Ciencia y técnica
Por Andrés Carrobles
Bien han exagerado vuesas mercedes sus desgracias —dijo a esta sazón el matemático—; […] mas, ¿qué diré yo de la mía, que es tan sola que no tiene dónde arrimarse? Veinte y dos años ha que ando tras hallar el punto fijo, y aquí lo dejo y allí lo tomo; y, pareciéndome que ya lo he hallado y que no se me puede escapar en ninguna manera, cuando no me cato, me hallo tan lejos dél, que me admiro. Lo mismo me acaece con la cuadratura del círculo: que he llegado tan al remate de hallarla, que no sé ni puedo pensar cómo no la tengo ya en la faldriquera; y así, es mi pena semejable a las de Tántalo, que está cerca del fruto y muere de hambre, y propincuo al agua y perece de sed.
(Cervantes, El coloquio de los perros)
En 1925, cuando el sintagma la cuadratura del círculo entra por fin en el DRAE como ‘expr. fam. con que se indica la imposibilidad de una cosa’, todavía hay quien no se da por aludido. Para entonces, hacía más de cuarenta años que Lindemann había demostrado, siguiendo el método de Hermite, que p era un número trascendente, es decir, que no podía escribirse como raíz de un polinomio no nulo con coeficientes enteros o racionales, lo que probaba que no había manera de construir, mediante análisis o por construcciones algébricas, un cuadrado cuya área fuera igual a la de un círculo dado. O sea: que querer cuadrar el círculo con regla y con compás no tenía fundamento.
El problema se venía planteando desde la Antigüedad y no parecía del todo irresoluble, quizá por culpa del matemático Hipócrates de Quíos, quien había demostrado en el siglo v a. C. que sí era posible la cuadratura de algunas figuras curvilíneas, llamadas lúnulas, obtenidas a partir de la intersección de dos círculos. Sea como sea, a mediados del xix, incluso antes de la prueba final de Lindemann, cuadrar el círculo ya parecía más una excentricidad que una aspiración remotamente realizable. En una carta a su padre fechada en mayo de 1850, Juan Valera reproduce, muerto de risa, unos versos de cabo roto de Bretón de los Herreros contra un tal Francisco Méndez Novoa, natural de Cacabelos, León, quien afirmaba en 1846 haber resuelto la cuadratura. El epigrama de Bretón terminaba así: «Denle al momento una placa, / que bien la merece, ¡cielos!, / el geómetra de Caca- / belos». En esa línea, Pedro Arnó, en su breve La cuadratura del círculo y sus frutos, o sea, antídoto contra la locura, publicado en Buenos Aires en 1870, comparaba la obsesión de tantos locos cuadradores con los caprichos de Carlos V, que se encerraba a solas para armonizar la marcha de los relojes «ya que no pudo conseguir nunca el armonizar el régimen de su vasto imperio».
Los cuadradores, esos «hombres inofensivos de los cuales se dice: ¡Respetemos su manía!», como escribía un redactor de La Vanguardia el 24 de noviembre de 1882, proliferaron en muchas naciones. Raymond Queneau dedica toda una sección de sus locos literarios a los cuadradores franceses «más notables» del siglo xix: Jean Pierre Aimé Lucas, Joseph Lacomme y Onorato Gianotti. Y ello a pesar de que, como dirá en otro lugar el padre de Zazie, «la lectura de sus obras es muy triste y monótona».1
También la BNE conserva multitud de «pruebas» de esforzados cuadradores españoles, la mayoría de los siglos xix y xx: desde Faustino de Moscat y Guzmán, quien ya en 1765 nos regala su prueba despreciando olímpicamente el qué dirán —«el que la quisiere buenamente admitir que la admita; y el que no, quédese con su thema, búsquela de otro modo, que será lo mismo que pedir peras a el olmo, y cansarse en balde»—, hasta Bartolomé López Lara, al que, más de doscientos años después, en 1983, no le queda más remedio «que sentir pena de todos aquellos que por pobreza de espíritu intentan siempre aconsejar, sobre todo si piensan que están más altos, diciendo la tan manida frase de “Ya está todo inventado, no te molestes”». Desde los malabarismos poéticos de Inocencio Andión, masón, en Costa Rica, hasta la nueva constante de la circunferencia propuesta por Francisco de Asís Barea en 1920, llamada ni más ni menos que ibero. Desde Joaquín Cáceres y Arias, que «descubrió» la cuadratura el día que Isabel II cumplía la mayoría de edad (1844), hasta el capitán retirado Valentín Gutiérrez Ossorio, que le dedica su hallazgo a la reina en 1859, haciéndole notar que, si una Isabel fue la encargada de proteger «la resolución del problema de la esfericidad de la tierra», a otra Isabel le cabe ahora la gloria de ver resuelto el acertijo de la cuadratura. Y así hasta superar ampliamente la treintena de autores, algunos de los cuales aprovechan para colarnos también, de rondón, la respuesta a otros enigmas legendarios como el movimiento perpetuo.
Dedicaremos los próximos rinconetes a honrar la memoria de algunos de estos locos cuadradores españoles.
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