Centro Virtual Cervantes
Rinconete > Cine y televisión
Jueves, 15 de septiembre de 2011

Rinconete

Buscar en Rinconete

Cine y televisión

Antes de Cruz y Bardem hubo otros

Por Josefina Cornejo

La trayectoria en Hollywood de Antonio Banderas, Penélope Cruz y Javier Bardem es sobradamente conocida. También sabemos de Paz Vega, Elena Anaya, Jordi Mollá y, más recientemente, Sergio Perís Mencheta y de sus pasos en el cine norteamericano. Pero mucho antes de que Cruz y Bardem alzaran orgullosos sus respectivos Óscar, de que las más rutilantes estrellas internacionales suplicaran interpretar un papel en una película de Pedro Almodóvar, de que José Luis Garci obtuviera la primera estatuilla dorada para España, antes incluso de Franco y de la Guerra Civil, cuando el cine apenas empezaba a caminar transcurrido el periodo de lactancia, por las pantallas se asomaban rostros nacidos en nuestro país.

Desde la turbulenta Europa posbélica, un enorme contingente de cineastas —actores, actrices, directores, guionistas, técnicos, fotógrafos— huyó a la costa oeste americana a aportar su grano de arena a la incipiente industria cinematográfica. Entre ellos, Antonio Moreno, el primer galán español en Hollywood. Este apuesto madrileño había emigrado a Estados Unidos en su adolescencia y, tras actuar en pequeñas compañías teatrales, debutó de la mano del pionero David W. Griffith. Hizo suyo el papel de latin lover en diferentes títulos, hasta que un italiano llamado Rodolfo Valentino se lo arrebató. En su extensísima filmografía compartió protagonismo con Gary Cooper y Lionel Barrymore, amó a Gloria Swanson, Clara Bow, Mary Pickford y Greta Garbo, y fue dirigido por grandes directores, como Fred Niblo, Rex Ingram y John Ford.

En 1927, El cantor de jazz marcó el pistoletazo de salida del cine sonoro y el declive, pues, del mudo. Hollywood, ansioso por no perder su liderazgo en el contexto cinematográfico internacional, comenzó a realizar una producción paralela en otros idiomas interpretada por actores autóctonos y destinada a mercados como, por ejemplo, el hispano. Así, un puñado de actores y actrices españoles logró participar del relativo éxito que alcanzaron estas cintas. Entre estos títulos destaca la adaptación al español en 1931 del primer Drácula sonoro. En ella, un cordobés, Carlos Villarías, asumió la arriesgada tarea de dar réplica a la magistral encarnación vampírica de Bela Lugosi.

Conchita Montenegro fue quizá el rostro femenino más conocido. Había iniciado su carrera en Madrid en 1927, pero pronto se trasladó a París para, en 1930, poner rumbo a Estados Unidos, donde desarrolló el grueso de su carrera. Fue presencia habitual en estas versiones hispanas, y su dominio del inglés le permitió asimismo rodar en este idioma bajo la batuta de directores de renombre y formar pareja cinematográfica con Robert Taylor y Warner Baxter. María Alba, que llegó a ser dirigida por Howard Hawks, y Helena D’Algy también probaron fortuna en tierras americanas. Esta última intervino en una treintena de películas. Protagonizó, por ejemplo, junto a Rodolfo Valentino, El diablo santificado (1924) y, junto a John Barrymore, Don Juan (1926). Y entre los intérpretes que obtuvieron el favor de los estudios podemos nombrar a Juan de Landa, José Crespo, José Nieto y Roberto Rey.

Con todo, la estrategia emprendida no conquistó al público hispano y, a mediados de los años treinta, se planteó una nueva solución, de hecho, más barata: doblar a otros idiomas. Con la llegada del doblaje, la presencia de actores nativos se hizo innecesaria. Tan solo quedaron algunos nombres sueltos que pudieron hacerse un hueco en títulos como ¿Por quién doblan las campanas?, de 1943. La película reunía, junto a Gary Cooper e Ingrid Bergman, a buena parte de la, por entonces, muy reducida colonia española en Hollywood. Cabe mencionar asimismo a Fortunio Bonanova, cuya voz y rostro han quedado grabados en la memoria del más cinéfilo por un breve papel en una obra maestra, Ciudadano Kane (1941), y quien, además, se puso a las órdenes de Billy Wilder y Henry King.

Después de que los artistas españoles coparan las portadas de las revistas en la tercera y cuarta décadas del siglo anterior, habrá que esperar hasta los años cincuenta para que una joven actriz del cine patrio enamore a Hollywood: Sara Montiel. Esta participó en Veracruz (1954), con Gary Cooper y Burt Lancaster, según los expertos, uno de los mejores wésterns del celuloide. Años más tarde, Fernando Rey rodó con Orson Wells, Robert Altman, Ridley Scott y William Friedkin.

A tenor de lo expuesto, resulta imposible hablar de continuidad en la odisea de los actores españoles en el universo hollywoodiense. Sin embargo, ahora, a punto de cumplirse un siglo de la llegada del primero de ellos, la meca del cine nos ofrece otra oportunidad de dejar nuestra impronta en la cinematografía universal. Y esta vez sin fecha de caducidad.

Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es