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Lunes, 10 de septiembre de 2012

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CULTURA Y TRADICIONES

Hace cien años en Brasil (10 de septiembre de 1912)

Por Marisa Freire

En la calle de Santo Cristo, hace cien años exactamente y como de broma, José Cándido de Almeida lanzó perfume a los ojos de Juan Pereira de Silva, quien se hallaba sentado a la puerta de su domicilio; el bueno de Juan, doblado de dolor, llamó bruto a José —cabe suponer que algo más le diría; en su derecho estaba, desde luego— y este le pegó un tiro, pum, y lo mató.

Esto sucedía un 9 de septiembre de 1912 en São Paulo; al día siguiente, 10, el Diario Español lo publicaba junto con otras noticias de largo y corto alcance. Por ejemplo, que las tropas francesas habían arrebatado Marrakech a los indígenas; que se acababa de decretar el estado de sitio en Sebastopol; que un incendio asolaba Castellón de la Plana; que en Sabadell se habían encontrado restos de la época de los romanos; y que allí mismito, en São Paulo, un hombre se había suicidado en un templo con una navaja barbera.

Entre las tristes novedades de aquel martes, el Diario Español nos traía la siguiente estampa, venida de las bravas tierras del Principado:

Bromas pesadas

Avilés. En Miranda, dos hermanos se disponían a guardar una escopeta.

De pronto el más viejo dijo a su hermanito:

—Te voy a matar ahora mismo.

Y creyendo que la escopeta estaba descargada, apretó el gatillo y los perdigones fueron a incrustarse en el pecho del pequeñuelo.

El padre, que se hallaba en cama, levantose el ruido de las detonaciones, y se desarrolló una escena tristísima.

Varios asuntos merecen atención aquí. El primero y más importante es la fuerte presencia del cronista en el relato, a través de esas palabras, sin duda apócrifas, del homicida accidental. Piénsese en esto detenidamente, por favor: ¿quién puede dar crédito a una frase como «Te voy a matar ahora mismo»? Ni en una película siquiera. ¿No parece mucho más sencillo, más espontáneo y tan apremiante como lo anterior decir tan solo «Te voy a matar», máxime cuando ya se tiene una escopeta al hombro? Y por otra parte, ¿quién podría haber dado fe al reportero de lo dicho por el hermano mayor? El padre no, puesto que estaba en la cama; y tampoco parece lógico que fuera el propio niño quien lo confesase de ese modo a la policía o a la prensa («Íbamos a guardar la escopeta y, por hacer una broma, le dije a mi hermano: “Te voy a matar ahora mismo”»). No: por culpa de ese ahora mismo inventado se tambalea la verosimilitud primero de la frase y luego de la historia entera, y de repente la noticia se transforma en cuento, en un cuento que acaba y a la vez comienza en esa escena tristísima del final, ahora sí, sabiamente contenida y regalada, como en un cuaderno en blanco, a la imaginación de los lectores.

Verán que en ese último párrafo parece que falta alguna cosa; sin embargo, la intención original no es fácilmente discernible. ¿El padre levantose al ruido? ¿Levantose ante el ruido? ¿Levantose con el ruido? ¿Levantose por el ruido? Si nos ponemos maleables o bucólicos, caben allí todas las preposiciones, como en ese poema de Chicho Sánchez Ferlosio, «A la niña». Pero es que incluso es posible dar por bueno el original: el padre levantose el ruido, como si dijéramos «se lo quitó de encima». No hay que olvidar la clase de corresponsal con que estamos tratando.

Pero no se engañen: esa errata imaginaria se ha colocado ahí, sin una pizca de inocencia, para despistar nuestra atención. Para que nos pongamos a pensar en las palabras que faltan y no nos percatemos, ni ustedes ni yo, de que en este supuesto accidente no ha habido detonación sino detonaciones.

Y por lo tanto…

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