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Martes, 4 de septiembre de 2012

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LENGUA

Acudia (o sobre las «gaffes» de los «lexicographes»)

Por Pedro Álvarez de Miranda

«Il n’y a pas de lexicographe sans gaffes», escribió con gracia el romanista Kurt Baldinger. En nuestra lengua: ‘No hay lexicógrafo sin pifias, no hay lexicógrafo que no cometa meteduras de pata’. Y es sabido que una de las meteduras de pata más frecuentes de los diccionaristas es la que consiste en la inclusión en sus repertorios de las llamadas palabras fantasma (y también de acepciones fantasma); es decir, los espejismos léxicos, las voces (o acepciones) que jamás han existido y cuyo presunto ser no dimana sino de un error.

Querría hoy comentar aquí una palabra fantasma que afectó —e infectó— inicialmente no a la lexicografía española sino a la francesa —pero después, de rebote, también a la nuestra—, sobre todo porque importa subrayar que su temprano desenmascaramiento se debió, curiosamente, a la Academia Española. No estaba, desde luego, la institución libre de culpa en casos de este tipo, pero es interesante que en la fecha en que lo hizo diera ya muestras de sensibilidad hacia cuestiones tales.

En efecto, en el prólogo del primer y único tomo de la segunda edición del Diccionario de autoridades (1770) puede leerse lo siguiente:

En algunos autores y Diccionarios estrangeros se hallan por castellanas diferentes voces que no lo son, a lo menos en el sentido que las ponen, como sucede con la voz acudia, cuyo nombre se atribuye en el Diccionario de Trévoux y en la Enciclopedia a un ave de Nueva-España, por equivocación nacida de no haber entendido bien un pasage de Antonio de Herrera en su Historia de Indias, a quien dan por autor; el qual en la década I, lib 5, cap. 11, hablando del Cocuyo (que él llama Locuyo), que es un insecto con alas parecido al escarabajo, especie de luciérnaga muy común en las Islas Española y de Cuba, dice: Tomábanle de noche con tizones porque acudía a la lumbre, y llamándole por su nombre, acudía, y es tan torpe que en cayendo no se podía levantar. Como dixo Herrera que, llamándole por su nombre, acudía, esto es, venía adonde le llamaban, entendieron los autores del Diccionario de Trévoux y de la Enciclopedia que su nombre era acudia, por ignorancia de nuestra lengua o por la ligereza con que los estrangeros suelen pasar por nuestras cosas, cuyo yerro se halla ya en otros Diccionarios; de que ha parecido advertir, para que no se echen menos en el nuestro esta y otras voces semejantes.

El caso, como se ve, es de los más divertidos. La incomprensión de la frase española «llamándole por su nombre, acudía» habría llevado a la inclusión en diccionarios franceses (el de Trévoux, la Encyclopédie) de un sustantivo acudia (sin tilde) como nombre de una especie animal; ciertamente, la voz sería, en todo caso, española (o hipotéticamente indígena), más que francesa. Pero fue común en las compilaciones lexicográficas de pretensiones enciclopédicas la tendencia a engrosar la nomenclatura mediante el acarreo de voces exóticas.

A tan estupendo caso dedicó Rufino José Cuervo un muy buen artículo que apareció en Romania en 1900, y en el que hizo varias precisiones y añadidos de importancia.

Uno es el de que el primer diccionario francés que incluyó acudia no fue, como podría inferirse de lo dicho por la Academia, el de Trévoux (cuya primera edición data de 1704), sino —era en cierto modo esperable— el que le sirvió de base, es decir, el Dictionaire universel, contenant généralement tous les mots françois tant vieux que modernes, et les termes de toutes les sciences et des arts (1690) de Antoine Furetière. Así comenzaba el artículo que en dicho diccionario se estampó: «Acudia: s. m. Est un petit animal des Indes Occidentales, fait comme un escargot, un peu plus petit qu’un moineau…»; y al final se indicaba la fuente: «Herrera».

Precisión aún más importante, entre las hechas por Cuervo, es la de que el error venía de más atrás aún, de la traducción francesa que Nicolas de la Coste hizo de la obra de Herrera: Histoire générale des voyages et conquestes des Castillans dans les Isles & Terre-firme des Indes Occidentales (1659-1671). Ya dicho traductor había malinterpretado el original; y en su texto, además, añadiéndose nuevo error al error, lo que se había estampado era açudia, con -ç-:

L’on prenoit ces animaux de nuit auec des tisons ardans, parce qu’ils venoient voltiger autour de la lumière; leur propre nom est Açudia. Cet animal est si maussade qu’en tombant il ne se peut releuer.

Cuervo sigue la pista del disparate en diversos diccionarios franceses del xviii y el xix, en algunos de los cuales (desde el de Boiste en su tercera edición, 1808) el lema, afrancesándose, se convirtió en acudie. También señala —considerándolo, «más que gracioso, cómico»— que la voz pasó a algunos diccionarios bilingües hispano-franceses, como el dirigido por Domínguez (1845-1846) o el que «corre con el nombre de D. Vicente Salvá» (1850) —sin ser genuinamente suyo, por cierto; el gran gramático y lexicógrafo había fallecido en 1849—, en los que aparece acudie como forma francesa y acudia como su correspondiente española. También encontró acudia en el Diccionario enciclopédico de la lengua castellana de Zerolo, Toro y Gómez e Isaza (1895), y —lo que ya era el colmo— acudio tanto en el monolingüe (1878) como en el bilingüe (1886) de Nemesio Fernández Cuesta.

A tan minuciosa pesquisa llevada a cabo por el gran filólogo colombiano solo podemos añadir nosotros que ya Terreros en su magno Diccionario castellano (a1767) había picado el anzuelo, tomando, con toda probabilidad de Trévoux, la dichosa acudia («cierta Luciérnaga de América», ¡con remisión a Herrera!), y que otro tanto le había ocurrido a Domínguez en su monolingüe Diccionario nacional de 1846-1847 y a Adolfo de Castro en el incompleto Gran diccionario de 1852 —no, en cambio, significativamente, a Salvá, cuyo repertorio monolingüe de 1846 está libre del error—. Y que el retedisparatado acudio figuraba ya, antes que en Fernández Cuesta, en el Diccionario enciclopédico de la Imprenta y Librería de Gaspar y Roig (1853): «Acudio: s. m. Zool. nombre de un insecto fosforescente indíjena de América». Sus responsables —es un decir— adaptaban, quedándose tan frescos, un fr. acudie, masculino por más señas, visto en cualquiera de los diccionarios galos que lo traían.

El efecto dominó de una palabra fantasma, como se ve, no hay quien lo pare —¿de qué sirvió el prólogo académico de 1770?—, no respeta fronteras y hasta parece regodearse, al grito de todo vale, en la multiplicada alimentación del dislate (acudia > acudie > acudio).

Aunque, bien mirado, esta vez la «gaffe» no había sido de un «lexicographe», sino de un traductor. Un lexicógrafo, eso sí —Furetière en este caso—, cayó en la trampa que el trasladador le tendió. Que una consabida ristra de copiones cayera tras él era ya ineluctable.

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