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Jueves, 29 de septiembre de 2011

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Cultura y tradiciones

Curiosidades etnobotánicas

Por Eva Belén Carro Carbajal

El año 2011 ha sido declarado Año Internacional de los Bosques por la Asamblea General de la ONU. Parece que hemos olvidado el importante papel que tienen nuestros bosques como parte del desarrollo sostenible del planeta y necesitamos que nos recuerden que es imprescindible su conservación para evitar el efecto invernadero, el cambio climático, la deforestación y la pérdida de la biodiversidad.

Antiguamente los bosques constituían una fuente de riqueza para los habitantes y las localidades cercanas: frutos para alimentarse (manzano y nogal), madera para realizar aperos de labranza y útiles domésticos (encina y negrillo), materiales para obtener pegamentos (acebo) o tintes (la corteza del aliso se usó para teñir las capas de negro), y un largo etcétera. El abedul, por ejemplo, tuvo múltiples usos y aplicaciones en el pasado, ya que su madera era de las preferidas para realizar la suela de los zuecos por su suavidad y de su corteza se hacían antorchas para alumbrar cuando no había luz en las calles (la corteza seca se enrollaba y se prendía, pero había que tener cuidado para que la brea no cayera en la piel) y erguas, que protegían las colmenas del agua. Además, los propios lugareños contribuían a mantener limpio el bosque a la par que se abastecían de leña para el invierno, recogiendo las ramas caídas y podando las de los árboles que lo necesitaran. Las varas y los bastones para caminar o para conducir el ganado se hacían de roble, al igual que las vigas de las casas y todo tipo de enseres domésticos. La leña de roble es muy valorada y sus cenizas se utilizaban para blanquear la ropa (especialmente las camisas de lino), como si de una lejía natural se tratase gracias a la reacción química que se produce en contacto con el agua caliente.

El etnobotánico Emilio Blanco señala que las hojas de algunos árboles servían para alimentar a los animales: las de abedul para los cabritos, las de carvallo para las ovejas y las cabras, las de salgueiro (sauce) para los conejos y las de negrillo para los cerdos. Algunos frutos también se usaban como forraje, como las bellotas de robles y encinas.

Aparte de los cipreses, laureles y olivos, otros árboles han tenido en la cultura hispánica gran importancia simbólica o ceremonial, como los cerezos y los guindos que se usaban en las enramadas. Mención especial merece el tejo, árbol mágico por excelencia (símbolo de eternidad, amor y muerte). Uno de los escasos bosques de tejos que existen en España es el Tejedelo de Requejo, situado en la hermosa comarca zamorana de Sanabria. Se trata de una tejeda pura, que posee ejemplares enormes (algunos tienen un diámetro superior a dos metros). Sorprende que se trate de seres vivos de la misma época que las iglesias románicas, bien adaptados a ambientes húmedos y templados. De hecho, es una especie muy longeva y antigua, con más de un millón de años (tiene parientes fósiles semejantes a ella que vivían con los dinosaurios).

El tejo es un árbol de hoja perenne, de follaje oscuro con hojas dispuestas como las púas de un peine; todo él es venenoso, salvo la cubierta carnosa de sus semillas, que son comestibles y de un color rojo intenso. En la actualidad se aprovechan en medicina las propiedades antitumorales de sus alcaloides tóxicos. Testimonios orales, recogidos en cercano pueblo de San Martín de Castañeda, dejan constancia de la costumbre de bendecir al difunto con una ramina de teixo mojada en agua bendita; también su rama protegía de los rayos cuando se quemaba en la lumbre.

Respecto a algunas plantas relacionadas con creencias y supersticiones que crecen en los bosques, señala Ángel Gari Lacruz que tanto en la tradición oral como en algunas acusaciones por brujería «determinadas plantas eran utilizadas por las brujas para la elaboración de ungüentos y brebajes, como el eléboro, el beleño, la belladona, el cáñamo, la adormidera y la Psylocibe semilanceata». También se creía que las brujas, después de haberse aplicado sus ungüentos para dirigirse al aquelarre, utilizaban para sus desplazamientos escobas hechas con brezo o con ramas de sarmiento. Por contra, para combatir el miedo a las brujas o para alejar los malos espíritus se utilizaban diferentes plantas protectoras, como el espino blanco y la ruda.

Nuestros bosques constituyen un mundo natural apasionante que tiene más de mil y un motivos para ser conocido, amado y respetado.

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