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Martes, 20 de septiembre de 2011

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Arte / Claroscuro

La Anunciación de Murillo

Por Mónica Ann Walker Vadillo

El tema de la Anunciación es posiblemente uno de los más representados del repertorio de la iconografía cristiana. Sus orígenes se encuentran en el Nuevo Testamento, donde tanto Lucas (1, 26-38) como Mateo (1, 18-21) describen el encuentro entre el arcángel Gabriel y la Virgen María. Gabriel sorprende a María y le dice que se convertirá en la madre de Jesucristo. María le pregunta que cómo puede ser, si ella es virgen. Gabriel le contesta que el Espíritu Santo descenderá sobre ella cubriéndola con su sombra y que después dará a luz al que llamarán el Hijo de Dios. María le contestó: «Aquí tienes a la sierva del Señor. Que él haga conmigo como me has dicho». En términos pictóricos, la Anunciación se puede dividir en cuatro partes dependiendo de la reacción de la Virgen María. En un primer momento, María se sorprende, luego pasa por el miedo y el rechazo, para finalmente aceptar su destino humildemente.

La Anunciación de Murillo nos muestra el momento en el que la Virgen María acepta su destino. El cuadro en sí es de orientación apaisada, en la que los protagonistas se encuentran en un primer plano. Su presencia apenas deja espacio para el reclinatorio de proporciones macizas y para el grande y elevado pedestal de la columna de la derecha. Ambos elementos nos dan una sensación de frontalismo y monumentalidad riberescas, una sensación que Murillo hereda de la generación anterior. En este espacio tan tranquilo, las nubes hacen acto de presencia e invaden el escenario por la parte superior y sólo dejan adivinar en el segundo plano la pequeña silla de anea de la Virgen y las primeras molduras de la izquierda. Estas nubes se abren en una amplia claraboya que da paso al Espíritu Santo. Lo bordean ángeles ya típicamente murillescos, graduados en luz e imprecisión hacia el fondo. Al contrario de lo que sucederá en la etapa de madurez del artista, la Virgen se encuentra casi por completo de frente. Sus manos están cruzadas sobre el pecho, lo que simboliza su actitud de aceptación. El arcángel Gabriel se encuentra en tierra, con sólo una rodilla apoyada en el suelo, y de perfil; su actitud, como se observa en la mitad superior de su cuerpo, es aún muy renacentista. En las manos sostiene unos lirios, símbolo de la pureza de la Virgen María. La clara contraposición de actitudes y la estabilidad del arcángel están de acuerdo con la monumentalidad con la que ha sido concebido el cuadro.

Se trata ésta de una de las primeras obras del artista sevillano, que refleja las influencias de las generaciones anteriores de artistas renacentistas y manieristas. Una de las grandes fuentes de inspiración de Murillo en esos primeros años es la obra de Juan de Roelas (muerto en 1625, cuando Murillo sólo contaba ocho años). Sus pinturas aún frescas podía estudiarlas en las iglesias sevillanas. Podría decirse que era normal que el pintor, esencialmente colorista, sintiese por Roelas una admiración que no podía experimentar por el estilo más seco de su maestro Juan del Castillo. Prueba de ello son los fondos de gloria poblados de ángeles músicos de origen veneciano de Roelas, los cuales se convertirían en la primera semilla que, más tarde, producirá en su continua evolución los famosos fondos de gloria murillescos. El fondo de la Anunciación es un claro ejemplo de esos primeros intentos de Murillo de imaginar las etéreas glorias celestes.

Sin embargo, no fue sólo la obra de Juan de Roelas la que influyó en Murillo en sus primeros años. También hay que mencionar la figura de otro pintor entonces en la plenitud de su vida: Francisco Zurbarán. Su influencia se puede ver reflejada en esta Anunciación, especialmente en la búsqueda de un naturalismo fuerte, interpretado con un estilo igualmente fuerte de contrastes de luces y sombras. Gracias a Zurbarán, Murillo, en la primera etapa de su carrera artística, aprende a crear personajes terrenales de volúmenes netos y bien definidos y a individualizar el modelo que tiene ante sí. El estilo formado con las enseñanzas y los modelos de los artistas españoles se ve enriquecido, sobre todo, por la evolución de su propia personalidad, pero no dejan de contribuir a ello el conocimiento de los modelos de las escuelas extranjeras, especialmente la flamenca y la italiana, favorecido, sin lugar a dudas, por la intensa vida comercial del puerto de Sevilla, en continua comunicación con Italia y Flandes.  

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