, cruces de calvario, estrellas, etc. Pero quiero referirme a un curioso ejemplo de doble alquerque que, en una de las crujías superiores, se erige en un precedente medieval de los «Juegos reunidos» que popularizó en España en los años sesenta y setenta del pasado siglo Geyper, la ya desaparecida empresa valenciana de juguetes.
Poco antes de la eclosión de esta caja de juegos, el historiador del arte norteamericano Meyer Schapiro escribió un trabajo llamado a tener fortuna, «Sobre la actitud estética en el arte románico», dando a conocer con rigor parte de la diatriba que san Bernardo dedicó al abad benedictino Guillermo de San Thierry hacia 1124-1125. Hoy es célebre (como lo fue en el siglo xii), porque arremetía contra la riqueza escultórica de los claustros cluniacenses, que en su opinión tentaban a los monjes y los distraían de sus obligaciones elementales:
¿Qué pintan esos monstruos ridículos, esas deformes hermosuras y esas hermosuras deformes? ¿A qué vienen esos monstruos inmundos, esos fieros leones, esos centauros monstruosos, esos híbridos semihumanos, esos tigres listados, esos guerreros peleando, esos cazadores tañendo el cuerno? (…) Aparece, en fin, por doquier tan rica y asombrosa variedad de formas que nos vemos tentados a leer en el mármol más que en los libros, y pasar el día entero mirando estas cosas más que meditando sobre la ley de Dios. Por Dios Santo, si estos desatinos no le dan vergüenza ¿por qué no piensa al menos en el gasto?
Desde luego, de haberse cumplido los deseos de este cisterciense sobresaliente, muchos historiadores del arte no habrían tenido de qué ocuparse, aunque seguramente el mundo sería mucho más justo. Era loable el deseo de recuperar la austeridad perdida y reclamar la pobreza evangélica. Pero duró poco, y los cenobios cistercienses, en poco tiempo, se convirtieron en poderosas abadías con extensos dominios jurisdiccionales y patrimoniales... conseguidos a costa mayoritariamente de gente humilde. De lo que no habló Bernardo de Claraval es de esas manifestaciones espontáneas que los monjes inscribieron en las piedras de sus claustros, para dejar un mensaje, garabatear una figura, o para jugar y pasar las horas muertas en compañía (el alquerque es juego de dos).
Este alquerque no es como los demás porque inscribe un «tablero» de doce (piezas) en el cuadrado central de uno de nueve. Es decir, un resumen perfecto de los dos tipos de alquerque más célebres con que se afanaron, pieza sobre piedra, nuestros ancestros medievales. Dos en uno, así, sencillamente, para decidir a cuál jugar sin tener que cambiar de emplazamiento, aunque no descarto que esta hibridación responda a una variedad más compleja del juego que los silenses adaptaran entre tanto ora et labora. No todo iba a ser copia de manuscritos y trabajo en la huerta.
En la soledad románica del claustro alto del monasterio burgalés así hemos de imaginarlos. Sentados en el podio de la crujía oriental del mismo, moviendo ficha. En silencio, seguramente, y en primavera o verano, que nunca el clima favoreció excesivas estancias quietas en el sacro patio. Hábitos negros sobre la dorada piedra. No sabemos si un antepasado del ciprés, ex excelsis, observaría de reojo la partida.