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Jueves, 29 de septiembre de 2011

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LENGUA

Signos de puntuación

Por Pablo Martín Sánchez

Quien más quien menos habrá escuchado alguna vez la conocida anécdota. El monarca Carlos V está a punto de firmar una sentencia que dice: «Perdón imposible, que cumpla su condena». Con la pluma en la mano se queda unos instantes pensativo y, en un gesto de magnanimidad regia, firma el documento, no sin antes haber desplazado la coma: «Perdón, imposible que cumpla su condena», dice ahora la sentencia. Tanto da que la historia sea cierta o sea apócrifa: lo importante es lo que cuenta. Y lo que cuenta es que una coma puede salvarnos la vida.

Según la Real Academia Española, los signos de puntuación son once: la coma, el punto, el punto y coma, los dos puntos, los puntos suspensivos, los signos de exclamación, los signos de interrogación, los paréntesis, los corchetes, las comillas y la raya. Luego están los signos llamados auxiliares, como la llave, la barra, el guion, el asterisco, el signo de párrafo, el apóstrofo, la diéresis o la tilde. Pero la pregunta fundamental sigue siendo la misma: ¿para qué sirven? Y la respuesta, como casi siempre, nos la da la historia.

La historia suele afirmar que en la Antigüedad no se usaban signos de puntuación; es más: que se escribía sin solución de continuidad, sin dejar espacios entre palabras. No habría sido hasta la Edad Media cuando los amanuenses vieron la necesidad de marcar sobre el papel ciertas inflexiones de la voz que daban sentido al discurso oral, pero que no se veían reflejadas en la escritura. El origen de los signos de puntuación provendría, pues, de una necesidad: la de reproducir fielmente la lengua hablada, evitando en la medida de lo posible la ambigüedad y el equívoco. Con ello se ganó en precisión, pero se perdió en libertad: los filólogos habían empezado a ganarle la partida a los hermeneutas.

Con la invención de la imprenta llegó la época dorada de los signos de puntuación. Se recuperaron símbolos antiguos, como el asterisco (inventado en el siglo ii a. C. por Aristarco de Samotracia para anotar los poemas homéricos), y se crearon otros nuevos, como el de exclamación, formado probablemente a partir de la palabra latina Io (‘alegría, júbilo’), superponiendo una letra a otra. Los signos de puntuación se convirtieron así en el alma de la escritura (por usar una metáfora muy del agrado de los gramáticos del xviii) y poco a poco su uso se fue consolidando: la coma para marcar una pequeña inflexión prosódica, los dos puntos para indicar un alto en el camino, las rayas para señalar un inciso del emisor o las comillas para citar la palabra ajena.

Pero si la lengua es un cuerpo vivo, su alma también evoluciona. Y del mismo modo que en un diccionario hay palabras que se van para dejar paso a otras que vienen, hay signos de puntuación que están cayendo en desuso y otros que intentan ocupar su puesto. Entre los enfermos más graves, en el caso del español, están el signo de apertura exclamativo e interrogativo (que brilla por su ausencia en foros, chats o correos electrónicos) y las comillas latinas, también llamadas españolas (que ya no utilizan ni siquiera diarios como El País, que prefiere las inglesas).

Esto no quiere decir que los signos de puntuación estén en vías de extinguirse, más bien todo lo contrario. En los últimos años están viviendo una auténtica revolución, por no hablar de metempsicosis: se han dado cuenta de que la unión hace la fuerza y de que juntos pueden significar matices que nunca habían imaginado. Así, dos puntos, seguidos de un guión y de un paréntesis de cierre, pueden convertirse en signo de ironía; y si se cambian los dos puntos por un punto y coma, entonces tenemos un guiño de complicidad. Incluso la Academia se hace eco de este fenómeno en su diccionario: lo llama emoticono.

Y es el no va más en materia de signos.

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