PATRIMONIO HISTÓRICO
Por José Miguel Lorenzo Arribas
En estos tiempos en que la muerte se oculta y se trata de alejar lo más posible de nuestra vida, como si la sola presencia de aquella restara calidad a esta, quizá sintamos más que antes la atracción por los huesos humanos encontrados casual o sistemáticamente, más si es fruto de una intervención arqueológica. Huesos antiguos, remotos, que descubren algún hilo suelto que, tirando de él, nos remite al ovillo de la memoria de la especie.
Desde que hay constancia, es decir, desde la lejana prehistoria, solo un tipo de «basura» se ha separado del resto: nuestra propia materialidad, nuestro cuerpo. No se tira, sino que nos deshacemos de él (mejor, se deshacen de él) con cuidado, siempre conforme a un ritual, una práctica codificada y llena de sentido. Solo en momentos de extrema necesidad o mayúscula crueldad se puede quedar un cuerpo muerto sin pasar por un final ritualizado, enterrado como un desecho más (sin liturgia), o simplemente abandonado en superficie. Que se lo pregunten a Antígona… Quizá sea en nuestros días cuando esto ha comenzado a cambiar.
Lo cierto es que pocas cosas ofrecen más información sobre nuestra forma de vida que la basura que generamos. Hoy pasa lo mismo. Analizando los desechos que producimos podemos hacernos una idea bastante exacta del modo y calidad de vida que llevamos, más cuando todo producto se nos presenta retractilado, etiquetado, y con gran cantidad de envoltorios informativos o publicitarios que solo valen para ser tirados una vez utilizamos el artículo comprado. En los cubos de la basura queda la huella y el testigo de nuestra alimentación, hábitos, indumentaria, horizontes vitales, la tecnología que poseemos, la cantidad de objetos que, al fin y al cabo, almacenamos (y quizá usamos). Queda todo. Lo saben bien los arqueólogos, felices cuando aparece sellado, sin tocar, un basurero en una excavación.
Los cementerios pueden considerarse un tipo especial de lugar para gestionar restos. Necrópolis y camposantos ofrecen, en contexto, tales deposiciones. Más desordenados, calavernarios, osarios, hueseras, carneros o fosas comunes… constituyen la siguiente fase en la gestión de unos restos amortizados, a los que sigue concediéndoseles cierta dignidad. Desaparece la individualización y, como preludio de esas muchedumbres celestiales que andarán aguardando el viaje del alma, tibias, calaveras, innúmeras falanges, metacarpos, costillas… se hacinan en promiscuo revoltijo, porque los huesos se quedan, no viajan. Ya no son restos de Fulano o de Mengana: son restos in genere de la humanidad.
En los siglos románicos, salvo las tumbas excepcionalmente monumentalizadas o el caso de las de monjas y monjes, que al abrigo del claustro descansaron para siempre, el común de los mortales se inhumó cabe los muros de la iglesia, al exterior de la misma, con el cuerpo entero y sin ajuar, compartiendo nivel con los cimientos del propio edificio, estratigráficamente hermanados. Bonita metáfora. Cuerpos y edificio se dispusieron longitudinalmente, el ábside hacia el Este, mirando hacia Jerusalén, y los cadáveres con la cabeza a Poniente, de tal manera que cuando el muerto se levantase al resucitar mirase hacia el Naciente, o de otro modo, que estuviese orientado. Qué menos que esta ayuda tras siglos esperando al Juicio Final y su resultado, que despistan a cualquiera. Pero en estos siglos xi, xii, xiii, xiv nada de ajuar, ningún objeto material asociado a rituales. Quizá un sudario, del que es raro que quede constancia. El muerto se enterraba sin objetos. A lo sumo, en casos excepcionales, una estela vertical dispuesta en la cabecera de la tumba, hincada en la tierra para señalar la presencia de un cuerpo, la inviolabilidad del lugar.
Costó llevarse lejos del recinto sacro estas necrópolis, muchos cientos de años. Y fue por ley, en forma de Real Cédula (1787), en plena embestida higiénica ilustrada, aunque no sería hasta décadas más tarde cuando realmente se consiguiera imponer, porque el pueblo, la gente, se resistía. Paradójicamente, cuando los muertos se llevan lejos de la vista, a las afueras, la arquitectura comenzará a monumentalizar estos espacios, a hacerlos visibles. Una historia que se contará otro día.