Arte / Claroscuro
Por Elena Paulino Montero
Antonio Carnicero (1748-1814) fue uno de los principales pintores del siglo xviii español. Prácticamente desconocido, como gran parte de sus contemporáneos, debido al enorme peso de la figura de Goya, obtuvo una sólida formación como pintor en la Academia de San Fernando y en Roma, donde vivió varios años, y desde 1796 alcanzó el cargo de pintor de cámara del rey. Generalmente ha sido catalogado como pintor rococó, debido a sus representaciones de bailes, paseos, o los vuelos del globo Montgolfier. Sin embargo, y debido a su formación, en sus retratos se aprecia una mayor orientación hacia el clasicismo, propia del fin de siglo.
El cuadro que hoy nos ocupa es un retrato de un infante, fechado en los últimos años del siglo xviii o los primeros del xix cuando Carnicero se encontraba en la cumbre de su carrera. Su vinculación a la corte como pintor de cámara hace suponer que el niño aquí retratado sea alguno de los hijos de Carlos IV, Carlos María Isidro o, más probablemente, Francisco de Paula, ya que se puede observar la semejanza con uelretrato suyo realizado por Goya en la Familia de Carlos IV.
El infante aparece aquí bien trajeado, vestido de rosa, con puños y cuello de encaje. Cruzándole el pecho aparece la banda de la Orden de Carlos III y bajo el cuello el Toisón de oro, elementos que lo identifican como un miembro de la familia real. Es propio de los retratos de Carnicero el cuidado a la hora de reflejar los detalles de la indumentaria o del mobiliario del entorno: sitúa siempre a sus personajes en ambientes refinados y elegantes, acordes a su rango social. En ese sentido, destaca la habitación en la que se encuentra el joven infante, enmarcada por la pesada cortina que cuelga en el fondo y que se apoya sobre un rico sillón, dejando ver una de las borlas que la adornan. Esta cortina es un recurso formal característico de los cuadros de Carnicero, ya que le permite cerrar el fondo de los retratos aportando una cierta teatralidad.
También es muy frecuente en los retratos de este pintor la presencia de algunos objetos en el suelo que aluden a la personalidad del retratado. En este caso, al tratarse de un niño, coloca unos juguetes: un tambor y una pandereta, que se asocian al ruido y que tienen connotaciones bélicas, como corresponde a la figura de un varón. Pese a estar rodeado de juguetes, el niño no se encuentra inmerso en el juego, sino que se vuelve hacia el espectador, al que mira directamente, y, llevándose una mano a la cadera, adopta una postura decidida, casi adulta y varonil. En la otra mano sujeta una de las baquetas del tambor, recuerdo del bastón de mando que aparece en los retratos de las figuras adultas.
Carnicero se revela así como un maestro en la captación del mundo infantil, pues logra retratar al pequeño infante que, con toda su inocencia y vivacidad, imita el mundo adulto que le rodea.