ARTE / Claroscuro
Por Mónica Ann Walker Vadillo
Cuando pensamos en Zurbarán pensamos en un pintor que trató como ningún otro obras de arte de temática religiosa. Si comparamos la gran producción de Zurbarán en este campo, son pocas las obras que tenemos hoy en día del maestro extremeño cuyo objeto haya sido otro distinto al catolicismo español del siglo xvii. Sin embargo los documentos descubiertos por María Luisa Caturla mencionan que Zurbarán cobró 1 100 ducados el 13 de noviembre de 1634 «por diez pinturas de las fuerzas de Hércules y dos grandes lienzos del socorro de Cádiz, todo para el Salón Grande del Buen Retiro».
El cuadro de Zurbarán, el único que ha sobrevivido de los dos grandes lienzos del Socorro de Cádiz, nos muestra la defensa de Cádiz contra los ingleses. Esta batalla formó parte del annus mirabilis, y su representación fue diseñada para exaltar las sonadas o efímeras victorias del ejército español. El 8 de febrero de 1625 el rey Felipe IV ordenó a don Fernando Girón de Salcedo (1564-1631) que organizase la defensa de la ciudad de Cádiz ante un posible ataque por parte de los ingleses, un ataque que al final se produjo el 1 de noviembre de ese mismo año. El gobernador, ilustre consejero de Guerra y de Estado y miembro de la Orden de San Juan de Jerusalén, tuvo tiempo de sobra para poner a punto las defensas de la bahía y cinco días después de que comenzara el ataque los ingleses se retiraron sin haber desembarcado en la ciudad, aunque el ejército español era inferior en número. A pesar de verse aquejado de gota, enfermedad que lo mantuvo en una silla durante toda la batalla, don Fernando Girón derrotó al ejército enemigo capitaneado por Sir Edward Cecil, vizconde de Wimbledon. Este éxito colmó de honores a don Fernando, quien fue nombrado por Felipe IV marqués de Sofraga (1626).
En la pintura, Zurbarán relega a un segundo plano la batalla naval entre las embarcaciones españolas e inglesas. El cuadro se presenta como una escena de una obra de teatro, siguiendo el marco habitual de la serie de Batallas del Buen Retiro. Las figuras están de pie y tiesas, y no parece que haya mucha relación entre ellas. Sin embargo cabe destacar el detalle con el que Zurbarán pintó no sólo los atuendos, demostrando gran precisión en la representación de texturas, sino también la gran calidad de los retratos.
Destaca en primer plano el gobernador sobre la muralla de la ciudad dirigiendo la batalla. Don Fernando aparece vestido de negro y sentado en un sillón de vaqueta debido a la gota que le impedía andar. En la mano izquierda, el gobernador se apoya en una muleta, mientras que con la derecha sostiene el bastón de mando que dirige hacia el personaje central. Este personaje se ha identificado como don Diego Ruiz, teniente maestre de campo, quien de pie y con el sombrero quitado, espera las órdenes del gobernador. Don Diego lleva una reluciente armadura con una banda roja sobre ella, espada al cinto, bastón de mando y botas de montar con grandes espuelas. Detrás del gobernador aparece un caballero de Santiago sin identificar, aunque es posible que se trate del secretario de don Fernando. Detrás de don Diego, encontramos un grupo de militares, ataviados elegantemente y discutiendo. Entre ellos es probable que se encuentre don Lorenzo de Cabrera, otro personaje importante de la defensa de Cádiz según las fuentes. ¿Podría tratarse del caballero mayor, en cuya coraza se ve la cruz de Santiago?
El hecho de que nos encontremos ante un paisaje marítimo, algo novedoso dentro de la obra de Zurbarán, nos demuestra la versatilidad del artista. La composición de esta escena marítima es sencilla y convencional y probablemente estuvo inspirada en grabados flamencos. La panorámica que aparece como un telón de fondo nos muestra la bahía de sur a norte, divisándose el trozo de tierra que une Cádiz con la isla de León y tierra firme. En ese espacio, marchan diminutos grupos de soldados en dirección a las playas, cuyas aguas están cubiertas de barcos.