Ciencia y técnica
Por Andrés Carrobles
Ya habréis oído las razones y autoridades que alegaba el mozo de coro de Palencia para escusarse de estudiar. Entre otras, decía que esto de la sciencia era como la cuadratura del círculo o como el tesoro que muchos dicen que saben que le hay e ninguno le halla. Y así entendía aquella sentencia de Filón que comparaba la sciencia al tesoro, que todos blasonaban della e nadie la hallaba.
(Juan de Arce de Otálora, Coloquios de Palatino y Pinciano)
«Es demasiado conocida, por lo vieja, la aberración que consiste en suponer irresolubles todos los problemas difíciles», condena desde Manila, el 15 de agosto de 1884, Antonio Jiménez, justo antes de lanzarse de cabeza al mar de la cuadratura. Como él, exactamente el mismo año y en Barcelona, Leoncio Agües reprueba antes de probar, y así censura a los matemáticos que se empeñan en sostener, sin haber podido demostrarlo, que la cuadratura del círculo es imposible. En su obra, sencillamente titulada La cuadratura del círculo resuelta por Leoncio Agües, el cuadrador exige a los expertos, desafiante, la refutación de cuantos errores sean capaces de encontrar en su prueba. Agües, que llega mediante descomposiciones a un valor de π igual a 3,1625, había incluido en su obra un larguísimo prólogo donde daba cuenta del desprecio de las academias de Nueva York, Washington, Berlín, París, Londres, Roma, San Petersburgo o Valencia, que no contestaron a sus llamadas, o del de las de Bruselas y Milán, que se negaron a publicar su demostración. Como lamenta amargamente el profesor Pedro Coma en una carta que también se incluye en la obra: «Los extranjeros poco empeño tienen en que triunfe lo que es invención de España; y ésta quizás mejor prestaría oídos a un francés».
Y es que las reivindicaciones nacionalistas no pueden faltar cuando se trata de descubrimientos. En la cubierta del librito La conmensuración de π y la solución del problema de la cuadratura del círculo: notas extractadas de un libro a publicar, de Joaquín Bonet Blasco, firmado en Valencia ya en 1947, se proclama que «Para España no hay obstáculo». Bonet se había propuesto demostrar la conmensurabilidad de π y, sin hojarasca, seguir a los grandes hombres de la ciencia, «pasando por encima de los epítetos que puedan endilgarme por aportar una teoría nueva». Para él, π = 3,125 «mientras vivamos bajo la bóveda azul» (mediante un procedimiento similar, el cuadrador Florencio de Arriaga y Goitia había llegado al mismo valor —erróneo— de la constante casi cuarenta años antes, en 1909). Y el final de su discurso no rebaja ni un punto la vehemencia:
España hará la más grande de las revoluciones que se registren en la historia de la humanidad. Desde ahora quedan abiertas las puertas a vastísimos e inexplorados campos que los hombres de ciencia, de todas las edades y de todas las razas, trataron inútilmente franquear.
Los lumínicos destellos de España, siempre fulgurante, van a ser esparcidos por nuestras águilas, de picacho en picacho, de triunfo en triunfo, por las regiones siderales hasta Dios.
De nuevo en Manila, pero muchos años antes, en 1872, José de Pablos y Sancho también le dedicaba su descubrimiento a su madre patria, España, y firmaba, desafiante y dispuesto a responder con su vida a quien quisiera rebatirle, como «el loco». Más templado que él, pero con delirios de grandeza igual de hispánicos, Francisco de Asís Barea descubriría en 1920 que el verdadero valor de la dichosa constante de la circunferencia es √10 = 3,1622…; y la llamaría ibero. Barea dedicaba su hallazgo «A la juventud estudiosa» y terminaba su obra con un humilde (pero en negrita) «Dios es más sabio que nosotros».
Por cierto que el tópico de la humildad del cuadrador, tan socorrido, ha animado numerosos debates. La mayor parte de los cuadradores comienzan sus disertaciones avisando de que ellos no son expertos en matemáticas, y de que tan solo a través de la observación y la perseverancia, o bien gracias a la suerte o a la Providencia divina, han logrado descubrir aquello que se les resistió a tantos genios de todas las épocas. A veces basta esa frase para que el catedrático de turno entre al trapo y desde un periódico se queje amargamente de la nula preparación y de los muchos disparates de quien, sin saber geometría, se permite dar lecciones; en esos casos el cuadrador contesta de nuevo, claro, y lamenta en público que sus adversarios no le den crédito por no haber estudiado; y así, después de varias réplicas y contrarréplicas, ya no importa tanto la constante como la literatura.
Veremos alguna de estas divertidas polémicas en el próximo rinconete.
Ver todos los artículos de «Los locos cuadradores españoles»