Arte / Claroscuro
Por Elena Paulino Montero
El infante Fernando de Austria, hermano menor de Felipe IV, fue cardenal desde los diez años de edad, algo que no era infrecuente en la época. Su tía, la infanta Isabel Clara Eugenia, lo nombró sucesor como gobernador de los Países Bajos. Cuando Isabel murió, en 1633, el infante se encontraba combatiendo a las tropas suecas como aliado del emperador. Tras la victoria en Nördlingen, Fernando de Austria se dirigió hacia Bruselas, donde hizo su entrada triunfal en diciembre de 1634.
El marqués de Leganés envió al rey Felipe IV un informe detallado sobre la victoria contra los suecos y, acompañando este informe, un retrato del infante-cardenal realizado por Anton Van Dyck. Este retrato, conservado en el Museo del Prado, es el que hoy presentamos aquí.
Las fuentes de la época indican que el infante fue retratado «en el traje y forma que entró su Alteça en Bruselas, en la mano derecha un bastón, cassaca de terciopelo carmesí, guarnecida de galones de oro, banda carmesí recamada de oro y en ella un espadón», es decir, tal y como realizó su entrada triunfal; así quedó inmortalizado el momento de mayor gloria del personaje.
Van Dyck realizó un retrato oficial, con el personaje de pie (postura reservada a los nobles), ligeramente vuelto hacia el espectador, y que destaca sobre un fondo neutro en el que aparece un gran cortinaje. Esta forma de componer el retrato se ha relacionado con la producción de Velázquez, especialmente con los retratos del rey Felipe IV. Es una composición que se adapta a las necesidades del retrato oficial cortesano, ya que monumentaliza la figura.
Destaca también el cuidado con el que Van Dyck reproduce la riqueza del traje, las cualidades táctiles de la banda y la filigrana de la empuñadura de la espada, la misma con la que se había representado a Carlos V para conmemorar su victoria en Mühlberg. Junto a la elegancia de la vestimenta, el rostro y las manos del personaje también son de una gran finura y prestancia, rasgo que es característico de la producción retratística de Van Dyck. Pese a que habría que matizar la crítica, tan generalizada, que presupone en los personajes del pintor una fuerte idealización, es cierto que Van Dyck supo siempre resaltar las mejores características de sus retratados. Sin renunciar a la verdad y al parecido físico, sin caer en la tendencia de la época de convertir los rostros de los retratados en máscaras rígidas y sin vida, el pintor consiguió representar a sus personajes como éstos querían ser mostrados.
Este cuadro, desde el momento de su ejecución, alcanzó una gran fama y su autor fue reconocido como uno de los grandes retratistas cortesanos del momento. Prueba del éxito de este retrato es la gran cantidad de copias que se realizaron para las más prestigiosas colecciones, como la del cardenal Mazarino, y también la petición del ayuntamiento de Anvers, que solicitó a Van Dyck que ejecutase él mismo una copia del cuadro para la decoración del propio ayuntamiento. Van Dyck exigió un precio tan elevado por este encargo que finalmente el ayuntamiento desistió. Y es que el pintor fue visto por sus contemporáneos como un hombre orgulloso de su valía y consciente de su superioridad como pintor, que le llevó a ganarse la admiración de las principales cortes europeas que se disputaron sus servicios.