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Miércoles, 19 de septiembre de 2012

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MÚSICA Y ESCENA

Eppur si muove (XVIII). Javier Ruibal, soliviantao

Por Alba Bergua Muntoner

Me llevo de amor herido
mi furtivo corazón.
¡Malhaya si voy cautivo:
la sangre del fugitivo
no reconoce prisión!

«La canción del contrabandista»

En el primer disco, que hoy anda descatalogado, ya se atrevía a incluir un testamento. Comenzaban los ochenta y el autor hablaba de la guerra y del amor; algunas de las composiciones se veían tan solemnes que ya no siempre encuentra fuerzas para traerlas de vuelta en los conciertos. Nacían los primeros personajes; y antes que nadie Juan, el gitano de cal, de marisma y sal, perdido entre los rascacielos, que le cantaba a su compañera: «Ay, que a tu vera yo quisiera estar / para ser dueño de cada lunar / que te robara por la madrugá». Años después se irían desperezando los demás, poquito a poco: el Muelas y el Pelao, cantando por alegrías; Manuela, que es de todo menos tuya; el Almendritas, dueño de ir de charco en charco; Aurora, por quien nunca pasó el tiempo; náufragos, piratas, ratones coloraos que se salvaron del Titanic.

Ruibal no tiene prisa. En tres décadas ha sacado apenas diez discos; de ellos, uno es edición especial y coloreada del más conocido de los suyos (Pensión Triana, 1993, recuperado en 2010), otro recopila temas anteriores (Sahara, 2003) y el más reciente es una grabación con orquesta en dos teatros andaluces en la que apenas hay un par de letras que no habíamos escuchado (Sueño, 2011). Digamos, pues, que siete discos nuevos desde Duna (1983) hasta Lo que me dice tu boca (2005); pongamos que unas cien canciones en total, sin contar con las que ha escrito para otros como Javier Krahe, Martirio, Pasión Vega o Ana Belén. Alguna vez le ha puesto letra a melodías de Satie; alguna vez le ha puesto melodía a letras de Lorca o Alberti, y todas suenan a Javier Ruibal. La mayoría están compuestas en metros breves, con asonancias suaves, ritmos de copla, seguidilla o soleá y un registro fuertemente lírico —aunque él asegure que la poesía le queda grande y que por ahora se dedica sólo al estribillo— y llano a la complejísima manera de la lírica popular, donde no escasean ni quejíos, ni diminutivos, ni hipérboles, ni atuveras, ni namases, ni pamicorazones, y donde tampoco se da puntada sin hilo. Son letras de amor, de fiesta y de jarana, con luna, agua, arena, vino, limonada, besos y faroles, y poesía. Y lo que dice la crítica: un poco de flamenco, otro poco de jazz, otro poco de rock y otro poco de ritmos árabes.

Él mismo alimenta ese tópico del gaditano fronterizo, puerta de todas partes e hijo de mil culturas. Insiste en que no es flamenco puro sino aficionado, y que le debe tanto a los Beatles como a Paco de Lucía; a Jimmy Hendrix y a Frank Zappa como a Serrat, a Camarón o a las cadencias del Magreb. Que le gusta mezclar y soliviantarse, con la música también, pero que hay una cosa que está muy clara: que no vale todo, y que hay que poner cuidado en lo que se hace. Por eso, aunque tiene calle, libro y reconocimiento, prefiere ir a su ritmo y a su manera. Por eso evita cuidadosamente los caminos fáciles de Roma. Total, si desde el principio sabe que no iba a poder contentar a todo el mundo. Por algo se encogía de hombros en «Cosas mías», también de su primer disco: «Si canté porque cantaba, / si no, porque me callé; / cantara lo que cantara, / no estaba al gusto de usted…».

Javier Ruibal te pinta islas, puertos y callejuelas. Se ha pateado la tacita de arriba abajo. Te trae, contra la ley, «aguardiente de cebada / del que le sirven al rey, / peinecillos de carey / y agujitas niqueladas». Cantautor al fin, pero de las mil y una noches. Más que canalla, enamorado; requebrador, gondolero, rehén de amor que se empeña en ser tu favorito, quien te abanique y te lleve por el talle. El guapo que te quiera un rato largo, largo; y el viento de donde venga.

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