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Miércoles, 21 de septiembre de 2011

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CULTURA Y TRADICIONES

Los judíos que no crucificaron a nadie

Por Ignacio Ceballos Viro

¿Ha matado usted a alguien? Imagínese que no. Pero imagine también que todos sus vecinos le acusan a usted de ser descendiente de unos que hace siglos crucificaron a otro. ¿Qué estaría dispuesto/a a hacer para negarlo? De esto trata esta historia.

Es sabido que la situación sociopolítica de los judíos en la España medieval fue cambiante: bajo unos reyes, en calma; bajo otros, mar gruesa. Sin embargo, a partir de 1391, y en una escala creciente, las cosas se pusieron verdaderamente feas.

De tal fecha son las matanzas, persecuciones y conversiones forzadas que hicieron pender de un hilo la supervivencia de las aljamas castellanas y aragonesas. En 1414 una espectacular disputa teológica en Tortosa terminó con miles de conversos («cristianos nuevos») y la ratificación de varias leyes antijudías. Y en 1449, no muchos años antes de la instauración de la Inquisición y de la misma expulsión de los judíos de la Península, ocurrió un importante pogromo en la ciudad de Toledo, esta vez contra los conversos, acusados de ejercer en secreto las prácticas de su antigua religión.

Fue en este contexto de persecución antisemita en el que surgió un documento de lo más curioso. Se trata de una carta, aparecida así como por milagro, que la aljama toledana del año 32 d. C., aproximadamente, envió a sus hermanos de Jerusalén. Es decir, a Anás, Caifás y algún otro. En ella se da a entender que los judíos de Tierra Santa habían mandado emisarios a Hispania pidiendo consejo sobre qué hacer con un tal «profeta de Nazaret» que andaba por allí haciendo y diciendo cosas raras. Los judíos toledanos, en su respuesta, recomiendan prudencia y desde luego que no crucifiquen a Jesús, pues presenta muchos indicios de ser el Mesías:

Nos vos decimos que nin por consejo, nin por noso alvedrío veniremos en consentimiento de la sua morte; ca si nos esto ficiésemos, logo sería nusco la profecía que diz: «Congregáranse de consuno contra el Señor e contra su Mesías».

Es más, la descripción que hacen de Jesús y de los sumos sacerdotes, basada en las noticias que dicen que les han llegado, es bastante coincidente con los evangelios:

[…] dizque es home humildoso e manso e fabla con los laceriados; que faz a todos bien, e que faciendo a él mal, él non fas mal a ninguen; e que es home fuerte con superbos e homes malos, e que vos malamente teníades enemiga con ele, por cuanto en faz él descubría vosos pecados: ca por cuanto facía esto, le aviades mala voluntad.

El documento, como se habrá adivinado, es un engaño. Ni parece que hubiera judíos en la Península Ibérica por esas fechas, ni habían leído los evangelios, ni mucho menos escribían cartas en castellano del cuatrocientos. La fraudulenta carta se interpoló en una de las modificaciones de la Crónica general de 1344, redactada en la segunda mitad del siglo xv, y sus intenciones son claras: exculpar a los judíos y conversos del reino de Castilla de uno de los principales delitos que les imputaban: el deicidio.

Pensaron que así podrían vivir más seguros, ellos y sus hijos. Los acontecimientos de después demostraron que tan ingenioso recurso no les sirvió de mucho. Hoy nos queda un curioso texto fraudulento como testimonio trágico de una acción desesperada que, en aquellas circunstancias, cualquiera hubiéramos hecho.

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