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Lunes, 5 de septiembre de 2011

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PATRIMONIO HISTÓRICO

Románico romántico (20). Un cura rural con un cuchillo de cocina

Por José Miguel Lorenzo Arribas

Hablar de don Eustaquio Pastor, párroco de Castillejo de Robledo durante varias décadas centrales del siglo xx, e hijo de esta preciosa localidad soriana en la frontera ya con los límites provinciales de Burgos y Segovia, es hablar de todo un personaje.

Enamorado de su pueblo, al que al fin vino a ejercer la cura de almas, apasionado por la historia y el arte, se afanó en documentar cuanto rastro de una y otro dejaba asomar por donde él pasara. Acaeció que en la vecina localidad de Maderuelo (Segovia), descubriéronse las pinturas de la ermita, entonces recién arrancadas y llevadas al Museo del Prado con gran pompa y cobertura mediática. Subyugado por la belleza y el interés que habían despertado las mismas, espoleado por la cercanía, y sabedor de que si la ermita maderolense de la Santa Cruz tenía cabecera cuadrada, la de los Santos Mártires de su pueblo la tenía también, se puso manos a la obra sobre el interior de su cabecera, y nos dejó su «diario» de intervenciones:

[a]l día siguiente, armado de un cuchillo de mesa, que me sirvió de espátula, quité el enlucido de cal y yeso —tenía muy poco espesor— y efectivamente aparecieron unas pinturas, por cierto raras […] Aunque sólo descubrí las que corresponden al centro de la capilla, no obstante se adivinan más en las paredes laterales; pero aconsejado por los peritos de que no arañe más, no sea que con mis manos pecadoras heche (sic) a perder las que aún están cubiertas con cal, así lo hago. Dios quiera que si no yo, otro sucesor en la parroquia pueda hacer lo que yo tanto he querido.

El fin de sacar las pinturas no era tanto añadir un atractivo más al pueblo, sino, en palabras de don Eustaquio, «poder conseguir por el valor [económico] de las pinturas construir la Iglesia parroquial, puesto que la que tengo es muy pequeña». Eran los años cincuenta del siglo xx, y la suerte de que no tuviera fondos para pagar lo que quería el esforzado párroco seguramente salvó las pinturas de la ermita y la propia iglesia parroquial, de magnífica fábrica románica y con espectaculares pinturas murales góticas en el interior. No siempre la presencia del dinero contribuye a la salvaguarda del patrimonio artístico. Muchas veces es al revés. Si hay bonanza, se destruye lo anterior. Hoy día lo podemos comprobar con la crisis inmobiliaria y las brillantes teorías sobre la necesidad de decrecimiento económico.

Don Eustaquio contactó con las autoridades y éstas, sí, le dieron buenas palabras y la promesa de mandar restauradores. El director general de turno le dijo que lo haría cuando pudiera.

Ese cuando pueda —dice don Eustaquio—, hasta ahora no ha tenido cumplimiento, pues desde entonces nadie se ha preocupado de esto y cuando es verdad que todos los años —principalmente durante el verano— vienen algunos a verlas, son personas aficionadas al arte antiguo y… «muchas gracias Sr. Cura», «En la capital X, calle de tal, número tantos, para servirle» y así año tras año estoy esperando.

Como siguen esperando hoy en día restauración las curiosas pinturas de esa cabecera de los Santos Mártires, aunque, ahora sí que sí, por poco tiempo, pues se van a intervenir, y podremos disfrutar de ellas in situ (pobres las de Maderuelo, tan lejos de su sitio original). Se salvaron la parroquia y la ermita, y hoy son los principales atractivos artísticos de Castillejo. Esperemos que don Eustaquio esté contento desde donde nos mire… y guarde para siempre su bienintencionado y amenazante cuchillo de cocina.

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