PATRIMONIO HISTÓRICO
Por José Miguel Lorenzo Arribas
El Romanticismo gustó de recoger leyendas populares, transmitidas de generación en generación, superado el prejuicio ilustrado que las despreciaba por situarlas fuera de la cultura y la razón. Es un periodo el romántico, como se ha venido diciendo, de reivindicación de lo medieval, época que se pone de moda en detrimento de la Antigüedad grecolatina, que había deslumbrado en los tres siglos anteriores. Aburrían frontones, arquitrabes y simetrías, y se echó la vista hacia otras estéticas «menos perfectas». El Volksgeist comenzó a ocupar un espacio en los recintos académicos, y en España los mejores representantes de una tradición erudita que no sólo no descartaba sino que valoraba la cultura popular, darán la mayor parte de sus frutos en el siglo xx.
Así, es Menéndez Pidal quien recoge por primera vez por escrito, en 1896, una tradición local de Omeñaca (Soria) que vinculaba el número de arcos de las galerías porticadas con el número siete: «Todo lo oí contar a varias personas», dice el entonces jovencísimo investigador, y refiere cómo se creía que fueron los propios infantes de Lara, que eran siete como quiere la leyenda, quienes después de andar luchando contra el musulmán y encontrarse con la Virgen, «queriendo entrar precipitadamente en misa, los siete a la vez» provocaron que se abrieran «otras tantas puertas en la iglesia, que hoy todavía se ven, aunque tapiadas». Que se atolondraron, vaya y, cual en los dibujos animados, atravesaron el propio muro, provocando la apertura de los otros tantos vanos que hoy podemos apreciar en la galería porticada románica de la iglesia de Ntra. Sra. de la Concepción de esta localidad soriana que mira ya a tierras aragonesas. Arcos que, por cierto, se volvieron a descegar en la segunda mitad del siglo xx.
Esta tradición se registrará luego como hecho cierto en la bibliografía erudita, que piensa que las galerías porticadas románicas arquetípicas tuvieron siete arcos, apoyando así esta tradición. A ello debió coadyuvar que la galería porticada inaugural del románico de Castilla (año 1081), la de San Miguel de San Esteban de Gormaz, tenía siete arcos en su costado sur, así como otras famosas galerías, como la de San Pedro de Caracena, sin abandonar Soria. Ambas aparecieron fotografiadas y dibujadas, una y otra vez, en la inaugural bibliografía del románico de Castilla con estatuto de modelo. El arqueólogo Blas Taracena aludió al simbolismo del número, y aunque autores como Juan Antonio Gaya Nuño restaron veracidad a la leyenda, relacionaron el número de arcos de estos pórticos monumentales con las siete ciudades bíblicas de la Antigüedad. Por una vía u otra, se salvaba el siete. Que fueran los infantes, o que simbolizasen a Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Thiatyra, Sardes, Filadelfia y Laodicea ahora es lo de menos. Lo de más es que Omeñaca no tuvo en origen siete arcos, como demostró la arqueología… Tampoco Caracena, y se comienza así a caer el chiringuito simbólico tanto erudito como de la tradición oral.
Ni una ni otra galería tuvieron en origen siete arcos porque están recortadas. Tuvieron más en principio, pero los avatares biográficos de las respectivas fábricas de estas iglesias impidieron que llegaran al siglo xx en su integridad original. ¿Fueron más de siete los infantes, entonces? ¿Hay ciudades bíblicas que no recogieron los textos antiguos? No. Como en tantas ocasiones, las explicaciones ulteriores tratan de ahormar una teoría a una realidad que no encaja, y con el simbolismo de los números es fácil justificar lo que sea. Todos, del uno al doce, pueden simbolizar algo, así que «si sale con barbas San Antón y si no… la Purísima Concepción», advocación de la parroquia de Omeñaca, por cierto. Hoy sabemos que las galerías románicas tienen un número indeterminado de vanos, que pueden ir de los cinco de la ermita de Santa María de Tiermes, y seguimos en Soria, a los veinte de la de Carabias (Guadalajara). Muchos factores intervinieron en la decisión del número de vanos, pero no parece que el simbólico asome por ningún sitio. Más bien, sentido común impera, influyeron condicionantes como la longitud de la nave a la que los pórticos se adosan, o las cuestiones orográficas. Cierto que es muy sugerente dejarnos llevar por los nebulosos territorios de la leyenda, y los infantes, si existieron, dejaron una larga memoria de hechos fabulosos a su paso, que también se extiende en esta localidad soriana a piedras marcadas en la montaña, o a otras localidades, como la fascinante ermita de las Vegas de la Requijada (Segovia). Sus ocho arcos (los siete infantes más el ayo que les acompañaba) sirvieron de coartada para justificar la presencia de los míticos personajes en estos pagos cercanos a Pedraza. Si en Omeñaca se dice que murieron, aquí, siempre a decir de la tradición oral, fueron bautizados, con permiso del alfoz burgalés de Lara.
Igual que los eruditos de principios del siglo xx vieron tapiada la mayor parte de los arcos de la galería porticada de Omeñaca (otros usos implicaron la creación de nuevos espacios y consiguiente tabiquería), y la piqueta posteriormente vino a reabrirlos restituyendo su antigua transitabilidad, cambió también el número de arcos a lo largo del transcurso histórico. Poco hay de romanticismo en la explicación de ésta y otras galerías, sino mera funcionalidad, por más que nos quede ese regusto decimonónico por lo popular, lo simbólico, transmutado luego en esotérico o cabalístico, adosado como una viscosa sustancia a todo lo que es o aparenta ser medieval.